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Epstein no fue un monstruo solitario, sino el engranaje de una élite que compartía redes, lujos y depredación. Los papeles están publicados. Lo que falta es voluntad política y mediática para contarlo.
LA LISTA QUE NADIE QUIERE LEER EN VOZ ALTA
A estas alturas, nadie sensato cree que Jeffrey Epstein operase como un criminal solitario. Su isla en las Islas Vírgenes no era solo un escenario de abusos. Era, sobre todo, un centro de poder, chantaje y complicidad. Los registros judiciales desclasificados en enero de 2024 en Estados Unidos —cientos de páginas— lo dejan claro: hay nombres.
Más de 170 personas identificadas en los documentos judiciales relacionados con el caso Epstein. Entre ellas, personajes de las altas esferas de la política, la monarquía, la banca y el entretenimiento. La lista es extensa y pública. Pero eso no significa que se la vea en las portadas de los grandes diarios ni que se mencione en los telediarios con el mismo entusiasmo con que se airea la condena de cualquier activista incómodo.
¿Quién aparece? Bill Clinton con numerosos vuelos registrados en el avión de Epstein. El príncipe Andrés, cuya relación con Virginia Giuffre, víctima de la red, fue motivo de escándalo y de acuerdo extrajudicial millonario. Donald Trump, que durante años cultivó una amistad con Epstein. Bill Gates, con quien Epstein se reunió al menos en varias ocasiones documentadas. Larry Summers, expresidente de Harvard. Leon Black, multimillonario de Wall Street.
Y la lista sigue: académicos, ex directores de agencias de inteligencia, personalidades del cine, dueños de medios de comunicación. Los nombres están ahí, no como culpables automáticos —eso lo dirimiría un proceso judicial justo—, sino como personas que tuvieron vínculos personales, financieros o logísticos con el depredador en serie. Pero ni un solo gran juicio internacional. Ni una sola comisión parlamentaria global. Ni un #MeToo institucional que haya barrido a las élites implicadas.
POR QUÉ SABEMOS TAN POCO SOBRE LOS AMIGOS DE EPSTEIN
El blindaje no es un accidente. Es un diseño. Los documentos judiciales se han ido publicando a cuentagotas, a menudo a base de años de litigios impulsados por periodistas y organizaciones de víctimas. Y cuando por fin se logran desclasificar partes, la maquinaria del olvido mediático se activa con eficiencia brutal.
Hay varias razones:
Primero, el poder económico. Muchos nombres de la lista pertenecen a personas capaces de pagar ejércitos de abogados y controlar medios de comunicación. La autocensura es la norma en grandes corporaciones informativas que dependen de la publicidad o de los contactos con esas mismas élites.
Segundo, la opacidad judicial. El sistema estadounidense permitió durante años que buena parte del caso Epstein quedase enterrado bajo acuerdos extrajudiciales, cláusulas de confidencialidad y manejos procesales que han garantizado que nunca se celebrara un gran juicio público.
Tercero, la narrativa individualista. Se ha cultivado la imagen de Epstein como un «depredador excepcional», una anomalía personal. Nada más útil para el sistema que despolitizar el caso. Si el mal es un sujeto individual, las estructuras que lo sostienen pueden seguir intactas.
Cuarto, la arquitectura global de la impunidad. El escándalo Epstein no es un caso estadounidense. Los vuelos, las estancias y los contactos afectan a personas de diversos países. Sin embargo, ningún gran Estado europeo —España incluida— ha abierto investigaciones serias sobre los posibles implicados con ciudadanía propia.
Mientras tanto, los medios siguen funcionando como un cortafuegos. A la vista de cualquier caso mediático, basta comparar el tratamiento: lo que fue un bombardeo incesante en otros casos de abusos o de corrupción se convierte aquí en un breve de agencia o en un titular sin nombres concretos.
El resultado es que millones de personas creen que «no hay pruebas» cuando lo que no hay es voluntad de investigar. Los papeles están ahí. Lo que falta es el coraje para leerlos en alto.
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