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Cuatro sondeos, cuatro mínimos históricos y un dato demoledor: el presidente pierde al electorado independiente y empieza a resquebrajar su propia base.
Donald Trump atraviesa su peor momento demoscópico desde que regresó a la Casa Blanca. Cuatro encuestas publicadas en febrero de 2026 confirman lo que hasta hace poco parecía impensable: no hay suelo para su caída.
Los datos son contundentes. Según AP-NORC, su balance neto de aprobación es de -26 puntos. NBC News lo sitúa en -22. Yahoo-YouGov en -20. Quinnipiac en -19. La media de los cuatro sondeos arroja un resultado aproximado de -22.
Para entender la dimensión del golpe conviene comparar: en febrero de 2022, Joe Biden estaba en -13. En el mismo punto de su primer mandato, Trump marcaba -12. Hoy está diez puntos por debajo de aquella cifra y nueve por debajo de Biden en una coyuntura similar.
El analista de CNN Harry Enten lo resumió con una frase que pesa como una losa: no está seguro de que exista un suelo para estos números. Y si existe, Trump lo ha atravesado.

EL ELECTORADO INDEPENDIENTE LE DA LA ESPALDA
La clave no está en las y los votantes demócratas, que ya estaban fuera de su órbita. El problema es el centro electoral. Ese electorado independiente que en 2024 le dio margen suficiente para regresar al poder.
En su primer mandato, a estas alturas, su aprobación neta entre independientes era de -17 según Quinnipiac. Hoy es de -27. Una caída de 10 puntos en el único grupo que decide elecciones en Estados Unidos.
Perder el centro no es un tropiezo coyuntural. Es un síntoma estructural. Cuando un presidente pierde a las y los votantes que oscilan entre bloques, pierde capacidad de arrastre y de legitimación política.
Y los números no son aislados. AP-NORC, entre el 5 y el 8 de febrero de 2026, sitúa su aprobación en 36 % frente a un 62 % de desaprobación. El promedio de Nate Silver registraba el 9 de febrero un balance neto de -13,7, con la desaprobación fuerte superando el 46 % por primera vez.
No es un bache. Es una tendencia.
SU PROPIA BASE EMPIEZA A AGRIETARSE
Trump construyó sus dos victorias sobre un bloque muy definido: votantes sin estudios universitarios y sectores obreros blancos golpeados por la desindustrialización. Ese núcleo empieza a mostrar fisuras.
Pew Research, en una encuesta realizada a finales de enero de 2026, situó su aprobación en 37 %, frente al 40 % de finales de 2025. Solo 27 % respaldaba todas o la mayoría de sus políticas, cuando al asumir el cargo ese respaldo era del 35 %.
Más significativo aún: entre personas con inclinación republicana, aumenta el porcentaje que cree que las y los líderes del Congreso no deben sentirse obligados a respaldar la agenda presidencial. Cuando tu propia coalición empieza a autorizar la desobediencia interna, el desgaste ya no es solo numérico. Es político.
Tres encuestas publicadas la semana pasada detectaron que una mayoría de estadounidenses considera ahora que Biden hizo un mejor trabajo. Para un presidente que construyó su identidad política como antítesis del anterior mandatario, la comparación es devastadora.
Mientras tanto, un sondeo de diciembre entre hombres jóvenes de 18 a 29 años otorgaba a demócratas una ventaja de 61 a 31 en el voto genérico. En términos electorales, es una alerta roja de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026, donde se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
El veterano encuestador republicano Whit Ayres lo ha recordado: presidentes por debajo del 50 % de aprobación suelen sufrir pérdidas significativas en las legislativas. Trump no está por debajo de 50. Está 14 puntos por debajo.
La Casa Blanca insiste en que fue elegido por casi 80 millones de votantes. Esa cifra pertenece al pasado. La política es presente continuo y memoria corta. Y hoy los datos no acompañan.
La lectura estructural es incómoda. Un presidente que gobierna con desaprobación superior al 60 % enfrenta un problema de legitimidad social. Cuando además pierde independientes, jóvenes y empieza a erosionarse su propio bloque, el relato de fortaleza se convierte en propaganda defensiva.
No es solo la caída de un dirigente. Es la evidencia de que el malestar social no se corrige con nacionalismo económico ni con retórica agresiva. La frustración acumulada no se gestiona con autoritarismo mediático.
Y mientras el poder intenta blindarse con espectáculo y confrontación, la realidad demoscópica perfora la narrativa oficial.
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