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Detrás de cada línea trazada por el imperio, hay una historia de sangre que nunca deja de fluir.
En 1947, el Imperio británico decidió marcharse del subcontinente indio dejando un regalo envenenado: una partición artificial que parió dos Estados enfrentados. La creación de India y Pakistán no fue solo un ejercicio de ingeniería geopolítica colonial, sino un baño de sangre disfrazado de independencia.
Entre uno y dos millones de personas fueron asesinadas durante la partición. Más de 15 millones huyeron de sus hogares, empujadas por un odio sembrado desde arriba y ejecutado con furia en calles, trenes y campos. La comunidad musulmana quedó atrapada entre dos fuegos. La hindú y la sij, también. La descolonización británica se cobró más víctimas que muchas guerras.
En ese caos, Cachemira, un reino de mayoría musulmana gobernado por un maharajá hindú, fue arrastrada por la fuerza hacia la India. Su anexión marcó el inicio de un conflicto que ha sobrevivido a generaciones. La primera guerra indo-pakistaní estalló en 1947, y terminó con la intervención de la ONU y la creación de una frontera no reconocida: la Línea de Control, una cicatriz que divide a un pueblo desde hace casi 80 años.
El resultado: una región ocupada militarmente, dividida sin plebiscito y gobernada a base de represión. El conflicto de Cachemira no es una disputa religiosa. Es el producto de una colonización que nunca terminó.
UNA GUERRA LATENTE CON ARMAS NUCLEARES
Desde aquella primera guerra, las tensiones entre India y Pakistán han estallado en múltiples ocasiones. La segunda guerra (1965), nuevamente por Cachemira, dejó miles de muertos y ningún avance real. La tercera guerra (1971), centrada en la secesión de Pakistán Oriental, supuso la mayor humillación militar para Islamabad: la India apoyó al movimiento de independencia y nació Bangladesh, tras uno de los mayores genocidios del siglo XX, perpetrado por el ejército paquistaní.
Pero fue en 1974 cuando el conflicto cambió de escala. India detonó su primera bomba nuclear. Pakistán respondió en 1998. Desde entonces, la guerra abierta es menos probable, pero el mundo vive pendiente de dos dedos en dos botones nucleares, sin garantías de racionalidad. La crisis de Kargil en 1999, y los atentados de Mumbai en 2008, mostraron lo cerca que está siempre la catástrofe.
El riesgo es estructural. Ambos países gastan miles de millones en defensa, mientras millones de personas viven sin acceso a agua potable o servicios básicos. Solo en 2023, India aumentó su gasto militar hasta 81.000 millones de dólares, y Pakistán mantiene su presupuesto de defensa como uno de los más altos del continente, a costa de su población civil.
Los intentos diplomáticos, como los Acuerdos de Shimla en 1972, las rutas de autobús entre ambos lados de Cachemira o las cumbres bilaterales, han sido saboteados una y otra vez por el miedo, el nacionalismo y el terrorismo.
India acusa a Pakistán de cobijar a grupos como Jaish-e-Mohammed o Lashkar-e-Taiba, responsables de atentados devastadores. Pakistán, a su vez, denuncia la ocupación militar india y la sistemática violación de derechos humanos en el Valle de Cachemira, como recogen organizaciones como Human Rights Watch y Amnesty International.
Desde la llegada al poder de Narendra Modi en 2014, la situación ha empeorado. En 2019, su gobierno revocó la autonomía constitucional de Jammu y Cachemira con una maniobra legislativa forzada, impuso el estado de sitio, bloqueó internet durante meses y militarizó aún más una región ya saturada de soldados. El New York Times lo documentó en esta investigación, denunciando la ofensiva autoritaria del BJP.
En paralelo, Pakistán instrumentaliza la causa cachemirí para fines geopolíticos, mientras reprime a su propia disidencia y encubre la acción de milicias bajo su órbita. La población civil queda atrapada entre dos Estados que usan Cachemira como bandera de guerra, pero no como territorio con derecho a decidir.
La comunidad internacional ha optado por la cobardía. Ni la ONU ni las potencias nucleares han impulsado una resolución firme. La razón: intereses estratégicos. Estados Unidos considera a India un contrapeso frente a China, y Pakistán sigue siendo un actor útil en la geopolítica de Asia Central y Afganistán. El silencio se compra con gas, armas y comercio.
La guerra eterna entre India y Pakistán no es eterna por destino, sino por cálculo. Mientras no se reconozca el derecho a la autodeterminación de Cachemira, no habrá paz posible. Y mientras los gobiernos sigan usando el conflicto para reforzar su poder, la región seguirá siendo un polvorín con silenciador diplomático.
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