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Un ensayo de cómo aplicar la mano dura contra las ciudades que le plantan cara
La operación de Donald Trump en la capital estadounidense no es una medida de seguridad. Es un aviso. Washington D.C., ciudad santuario, bastión demócrata y espacio que históricamente ha resistido las políticas más agresivas contra la población migrante, se ha convertido en el escenario elegido para un experimento político: comprobar hasta dónde puede llegar el presidente al imponer control federal en un territorio que no se somete a su agenda.
El 11 de agosto, Trump anunció el despliegue de la Guardia Nacional y el control directo sobre la policía local, amparándose en la sección 740 del District of Columbia Home Rule Act, una herramienta excepcional que convierte a la capital en un enclave sin autonomía real en materia de seguridad. No lo hizo en respuesta a una crisis objetiva —el crimen violento ha bajado un 26% respecto al año anterior y los homicidios un 12%— sino para imponer una narrativa falsa de decadencia y caos. La estrategia es conocida: exagerar o inventar el problema para justificar la “solución” autoritaria.
LAS CIUDADES SANTUARIO COMO OBJETIVO POLÍTICO
El mensaje iba mucho más allá de las calles de Washington. “Después miraremos Nueva York, y si es necesario, también Chicago”, advirtió. No se trataba de una simple amenaza: era un anticipo de que cualquier ciudad que ofrezca refugio a personas migrantes o que frene las deportaciones masivas será intervenida. Los términos “ciudad santuario” y “estado santuario” —que en el contexto estadounidense significan protección frente a la cooperación con las autoridades migratorias federales— son para Trump etiquetas de enemigo interno.
Nueva York, Chicago, Los Ángeles y Washington comparten algo más que su condición de santuarios: son centros de poder político y cultural demócrata. Trump las usa como chivos expiatorios de todos los males sociales para galvanizar a su base electoral. Lo que presenta como un plan contra el crimen es, en realidad, una campaña de disciplinamiento político y cultural.
No es casualidad que estas ciudades sean, además, referentes en políticas de integración, derechos LGTBI, protección de minorías y acceso a servicios sociales. Atacarlas implica enviar un mensaje al resto del país: si no te alineas, te someto. El despliegue en Washington es la prueba de que puede hacerlo con respaldo legal y cobertura mediática.
DE LA SEGURIDAD A LA GUERRA INTERNA
Trump lo plantea como una “liberación” de la capital, con un lenguaje que mezcla la jerga militar y la propaganda electoral: “El crimen, el salvajismo, la inmundicia y la escoria desaparecerán”. La elección de términos no es inocente. No habla de personas sin hogar, migrantes o jóvenes desempleados. Habla de “escoria”. En ese marco, las políticas sociales dejan de ser una opción y se sustituyen por operaciones de limpieza, en el sentido más literal y peligroso del término.
El precedente es inquietante: en Los Ángeles, aplicó un guion similar, criminalizando a comunidades enteras y militarizando el espacio urbano. El resultado no fue una reducción sostenible del crimen, sino la normalización de la presencia militar en las calles y la consolidación de un modelo en el que la fuerza sustituye al diálogo y la cohesión social.
Washington es hoy el laboratorio. Mañana puede ser cualquier otra ciudad que se atreva a decir no. En ese ensayo, el enemigo ya no es la delincuencia real, sino todo aquello que contradice la visión de país que Trump quiere imponer.
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