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Musk amenaza con desmantelar su nave espacial y se echa atrás porque se lo pidió un usuario con 184 seguidores
UNA NAVE, UN IMPULSO Y UNA PATALETA PRESIDENCIAL
Cuando se dice que el poder corrompe, no se aclara si lo hace más rápido en la Tierra o en órbita. Elon Musk, dueño de una de las empresas más beneficiadas por el dinero público estadounidense —SpaceX ha recibido más de 20.000 millones de dólares en contratos desde 2008—, ha decidido convertir el programa espacial en un plató de reality show. Este jueves, tras una amenaza de Trump en su red Truth Social de “cancelar los subsidios y contratos” con Musk para ahorrar “miles de millones de dólares”, el magnate respondió como quien deja un grupo de WhatsApp: “Desmantelamos Dragon inmediatamente”.
El Dragon, por cierto, es la única nave estadounidense capaz de llevar astronautas a la Estación Espacial Internacional y traerlos de vuelta con vida. Pero para Musk eso es secundario. Lo importante es el drama. Horas después de anunciar el fin de la era Dragon, se desdijo por una razón digna de una telenovela digital: un usuario con 184 seguidores en X le pidió que se calmara. Y se calmó.
«Ok, no desmantelamos Dragon», escribió Musk, como si estuviese decidiendo si pedir sushi o pizza.
Esta es la nueva política aeroespacial de Estados Unidos: una guerra de egos retransmitida en tiempo real y arbitrada por cuentas anónimas.
DRAGONES, CONTRATOS Y UN JUEGO DE TRONOS ESPACIAL
El enésimo estallido entre Donald Trump y Elon Musk no es solo un choque de narcisismos desbocados, sino la confirmación de que el poder estatal se reparte ahora como un influencer reparte códigos de descuento. Lo que está en juego no es solo una nave, sino los más de 20.000 millones de dólares en contratos públicos que SpaceX ha acumulado a lo largo de los años gracias a su relación con la NASA, la Fuerza Aérea y el Departamento de Defensa.
Trump, en plena cruzada fiscal, ha descubierto de repente que podría “ahorrar miles de millones” si elimina a Musk de su lista de contactos. Y Musk, dolido como quien no fue invitado a una barbacoa, responde cancelando una nave espacial esencial para los astronautas en misión activa. ¿El motivo real de la ruptura? Musk insinuó que Trump ganó las elecciones gracias a él. Y Trump, que solo tolera adulaciones si vienen con cheques, no lo encajó bien.
Mientras tanto, la NASA lanza comunicados institucionales con voz temblorosa como si tratara de mediar en una disputa entre padres divorciados. Bethany Stevens, portavoz de la agencia, ha asegurado que “seguiremos ejecutando la visión del Presidente para el espacio”, lo que en traducción institucional significa: “No sabemos si mañana tendremos nave o habrá que llamar a Uber Orbital”.
Todo esto sucede mientras una Dragon trajo de vuelta a dos astronautas en marzo que llevaban meses atrapados en la ISS por fallos del Starliner de Boeing. Otro Dragon, más recientemente, llevó casi 3 toneladas de suministros a la estación espacial el 22 de abril. Es decir, no estamos hablando de un capricho tecnológico, sino de la infraestructura básica de la presencia humana estadounidense en el espacio. Pero da igual: si Trump tuitea y Musk se pica, el sistema tiembla.
El futuro de la exploración espacial estadounidense está en manos de dos señores que se odian más que se necesitan, pero que se financian mutuamente.
Por supuesto, SpaceX ya trabaja en una nueva nave para sustituir a Dragon. Se llama Starship, una nave que, en su tercer intento de vuelo el pasado mayo, volvió a explotar. La metáfora no se escribe sola.
Mientras tanto, los astronautas rusos, japoneses y europeos en la ISS deben de estar preparando un manual de instrucciones para sobrevivir al colapso emocional del neoliberalismo estadounidense en 280 caracteres.
Elon Musk gobierna naves espaciales, redes sociales y empresas energéticas. Lo único que no controla es su propio ego. Y esa es, quizás, la amenaza más peligrosa para la estabilidad orbital del siglo XXI.
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