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Cuando el progresismo confía en el veneno ajeno para sobrevivir, acaba normalizando el daño
La tentación es vieja y peligrosa: dejar que la extrema derecha haga el trabajo sucio. Mirar cómo Vox muerde al Partido Popular y pensar que, con el tiempo, la derecha “responsable” quedará desgastada y la izquierda recogerá los restos. Esa hipótesis, atribuida a una lectura táctica de corto recorrido, no solo es errónea. Es profundamente irresponsable. Confiar en que Vox debilite al PP es una apuesta que fortalece a ambos y empobrece el terreno democrático en el que luego se pretende gobernar.
El cálculo parece sencillo: Vox radicaliza, el PP se desplaza, una parte del electorado se asusta y vuelve al centro. El problema es que la política no funciona como un experimento de laboratorio. Funciona como un ecosistema. Cuando normalizas a quien incendia, el fuego no distingue. Se extiende. Y lo que termina debilitándose no es la derecha tradicional, sino los consensos básicos que permiten disputar el poder con reglas compartidas.
Pedro Sánchez ha demostrado habilidad para sobrevivir en escenarios adversos. Ha leído el tablero con intuición y ha resistido embates que parecían definitivos. Pero la estrategia de esperar a que Vox erosione al PP confunde supervivencia con proyecto. Gobernar no es aguantar. Es orientar. Y orientar implica decidir qué fuerzas se legitiman con tu silencio y cuáles se combaten con claridad.
La experiencia comparada es clara. Allí donde la extrema derecha crece, la derecha clásica no se desmorona: se mimetiza. Asume marcos, endurece discursos, blanquea propuestas. El resultado no es un PP debilitado, sino un PP más áspero, más autoritario, más dispuesto a competir por el terreno del miedo. El electorado no “vuelve al centro” como reacción automática; se acostumbra a lo que antes era impensable. La ventana de lo aceptable se desplaza.
LA TRAMPA DEL CÁLCULO ELECTORAL
Vox no es un actor táctico que desgaste a otro por delegación. Es un vector de sentido común reaccionario. Cada vez que se le concede tiempo, foco o utilidad indirecta, gana densidad cultural. Y cuando la extrema derecha gana densidad cultural, no necesita mayorías para gobernar: le basta con condicionar. Dicta la agenda, impone temas, fija los límites del debate.
Esperar que Vox “rompa” al PP es ignorar la naturaleza del bloque conservador español. No hay dos derechas enfrentadas por principios, sino dos velocidades de un mismo proyecto. Una empuja, la otra administra. Una grita, la otra firma. Cuando Vox sube, el PP no cae: se reconfigura. Y cuando se reconfigura, lo hace hacia posiciones que luego se normalizan como “realismo”.
Partido Popular ha demostrado que sabe convivir con Vox sin pagar un precio estructural. Pacta donde conviene, se desmarca donde estorba y recoge el beneficio del clima endurecido. La derecha institucional se alimenta del ruido ultra porque le permite presentarse como mal menor mientras aplica políticas que, sin ese ruido, serían más difíciles de justificar.
La izquierda, mientras tanto, pierde tiempo. Confía en una erosión ajena en lugar de construir una hegemonía propia. Y esa es la derrota silenciosa: sustituir la pedagogía por la espera, la disputa cultural por el cálculo aritmético, el conflicto social por la gestión del calendario electoral.
CUANDO LA ESPERA SE CONVIERTE EN CESIÓN
El coste no es abstracto. Es material. Se endurecen las políticas migratorias, se banaliza el discurso antifeminista, se relativiza la violencia simbólica, se normaliza el recorte de derechos en nombre del orden. Cada paso atrás se justifica como un peaje temporal, como una concesión táctica. Pero las concesiones tácticas construyen realidades duraderas.
Además, hay una consecuencia menos visible y más corrosiva: la desmovilización. Cuando el mensaje implícito es “esperad, que el adversario se desgaste solo”, la ciudadanía deja de sentirse protagonista. La política se convierte en una partida entre élites. Sin horizonte transformador, la base social se enfría. Y cuando la base se enfría, el miedo vuelve a ser la emoción dominante. Justo el terreno donde la extrema derecha se mueve mejor.
No se trata de negar la complejidad del momento ni de exigir épicas huecas. Se trata de abandonar la fantasía de que el mal ajeno resolverá tus debilidades propias. La única forma de debilitar a Vox no es usarlo como espantapájaros contra el PP, sino desactivar las condiciones que lo alimentan: precariedad, desigualdad, abandono territorial, descrédito institucional, falta de horizonte.
Eso exige conflicto. Exige nombrar responsables. Exige incomodar a poderes que no se incomodan con la mera gestión. Exige, en definitiva, política. No espera. No cálculo cínico. No la ilusión de que el incendio se apagará solo.
Porque la historia es tozuda. Quien espera que la extrema derecha haga su trabajo, acaba trabajando para ella.
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