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Un nuevo partido para moderar el fascismo, pero con wifi de alta velocidad
EL CENTRO DE ELON MUSK ESTÁ A LA DERECHA DE TRUMP
Elon Musk, ese visionario que confunde distopía con hoja de ruta, ha decidido que Estados Unidos necesita un nuevo partido político. Pero no uno cualquiera. Un partido “para el 80% que está en el medio”, dice. Y una de dos: o ha hecho las cuentas en Marte o su “centro” es un lugar donde Trump parece un socialdemócrata y la palabra “redistribución” está prohibida por algoritmo.
Lo dice el hombre que ha defendido el golpismo en Brasil, la persecución a periodistas, la impunidad israelí y el supremacismo natalista con cara de preocupación humanitaria. Un hombre que lleva años empujando la ventana de Overton hacia la apología del caos, pero que ahora quiere presentarse como moderado. Elon no quiere un partido de extrema derecha. Quiere uno que suene razonable mientras legaliza todas sus fantasías libertarianas con dinero público.
La propuesta apareció, como no, en su red social X, donde la libertad de expresión se mide en función del patrimonio neto. “¿Es momento de crear un nuevo partido político para el 80% del medio?”, preguntó. Y de inmediato llegaron las respuestas de hordas de libertarios, tecnófobos, criptoevangelistas, negacionistas del cambio climático y nostálgicos del Tea Party. Porque claro, cuando Musk dice “el medio”, lo que en realidad quiere decir es: todo lo que cabe entre Tucker Carlson y Gengis Khan.
El centro político de Musk es ese espacio imaginario donde el neoliberalismo más salvaje se da la mano con el autoritarismo cool. Una especie de bunker con cafetería orgánica donde se recitan discursos de Ayn Rand mientras se diseñan drones policiales. No es que Elon quiera superar el bipartidismo. Es que quiere consolidar un consenso neoliberal de ultraderecha sin pasar por el trámite del debate ideológico. Un partido único de la tecnocracia darwinista, pero con emojis.
EL «CENTRISMO» COMO ÚLTIMO REFUGIO DE LOS ULTRAS
Lo que Musk propone no es nuevo. Es el viejo truco del lobo con chaleco de mindfulness. Cuando la extrema derecha deja de parecer vendible, se le aplica un filtro neutro, se recortan sus exabruptos más grotescos y se le llama “centro reformista”. Lo hemos visto antes: con Macron en Francia, con Milei en Argentina, con Meloni en Europa. Ahora es el turno del libertarismo 3.0, versión Silicon Valley: un capitalismo sin frenos al que le han pegado una pegatina de sentido común.
Porque en realidad no hay nada más extremista que ese supuesto centro: niega el cambio climático pero abraza los paneles solares si son rentables; criminaliza a los sindicatos pero financia ejércitos privados; defiende la libertad de expresión pero bloquea cuentas críticas; se dice apolítico, pero solo cuando gobiernan los suyos.
Y eso explica por qué Musk ha roto con Trump solo para ocupar su espacio. No por principios. Por cuota de pantalla. Porque el trumpismo ya no le sirve para aumentar el valor de sus acciones. Ahora necesita otra etiqueta. Una que suene menos a MAGA y más a TED Talk. Que no hable de “muro” pero sí de “frontera inteligente”. Que no prometa disparar a migrantes, pero sí automatizar su deportación. Que no grite “América primero”, pero lo ejecute con sensores de movimiento y reconocimiento facial.
Lo que Musk ofrece no es un partido. Es una plataforma de inversión ideológica para millonarios sin complejos. Una coartada electoral para que los más ricos sigan jugando a ser mesías mientras los demás pagamos la factura. Y lo peor es que funciona. Porque vende el autoritarismo con estética de start-up y lo llama consenso.
Pero no hay consenso posible cuando el “centro” es un experimento sociopolítico diseñado en los sótanos de la tecnocracia para desactivar toda forma de resistencia.
Y desde ese centro, Musk no quiere salvar la democracia. Quiere reemplazarla por su avatar.
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