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El presidente responde con arrogancia, propaganda y culpabilización política tras una nueva muerte a tiros a manos de agentes federales
Donald Trump no pidió explicaciones. No mostró prudencia. No bajó el tono. Tras la muerte a tiros de Alex Pretti, ciudadano estadounidense, 37 años, enfermero de UCI y abatido en Mineápolis mientras grababa con su móvil una actuación de agentes federales, el presidente eligió el camino más conocido. Echar la culpa a otros y reafirmarse.
La muerte de Pretti, ocurrida el sábado 24 de enero, es la segunda registrada este mes en Minnesota a manos de fuerzas federales desplegadas en el marco de la campaña migratoria de la Casa Blanca. Dos ciudadanos estadounidenses muertos. Cero autocrítica. Y un presidente que responde con desafío político y exhibición de fuerza.
Trump publicó mensajes acusando a las “ciudades y estados santuario dirigidos por los demócratas” de crear el “caos” que, según él, habría provocado las muertes. No habló de los disparos. No habló del uso letal de la fuerza. No habló del hecho central: un hombre desarmado en las manos fue abatido por agentes del Estado.
UNA EJECUCIÓN Y UNA RESPUESTA DE PODER
Alex Pretti estaba grabando. No atacó. No blandió ningún arma. Las imágenes analizadas por CNN contradicen la versión oficial difundida por el Department of Homeland Security, que aseguró que el agente actuó en defensa propia. Pretti portaba una pistola legal, con licencia, que no llegó a sacar del cinturón.
Aun así, fue reducido, rociado con químicos, inmovilizado y tiroteado cuando ya estaba en el suelo. Las grabaciones muestran a varios agentes rodeándolo. No hay amenaza visible. No hay agresión previa.
La reacción presidencial no fue ordenar una investigación inmediata ni suspender el operativo. Trump demuestra otra cosa. La normalización del uso letal como herramienta política. En conversaciones con su entorno más cercano, su jefe adjunto de gabinete, Stephen Miller, llegó a calificar a la víctima como “asesino en potencia”. La Casa Blanca difundió imágenes de un agente herido en otro incidente, sin contexto, como gesto propagandístico.
Mientras Minnesota ardía en protestas, Trump asistía en la residencia presidencial a la proyección de un documental producido por Melania Trump. La escena resume el momento. Muertes fuera, espectáculo dentro.
LA VIOLENCIA COMO ESTRATEGIA ELECTORAL
No es un hecho aislado. Es un patrón. Desde 2020, tras el asesinato de George Floyd, Trump ha descrito cualquier protesta como terrorismo interno. En septiembre de 2025 firmó una orden ejecutiva declarando a “antifa” organización terrorista, una figura inexistente en la legislación estadounidense. No hay ley federal de terrorismo doméstico. Pero hay un uso político del miedo.
Trump amenaza con la Ley de Insurrección, una norma del siglo XIX que permitiría desplegar al ejército en suelo estadounidense. La mención no es retórica. Es advertencia. Militarizar el conflicto interno para disciplinar a la disidencia.
Incluso cuando algunos republicanos expresaron preocupación por la actuación de los agentes, Trump redobló la apuesta. Dijo que el problema no es que los agentes federales maten a manifestantes. El problema, según él, es que los demócratas “no cooperan con el ICE”. La víctima se convierte en culpable. El Estado, en víctima.
No es la primera vez. Días antes, tras la muerte de Renee Good, 37 años, madre abatida a tiros por agentes federales mientras se alejaba en su vehículo, Trump sugirió que su actitud “irrespetuosa” había contribuido a su muerte. La culpa siempre es del cuerpo caído.
Las cifras importan. Dos ciudadanos estadounidenses muertos en enero de 2026. Cientos de agentes federales desplegados en Mineápolis. Cientos de manifestantes en la calle denunciando una ocupación de estilo militar. Y un presidente que afirma que “a veces el ICE comete errores”. Errores que se miden en cadáveres.
Trump gobierna rodeado de un núcleo que refuerza su visión del mundo. Ya no hay contrapesos internos. En su segundo mandato, ha levantado un muro político y mediático donde solo rebotan los aplausos. Mientras tanto, el país se enfrenta a elecciones de mitad de mandato en noviembre de 2026, con encuestas que muestran descontento económico y desgaste político.
La respuesta del presidente no es calmar. Es tensar. No es proteger derechos. Es exhibir poder. No es un desliz. Es una estrategia.
Y el mensaje es claro: cuando el Estado mata y el presidente se pone chulo, la democracia deja de ser un límite y pasa a ser un obstáculo.
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