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El sueño de la «América primero» se traduce en fábricas al borde del colapso y miles de empleos en el filo.
UN NACIONALISMO ECONÓMICO QUE SÓLO SIRVE A LOS MISMOS DE SIEMPRE
El relato de Donald Trump sobre su guerra comercial era simple: poner a Estados Unidos por delante de todo y rescatar a la clase trabajadora de la “traición” globalista. Hoy la realidad golpea con cifras duras. Ford ha advertido que sus beneficios pueden desplomarse hasta un 36% en 2025, perdiendo 2.000 millones de dólares por los aranceles que su propio presidente impuso al acero, el aluminio y piezas procedentes de Canadá y México. Bloomberg lo subraya: la empresa que más coches fabrica en suelo estadounidense está siendo estrangulada por las mismas barreras que Trump prometió usar para protegerla.
Las acciones de Ford cayeron un 2% en bolsa nada más conocerse el anuncio, y no es un caso aislado. General Motors ya había comunicado que perdió 3.000 millones de dólares el trimestre pasado y que puede perder otros 5.000 millones en el próximo. Stellantis, fabricante de Jeep, calcula 350 millones de pérdidas solo en la primera mitad del año. Las supuestas “medidas patrióticas” están hundiendo a los principales empleadores de la industria automovilística estadounidense.
Mientras tanto, los gigantes financieros que especulan con materias primas y logística apenas tiemblan. Las y los trabajadores de Detroit y del cinturón industrial son quienes pagan la factura del nacionalismo económico de Trump, con despidos y cierres temporales de plantas que ya empiezan a filtrarse en informes sindicales.
EL MITO DE LA INFLACIÓN CONTROLADA Y EL NEGOCIO DEL CAOS
Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo bajar la inflación. La realidad: sus aranceles encarecen la cadena de suministro. El acero y el aluminio importados cuestan más, los componentes de México y Canadá suman impuestos extra, y los coches estadounidenses —supuestamente el orgullo nacional— son cada vez menos competitivos. Las familias que compran un vehículo nuevo no encuentran precios más bajos, sino lo contrario: el proteccionismo disparado se convierte en un impuesto oculto al consumidor.
La pregunta incómoda es obvia: ¿quién se beneficia de esta guerra comercial? No son las fábricas ni las y los operarios del metal. No son las familias trabajadoras, que ahora pagan más por menos. El único saldo positivo lo encuentran los fondos de inversión y los especuladores de divisas que juegan con las turbulencias provocadas por estas medidas. Una política diseñada para “defender a la industria americana” que se está convirtiendo en un banquete para la misma élite que financia las campañas electorales.
El supuesto “arte de la negociación” de Trump ha dejado a Ford, GM y Stellantis sangrando, con previsiones de pérdidas históricas y despidos en el horizonte. La industria que fue símbolo del siglo XX estadounidense se desangra mientras la Casa Blanca se limita a asegurar que “trabajará para arreglarlo”. El país que prometía ser la fábrica del mundo se está fabricando su propia ruina.
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