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Los discursos de odio no se quedan en los parlamentos ni en los platós de televisión: se filtran en cada rincón del país y siembran el terror en las comunidades migrantes.
El odio tiene consecuencias. No es solo un discurso inflamado en redes sociales, ni una política migratoria despiadada, ni una retórica electoral. Es una niña de 11 años que decide quitarse la vida porque sus compañeros la amenazaban con llamar a migración para que deportaran a su familia. Se llamaba Jocelynn Rojo Carranza y su muerte es el resultado de un sistema que criminaliza a los migrantes desde la infancia.
EL RACISMO EN LAS ESCUELAS: UN ARMA LETAL
Jocelynn estudiaba en la Gainesville Intermediate School, en Texas. Sufría acoso constante por ser latina. Sus compañeros le decían que su familia sería expulsada del país, que llamarían a ICE para que los separaran, que no pertenecía a Estados Unidos. La tortura psicológica que soportó durante meses terminó por quebrarla. El 8 de febrero, tras un intento de suicidio en su hogar, falleció en un hospital de Dallas.
El sistema escolar sabía lo que ocurría. No una, ni dos, sino decenas de veces la niña pidió ayuda. Dos veces por semana, visitaba al consejero escolar para hablar del acoso que sufría. Pero su madre se enteró demasiado tarde. Nadie en la escuela informó a la familia de la situación. Nadie tomó medidas reales para protegerla.
Las «políticas estrictas contra el bullying» que defienden los directivos son papel mojado. El racismo en las aulas no es un accidente, es la consecuencia de una narrativa política que estigmatiza a la población migrante. Cuando un gobierno se encarga de señalar a los latinos como enemigos, los niños lo absorben. El resultado es este: la discriminación convertida en un juego cruel que ha costado una vida.
DEPORTACIÓN Y MUERTE: LA AGENDA DEL MIEDO
Jocelynn no es la primera víctima. En la era Trump, Estados Unidos ha deportado a más de 10.000 migrantes indocumentados. Eso significa 300 personas expulsadas cada día. Niños, madres, familias enteras rotas por una política que criminaliza la supervivencia. Los discursos de odio no se quedan en los parlamentos ni en los platós de televisión: se filtran en cada rincón del país y siembran el terror en las comunidades migrantes.
La madre de Jocelynn, Marbella Carranza, hoy llora la pérdida de su hija y exige respuestas. ¿Por qué la escuela no avisó? ¿Por qué nadie intervino? ¿Cuántos niños más tienen que morir antes de que se haga algo? El acoso racista no es un problema menor. Es una estrategia de violencia sistemática. Es la forma en la que el poder perpetúa su dominio, sembrando el miedo entre quienes más necesitan protección.
La comunidad latina en Texas está de luto. En la iglesia St. Mary’s de Gainesville, decenas de personas se reunieron para despedir a Jocelynn. Su historia no puede ser otra más en la larga lista de tragedias ignoradas. Su muerte es una advertencia: el odio mata, el racismo destruye infancias, y el silencio es cómplice.
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