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La extrema derecha ha dejado de ser “una amenaza externa”. Ahora es el centro gravitacional del debate.
Países Bajos vuelve a votar. Otra vez. Como si el país pudiera seguir girando, eternamente, alrededor de la misma pregunta: ¿hasta dónde estamos dispuestos a normalizar el odio? Porque más allá de porcentajes, pactos imposibles y coaliciones que nacen rotas, la verdadera historia de estas elecciones es la consolidación de Geert Wilders como eje del debate político. No porque vaya a gobernar —nadie quiere gobernar con él—, sino porque todo el mundo está gobernando según lo que él dice.
Esa es la derrota. Y esa es la rendición.
La ultraderecha ya ganó antes de contarse los votos
Wilders rompió el Gobierno el pasado junio porque no consiguió imponer su plan antiinmigración de diez puntos: cerrar centros de acogida, expulsar a refugiados sirios, desplegar al Ejército en la frontera, convertir Países Bajos en una fortaleza étnica y cultural. Una propuesta que hace solo diez años habría sido considerada un delirio fascistoide. Hoy se discute como una opción legítima de política pública.
El PVV sigue siendo favorito para obtener el mayor número de escaños, incluso tras su incapacidad para sostener un Gobierno durante 11 míseros meses. Ha fallado en gobernar, pero ha triunfado en algo más importante: cambiar el lenguaje, el marco y hasta la brújula moral de la política neerlandesa.
Sus enemigos ya hablan en sus términos.
Sus rivales ya prometen limitar la migración.
Sus adversarios ya compiten por quién expulsa más y más rápido.
El centro se ha movido. Y no hacia la izquierda.
La alianza entre los Verdes y el Partido Laborista (GL/PvdA) —la supuesta barrera de contención progresista— incluye en su programa un límite anual de inmigración. No proponen derechos, sino gestión técnica del cierre. No prometen refugio, sino cuotas.
El partido liberal-progresista D66 promete diez nuevas ciudades. Pero no para solucionar la desigualdad desde lo público, sino como producto urbanístico, como mapa urbanizable del mismo modelo que generó la crisis de vivienda estructural del país.
El CDA, antaño pilar del sistema democrático europeo, ahora promete “política normal y civilizada”, eufemismo para recuperar orden, estabilidad, identidad. Es decir: gestionar mejor el miedo, no superarlo.
Y el VVD, el partido tradicional de la derecha, está en caída libre porque su líder ha llevado la formación “demasiado a la derecha”. Demasiado. Es decir: tan lejos en el lenguaje de la exclusión que ni siquiera ha conseguido diferenciarse del original.
La pregunta ya no es quién vencerá.
La pregunta es quién se parece más a Wilders sin llamarse Wilders.
País fracturado, política fractal
En Países Bajos, el Parlamento tiene 150 escaños y rara vez un partido supera el 20% de los votos. El país está acostumbrado a coaliciones amplias, lentas, frías, negociadas con bisturí. Pero ahora esa fragmentación no es democracia plural: es incapacidad para construir un horizonte compartido.
Migración, vivienda y coste de vida son los tres ejes electorales. Pero ninguno se está discutiendo desde los derechos o la igualdad, sino desde el miedo, la competencia y el sálvese quien pueda. Se habla de inmigración como amenaza, no como realidad social. Se habla de vivienda como mercado, no como derecho. Se habla del coste de la vida como fenómeno meteorológico, no como consecuencia del capitalismo financiero y la privatización.
Y en ese vacío, la extrema derecha ofrece algo que la política neoliberal destruyó: pertenencia. Identidad. Identificación. Un enemigo claro. Una frontera mental y emocional.
La pregunta final
Puede que el nuevo Gobierno neerlandés sea moderado.
Puede que se forme una coalición centrista.
Puede incluso que Wilders quede otra vez fuera del poder.
Pero el resultado ya está escrito: el centro ha aceptado jugar en su tablero.
La extrema derecha ha dejado de ser “una amenaza externa”.
Ahora es el centro gravitacional del debate.
La batalla ya no va de quién gobierna, sino de quién define lo posible.
Y hoy, en Países Bajos, lo posible está cada vez más cerca del abismo.
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