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José Pablo López planta cara a Vox en el Senado y recuerda lo obvio: RTVE no está para blanquear el franquismo ni para arrodillarse ante el odio.
LA ULTRADERECHA CONTRA LA TELEVISIÓN PÚBLICA
Lo que ocurrió este martes en la Comisión Mixta de Control de RTVE fue un retrato de época. Carina Mejías, diputada de Vox, se presentó en el Senado con una idea fija: transformar la libertad de expresión en delito. Lo hizo acusando a la radiotelevisión pública de “promover discursos de odio” y de “criminalizar” a su partido. Su discurso, largo, previsible y plagado de victimismo, sirvió para lo de siempre: convertir la crítica democrática en persecución política.
El presidente de RTVE, José Pablo López, no cayó en la trampa. Respondió con serenidad y con datos. Recordó que el único procesado por delito de odio en el ámbito político no está en RTVE, sino en Vox: el presidente del Parlamento balear. Frente a la confusión calculada de la diputada, López trazó una línea clara entre lo que es libertad y lo que es odio: “Usted confunde la libertad de expresión con el odio”.
Mientras la diputada gritaba censura, López defendía el derecho a opinar, incluso a molestar. Porque RTVE, dijo, “no está para blanquear ni exaltar el franquismo”. La escena fue simbólica: la ultraderecha reclamando control ideológico sobre los medios públicos y el periodismo respondiendo con principios constitucionales.
El presidente no se limitó a contestar: revirtió el espejo hacia quienes han hecho del odio un instrumento político. Recordó que en las filas de Vox se deshumaniza a migrantes, se piden ilegalizaciones de partidos, se ataca a la prensa crítica y se promueven “terapias de conversión” contra el colectivo LGTBI. Todo eso, subrayó, “sí es odio”.
Vox volvió a invocar el fantasma de las Campanadas de 2023, cuando la creadora Lalachus fue acusada de “vejaciones” por su mensaje feminista. López explicó que aquella denuncia fue archivada por la CNMC y que los tribunales no encontraron ningún indicio de delito. Lo que Vox llama “odio” no es más que una mujer haciendo humor político desde un balcón público. Lo que ellos llaman “ofensa” es que alguien no se someta a su moral.
CUANDO QUIEREN LLAMAR LIBERTAD A LA IMPUNIDAD
El intercambio dejó otra escena reveladora. López recordó a los diputados del PP que Ayuso, antes de echarlo de Telemadrid, lo definió como “un profesional”. Cinco años después, la misma derecha que entonces lo aplaudía hoy se alía con la ultraderecha para intentar desacreditarlo. La coherencia, una vez más, no cotiza en la bancada conservadora.
Mientras tanto, Vox sigue amenazando con “entrar con lanzallamas o motosierra” en RTVE, palabras del diputado Manuel Mariscal. El lenguaje bélico se ha convertido en su forma de gobernar el debate público: intimidar, señalar y destruir. López lo dejó claro: “Odio es eso, y no lo que hacemos en TVE, que es libertad de expresión”.
No hay equidistancia posible entre el derecho a opinar y el derecho a humillar. No es lo mismo condenar un régimen fascista que negarlo. No es lo mismo defender la diversidad que pedir que se cure. Pero Vox vive de esa confusión: intenta que todo parezca simétrico, que el periodista y el agitador, la víctima y el verdugo, el humor y el odio, sean la misma cosa.
La estrategia no es nueva. Se llama lawfare cultural. Convertir la libertad en un arma, la fiscalización pública en persecución, y el periodismo en enemigo. Lo hacen porque necesitan un enemigo constante: si no lo hay, lo inventan.
López se permitió una frase que debería grabarse en los despachos de todos los medios públicos: “La democracia iba de eso, de la libertad de expresión”. Medio siglo después de la muerte del dictador, aún hay quienes no lo han entendido.
RTVE no debe neutralidad frente al odio, sino firmeza frente al autoritarismo. Porque cuando se pretende convertir el insulto en política y la censura en virtud, defender la palabra libre no es sólo un deber profesional: es un acto de resistencia.
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