03 Feb 2026

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Trump aprieta el cuello a Cuba con el petróleo como arma
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Trump aprieta el cuello a Cuba con el petróleo como arma 

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El bloqueo energético como castigo colectivo y doctrina imperial en pleno siglo XXI

Cuba vuelve a situarse al borde del colapso energético. No por un error de planificación ni por una fatalidad climática, sino por una decisión política deliberada del Gobierno de Donald Trump, que el 29 de enero de 2026 firmó una orden ejecutiva para castigar con aranceles a cualquier país que venda petróleo a la isla. El resultado es un desabastecimiento que amenaza con paralizar transporte, hospitales, producción agrícola y vida cotidiana de más de 11 millones de personas. No es diplomacia. Es asfixia económica planificada.

Esta escalada no nace de la nada. Es la continuación de una política de cerco sostenido durante más de 65 años contra Cuba, cuyo objetivo declarado nunca fue otro que forzar un cambio de régimen. En abril de 2019, Trump ya había activado el Título III de la Ley Helms-Burton, amenazando a navieras y aseguradoras de terceros países con sanciones si comerciaban con la isla. Hoy, la vuelta de tuerca es el combustible. Sin energía no hay país que funcione.

Repetir que la crisis es “autoinfligida” es propaganda. Los hechos y las fechas desmienten ese relato. En un memorando del 6 de abril de 1960, el entonces alto cargo estadounidense Lester Mallory dejó negro sobre blanco la estrategia: provocar “desencanto y penurias económicas” para quebrar el apoyo interno. La miseria como instrumento político. Nada ha cambiado salvo los métodos.

EL BLOQUEO COMO GUERRA PERMANENTE

El bloqueo no fue nunca un simple desacuerdo bilateral. Fue, y es, una guerra económica de baja intensidad. Así lo definió el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia y así lo retrató Gabriel García Márquez en 1975, cuando habló de un “intento feroz de genocidio” promovido por una potencia casi sin límites. Las palabras no eran metáfora. La historia las respalda.

Desde 1959, Estados Unidos ha acumulado una lista documentada de agresiones: la invasión de Bahía de Cochinos, cientos de intentos de asesinato contra dirigentes, sabotajes, terrorismo y episodios de guerra biológica, como la epidemia de dengue hemorrágico de 1981 que causó la muerte de 101 niños y niñas. A eso se suman décadas de sanciones que impiden la compra de medicamentos, tecnología médica y repuestos básicos.

El coste económico del bloqueo supera los 1,3 billones de dólares, según cifras oficiales cubanas presentadas ante Naciones Unidas, pero el daño humano es incalculable. Vidas perdidas por falta de tratamientos, infraestructuras degradadas y generaciones sometidas a carencias evitables. Cada año, la Asamblea General de la ONU condena este bloqueo con mayorías abrumadoras. Washington ignora sistemáticamente esas votaciones.

Tras la caída de la URSS en 1991, lejos de aliviarse, el cerco se endureció con la Ley Torricelli de 1992, la Helms-Burton de 1996 y nuevas sanciones bajo George W. Bush en 2004. Incluso durante el deshielo parcial de Barack Obama, el objetivo de fondo no se movió. Cambiar las formas no alteró la finalidad.

Trump revirtió cualquier gesto y añadió 243 nuevas sanciones entre 2017 y 2021, restringiendo remesas, viajes y acuerdos. Joe Biden mantuvo intacta esa arquitectura. La continuidad es bipartidista.

PETRÓLEO O RENDICIÓN

El bloqueo energético marca un punto de inflexión. Atacar el suministro de combustible es atacar el sistema nervioso de un país. Sin petróleo, no circulan ambulancias, no funcionan generadores hospitalarios, no se distribuyen alimentos. Las consecuencias ya son visibles: apagones de más de 20 horas, transporte público intermitente y centros sanitarios obligados a racionar electricidad.

La orden ejecutiva del 29 de enero de 2026 convierte el mercado global en un campo de batalla. Estados Unidos militariza el sistema financiero para intimidar a terceros países. Es castigo colectivo, prohibido por el derecho internacional, pero normalizado cuando lo ejerce una potencia hegemónica.

Esta política tiene padrinos claros, como el senador Marco Rubio y el núcleo duro del exilio ultraconservador de Miami, cuya nostalgia política apunta a la Cuba previa a 1959. Un país convertido en casino, burdel y plantación, bajo dominio mafioso y corporativo, con analfabetismo masivo y segregación racial. Ese es el pasado que quieren restaurar.

Trump lo enmarca en su renovada Doctrina Monroe, rebautizada en clave siglo XXI como proyecto de dominación hemisférica. Tras el ataque estadounidense contra Venezuela del 3 de enero de 2026, el mensaje fue explícito: “La dominación estadounidense en el hemisferio occidental no será cuestionada”. Bajo esa lógica, cualquier país que priorice necesidades humanas sobre beneficios corporativos es declarado amenaza.

La negativa de Cuba a rendirse no es obstinación ideológica. Es memoria histórica. Ceder hoy no traería prosperidad mañana. Abriría la puerta a una recolonización total. Por eso La Habana ha aceptado dialogar, pero nunca negociar su existencia.

El bloqueo energético es terrorismo económico. Busca hambre, caos y desesperación como palanca política. Y aun así, no ha logrado doblegar a un pueblo que sigue defendiendo su dignidad frente al imperio.

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