Cuando el poder privado decide intervenir sin intermediarios en la democracia europea
El futuro prometido por Silicon Valley no llegó con coches voladores ni semanas laborales de quince horas. Llegó con oligarcas tecnológicos utilizando sus propias plataformas como arietes políticos, señalando gobiernos electos, difundiendo bulos y marcando la agenda pública desde cuentas personales con cientos de millones de seguidores. El episodio protagonizado por Elon Musk contra Pedro Sánchez, y por Pavel Durov enviando mensajes políticos directos a millones de usuarias y usuarios en España, no es una anécdota ni una excentricidad. Es un síntoma de época.
En febrero de 2026, Musk reaccionó con sarcasmo a la decisión del Gobierno español de regularizar a 500.000 personas migrantes. Poco después pasó al ataque frontal, llamando “sucio”, “tirano” y “traidor” al presidente por anunciar un refuerzo del control sobre las plataformas digitales. Durov, desde Dubái, se sumó al coro enviando una alerta masiva en Telegram en la que pedía a la ciudadanía española “vigilar” al Estado frente a una supuesta deriva autoritaria. Nunca antes un multimillonario extranjero había intervenido de forma tan directa en el debate político interno de un país europeo.
No es un caso aislado. En enero de 2026, Musk difundió una imagen generada por inteligencia artificial del primer ministro británico Keir Starmer en bikini tras el anuncio del Reino Unido de estudiar el cierre de Grok. Emmanuel Macron acusó públicamente al magnate de apoyar una “internacional reaccionaria” e intentar condicionar procesos democráticos. La lista de objetivos es clara y reiterada. Europa.
EUROPA COMO ENEMIGA DE LOS TECNOOLIGARCAS
Europa no molesta por razones culturales ni ideológicas. Molesta porque intenta regular. Molesta porque pone cifras, límites y leyes a un negocio basado en la extracción masiva de datos. Un negocio que mueve cientos de miles de millones de euros al año gracias a la compraventa de perfiles de consumo, hábitos, miedos y preferencias políticas.
La Unión Europea aprobó la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales para frenar prácticas monopolísticas, limitar la publicidad dirigida y exigir responsabilidades por la difusión de contenidos ilícitos. Medidas tímidas, tardías y aún mal aplicadas, pero suficientes para activar la furia de quienes llevan más de una década operando sin contrapesos. Cuando Europa habla de derechos digitales, los tecnobros escuchan pérdida de beneficios.
Esta ofensiva no sería posible sin el respaldo político explícito de Donald Trump, reelegido y alineado sin matices con las grandes tecnológicas. En su segundo mandato, Musk, Zuckerberg y Bezos ocuparon un lugar privilegiado en su investidura. Trump utiliza el discurso fetiche de la “libertad de expresión” para blindar a las plataformas frente a cualquier regulación y amenaza con aranceles a los países que intenten sancionarlas. El chantaje comercial como defensa del oligopolio digital.
Aquí no hay una cruzada por los derechos civiles ni una defensa honesta de internet como espacio abierto. Hay capitalismo de plataforma defendiendo su tasa de beneficio. Si se limita el uso de datos, si se obliga a moderar contenidos, si se reduce la viralidad artificial del odio, cae la rentabilidad. Por eso atacan. Por eso gritan. Por eso señalan.
MESIANISMO, RUIDO Y DINERO
Los tecnobros no solo concentran poder económico. Concentran poder simbólico y comunicativo. Controlan los canales por los que circula la conversación pública y se perciben a sí mismos como figuras providenciales. No es casualidad. Es una cultura empresarial que se narra como salvadora del mundo mientras precariza, vigila y extrae valor sin rendir cuentas.
Los insultos, las provocaciones y los mensajes alarmistas no buscan convencer a electorados concretos. Buscan otra cosa. Generar ruido, polarización y tráfico. Cada escándalo aumenta la actividad en las plataformas. Cada rifirrafe se traduce en más tiempo de pantalla, más datos recopilados y más ingresos publicitarios. El conflicto no es un efecto secundario. Es el producto.
Desde este punto de vista, la supuesta preocupación de Durov por la “censura” resulta obscena. Telegram ha sido señalada repetidamente por permitir la difusión de contenidos pedófilos, estafas y redes criminales. Musk, por su parte, ha desmantelado los sistemas de moderación de X mientras amplifica discursos de odio y desinformación. Hablan de libertad mientras privatizan la esfera pública.
El impacto político directo de estos ataques es limitado. No hay evidencia de que insultar a un presidente aumente el apoyo electoral a la ultraderecha o debilite a un gobierno progresista de forma automática. Pero el daño es más profundo y estructural. Normalizan la idea de que los multimillonarios pueden intervenir sin filtros en la democracia. Que su dinero, su tecnología y sus algoritmos les otorgan un derecho especial a condicionar decisiones colectivas.
Europa llega tarde y llega mal, pero ha empezado a moverse. Y esa es la verdadera razón del nerviosismo. Cuando los tecnobros ladran no es porque amenacen la libertad, sino porque alguien ha tocado el negocio. El futuro que prometieron era progreso. El que están construyendo es poder sin urnas, influencia sin responsabilidad y democracia convertida en un estorbo.
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