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La política de seguridad nacional de Trump, ahora en manos de un veinteañero con más fe que formación
CÓMO ARRUINAR UNA AGENCIA EN TIEMPO RÉCORD (Y CON SONRISA DE INSTAGRAM)
Durante años, el Centro de Programas y Asociaciones para la Prevención (CP3) del Departamento de Seguridad Nacional fue una de las pocas iniciativas federales que intentaban —con más o menos acierto— prevenir ataques violentos desde el tejido comunitario. Es decir, parar una matanza antes de que suceda. Eso, en la América de Trump 2.0, suena a comunismo.
Por eso no sorprende (aunque sí insulta) que el nuevo responsable de la prevención del terrorismo sea Thomas Fugate, un chico de 22 años cuya mayor experiencia de liderazgo fue ser secretario general de un club de Naciones Unidas en la universidad. Un año después de sacarse el título en política, este joven “Trumplican” ha sido ascendido a jefe de una oficina que antes dirigía un veterano del ejército experto en contraterrorismo. Cosas del nepotismo con gorra MAGA.
No tiene experiencia. No tiene preparación. Pero tiene fe. En Trump, claro.
La lógica es sencilla: si lo que importa es la lealtad y no la competencia, ¿por qué no darle las riendas de la lucha antiterrorista a alguien que celebró su primer acto político repartiendo gominolas en una convención republicana? El mérito está sobrevalorado. Lo importante es la narrativa: “De becario a patriota. Del aula a la defensa nacional. Del selfie a la supervisión de 18 millones de dólares en subvenciones”.
Mientras tanto, el equipo de 80 personas que trabajaba en CP3 ha quedado reducido a menos de 20. Los programas de prevención se han paralizado. Las líneas de financiación están en el limbo. Las prioridades han cambiado: menos supremacismo blanco, más narcotráfico mexicano.
Y todo esto ocurre en un momento en el que los ataques se multiplican: un tiroteo en Florida, una bomba en una clínica de fertilidad, un atentado contra la embajada israelí, un incendio en un evento judío en Colorado. Pero la administración Trump ha decidido que el terrorismo ya no es una prioridad. O mejor dicho: que sólo cuenta como terrorismo si entra por la frontera.
LA INFANCIA MÁGICA DEL NUEVO ZAR DE LA SEGURIDAD
Fugate no llegó hasta aquí por error. Es el producto perfecto de una cultura política que premia la obediencia ciega y el culto al líder. A los 13 años ya tenía claro que Trump era el mesías de su generación. A los 21, estaba celebrando el cumpleaños número 78 de su ídolo en Mar-a-Lago. Y a los 22, ya posaba en LinkedIn con pin de bandera y ceja levantada, preparado para supervisar programas de prevención de atentados sin haber visto jamás una nota de inteligencia.
Este no es un caso de juventud ambiciosa. Es un caso de demolición planificada del Estado.
Hay dos teorías sobre su ascenso. La primera, casi entrañable, dice que es un premio simbólico para un soldado fiel, como darle una espada de juguete al final de un desfile. La segunda, bastante más plausible, es que ha sido puesto ahí como marioneta para liquidar discretamente la oficina, desviar recursos hacia sheriffes trumpistas, y desmantelar cualquier resto de enfoque científico sobre la radicalización violenta.
La propia web del CP3 aún presume de tener expertas y expertos en salud pública, gestión de emergencias o trabajo social. Pero lo único que acredita Fugate es su paso por el Club 47 de fans de Trump y su campaña por convertirse en delegado alternativo en la convención republicana. Su verdadero currículum es su devoción.
Mientras él se hace fotos con Matt Gaetz y Ben Carson, las personas que llevaban años trabajando en prevención del odio no saben si tendrán contrato la semana que viene. Algunas ya han sido reasignadas a FEMA con un simple correo electrónico de sábado por la noche. Otras callan por miedo, mientras crecen los rumores de purgas internas y pruebas de polígrafo para detectar filtraciones.
No es solo la historia de un joven demasiado verde para el cargo. Es el retrato de un sistema que ya no necesita simular competencia.
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