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La motosierra no ordenó la economía: vació carritos, hundió salarios y convirtió productos básicos en pequeños lujos cotidianos.
EL CARRITO VACÍO COMO BALANCE DEL MILEÍSMO
El dato de mayo no es una anomalía. Es una radiografía. Otra más. En los supermercados y comercios barriales de Argentina ya no hace falta esperar a que hable ningún ministro con gráficos, sonrisas forzadas y jerga de consultora. Basta mirar el carrito. O mejor dicho, lo poco que queda dentro del carrito. Según el último informe de Scanntech, el consumo cayó 2,9% frente a abril y 4,2% frente a mayo de 2025. Otra caída. Otro golpe. Otro mes en el que el relato liberticida choca contra la caja registradora.
El gobierno de Javier Milei lleva más de 24 meses administrando una economía donde el sacrificio siempre cae del mismo lado. Las y los trabajadores ajustan. Las jubiladas y jubilados ajustan. Las familias ajustan. Los hogares ajustan incluso en lo que antes parecía intocable. No hablamos de cambiar el restaurante por comer en casa. Hablamos de dejar de comprar bebidas, productos de limpieza, desodorante, shampoo o pasta de dientes. Cuando cae la venta de lo básico, no hay “sinceramiento” posible: hay empobrecimiento.
El informe es brutal porque muestra una tendencia que ya no se puede maquillar. Las caídas interanuales acumulan más de 2 años y no corrigen. Empeoran. Salvo Alimentos, todos los rubros aparecen en negativo. Y hasta ese dato tiene trampa: Alimentos sube apenas 1,3% interanual, una mejora mínima sobre bases de comparación muy deterioradas y en un rubro que, por crecimiento poblacional, debería crecer casi por inercia. Es decir, ni siquiera ahí hay una recuperación real que celebrar. Hay supervivencia.
La propia Scanntech lo resume sin literatura: “Con excepción de Alimentos todas las familias caen en consumo en la mirada intermensual e interanual”. Traducido al idioma de la calle: la gente compra menos porque no le alcanza. No porque se volvió austera de repente. No porque descubrió una espiritualidad anticonsumista. No. Compra menos porque los ingresos están destruidos y los precios siguen arriba. El mercado, ese altar al que el mileísmo le reza cada mañana, está recibiendo menos fieles porque a la gente le vaciaron los bolsillos.
El rubro Bebidas es directamente un páramo. En mayo, las ventas cayeron 9% interanual y 8,3% frente a abril. Y lo más grave no es solo el descenso general, sino qué productos caen más. Los Jugos en Polvo, el recurso barato por excelencia, se desplomaron 18,1%. Las Aguas Saborizadas bajaron 13%. Las Gaseosas perdieron casi 7 puntos. Los Vinos cayeron 1,8%. Esto no habla de consumidores refinando preferencias. Habla de hogares recortando incluso lo más barato. Cuando ya ni el jugo en polvo aguanta, el problema no está en la góndola. Está en el salario.
Las empresas de bebidas llevan dos años completos con caídas que, en muchos casos, rozan el 20% interanual por compañía. No venden en verano, cuando deberían vender más. Tampoco venden en invierno. La temporada alta no salva. La baja tampoco explica. Lo que hay es una economía interna rota. Una economía donde el ajuste se presenta como medicina, pero funciona como veneno.
NI DESODORANTE, NI LAVANDINA: LA CRISIS ENTRA AL BAÑO Y A LA COCINA
La caída no se queda en las bebidas. Productos de Limpieza retrocedió 9,4% interanual y 5,4% intermensual. Cuidado Personal bajó 2,6% interanual. Son números que deberían escandalizar más que cualquier discurso parlamentario. Porque detrás de ese descenso hay casas donde se estira todo. Se estira el jabón. Se estira el shampoo. Se estira la lavandina. Se estira la dignidad cotidiana hasta que cruje.
En Cuidado Personal, el producto que más cayó fue el Desodorante, con una baja del 12,7%. El Shampoo retrocedió 7,2% y la pasta de dientes cayó 4,7%. No estamos hablando de caprichos. Estamos hablando de higiene básica. De salud. De vida diaria. Un país donde cae la compra de pasta de dientes no está “ordenando las cuentas”: está fabricando carencias.
La Limpieza del Hogar también muestra un deterioro feroz. La venta de lavandinas cayó 11,2% interanual. La lavandina. Ese producto elemental, barato, doméstico, casi invisible en cualquier presupuesto normal. Si también cae eso, lo que está cayendo no es solo el consumo. Está cayendo la capacidad mínima de sostener una casa en condiciones. Y ahí el discurso oficial empieza a sonar obsceno. Muy obsceno.
Tampoco hay un formato comercial que se salve. En mayo, los Autoservicios Chicos retrocedieron 1,5% interanual. Los Medianos, 2,5%. Los Grandes, 3,7%. Este último dato es especialmente incómodo para el relato. Porque los grandes supermercados son los que concentran más promociones, descuentos, billeteras virtuales y ofertas agresivas. Ni con eso. Ni con descuentos sin tope. Ni con ingeniería comercial. La gente no compra porque no puede.
El ticket promedio termina de dibujar la escena. En hipermercados, el gasto medio más alto fue de apenas 12.000 pesos, equivalente a algo más de 5 unidades compradas. En comercios más chicos, el ticket promedio apenas supera los 8.000 pesos, algo más de 3 unidades. Eso no es un carrito. Es una retirada. Es entrar al supermercado, mirar precios, elegir tres cosas y dejar el resto para otro día. O para nunca.
Por regiones, el golpe también es general. En el AMBA, la caída interanual fue del 3,2%. En Litoral y Norte, del 2,3%. En Centro y Sur, del 6,7%. Y en todas las regiones hubo también bajas frente a abril. No es un problema localizado. No es una mala semana. No es una distorsión estadística. Es un modelo. Un modelo que comprime salarios, castiga hogares y después llama “éxito” al silencio de las cajas vacías.
Hay un detalle político que no conviene perder. Scanntech no es precisamente una trinchera antimileísta. Entre sus inversores aparece la cámara Endeavor, ese ecosistema donde se mueven muchos de los CEOs tecnológicos más cercanos al mileísmo. Incluso desde ahí sale una fotografía incómoda para el poder. La Argentina liberticida no está vendiendo libertad: está vendiendo menos desodorante, menos lavandina, menos pasta de dientes y menos comida real en la mesa.
La crisis histórica de ventas en supermercados no es un accidente de la economía. Es la consecuencia práctica de una política que llamó “casta” a todo el mundo menos a los de siempre. El ajuste no cayó sobre los grandes patrimonios. No cayó sobre la especulación. No cayó sobre las élites que aplauden desde despachos, foros empresariales y canales de televisión. Cayó sobre quienes hacen cuentas frente a una góndola y descubren que este mes tampoco alcanza.
La motosierra prometió cortar privilegios y terminó cortando el changuito de la compra.
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