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La maquinaria de la desinformación avanza sin control, erosionando la democracia desde dentro. Cada vez es más evidente que la crisis no solo viene de afuera; las fisuras están en el propio sistema. Mientras se encarcela a quienes alzan una marioneta como denuncia, los agitadores y propagandistas que normalizan la violencia gozan de total impunidad. Es el síntoma de un Estado que ha perdido la brújula de la justicia.
EL SILENCIO CÓMPLICE DE LAS INSTITUCIONES
El escenario actual no es casualidad, ni es fruto del azar. Los ecos de los ataques a la democracia resuenan con más fuerza, y el canal de figuras como Alvise Pérez y otros agitadores es el mejor ejemplo de ello. Sus discursos cargados de odio y falsedades inundan las redes, normalizando ideas que antes se habrían considerado impensables. El problema no es que estas ideas existan, sino que se toleren y se amplifiquen sin consecuencias.
El periodista Carlos Hernández advierte en su artículo de eldiario.es sobre la complicidad pasiva de las instituciones. Mientras el Estado persigue con fervor a quienes incomodan desde el arte o el activismo, se queda de brazos cruzados ante quienes incitan al odio y a la violencia. Esta doble vara de medir es alarmante y profundamente peligrosa. Si las y los líderes políticos no actúan ahora, no habrá retorno; el precio de la inacción será un colapso de las libertades que tanto costó conquistar.
No es casual que se permita a ciertos perfiles ultraderechistas ocupar espacios de poder en medios y en plataformas digitales. Contribuyen a un clima de polarización extrema, donde la deshumanización del adversario se convierte en moneda corriente. Cuando se normaliza la mentira y la amenaza, el camino hacia la violencia está pavimentado. Y en ese camino, las y los que ostentan cargos de poder mantienen un silencio que resulta cómplice.
LOS MEDIOS Y SU ROL EN LA RADICALIZACIÓN
El papel de los medios de comunicación en esta deriva tampoco es menor. Durante años, tertulianos y opinadores han construido una narrativa que legitima el discurso de odio y promueve la figura del «enemigo interno». Se trata de una estrategia de deshumanización, una que no es nueva, pero que ahora se despliega con más descaro y sin freno.
Las y los propagandistas del odio son los que, con su retórica incendiaria, justifican las agresiones y hacen de la mentira su herramienta. Y es precisamente ahí donde el periodismo tiene una deuda con la sociedad. No basta con informar; es necesario tomar posición frente a quienes utilizan el altavoz mediático para atizar el fuego de la violencia. La equidistancia ante la manipulación y el fascismo no es neutralidad, es connivencia.
El ejemplo de Estados Unidos y el asalto al Capitolio debería ser una alerta. La semilla del autoritarismo se riega con desinformación, miedo y discursos de odio. Si bien el golpe puede no ser hoy, ni mañana, los pasos hacia ese abismo ya se están dando. Mientras tanto, se insiste en mantener un falso equilibrio, como si la crispación fuera una carga que comparten las y los demócratas y sus agresores. Pero no es así. La realidad es que esta es una batalla entre la verdad y la mentira, entre la democracia y su destrucción.
En este contexto, los y las responsables de regular el espacio público digital y mediático deben actuar con decisión. No basta con propuestas vacías ni con condenas que se pierden en comunicados. Es urgente una intervención que garantice que quienes promueven la violencia no encuentren amparo en la libertad de expresión mal entendida. Porque la libertad no es un cheque en blanco para atentar contra la dignidad de las y los demás.
Sin acción contundente, la línea roja que separa la democracia de la barbarie se difumina cada día más.
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