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Ha convertido su cobardía en doctrina y su silencio en una forma de gobierno
Por Javier F. Ferrero
UN PRESIDENT SIN PUEBLO, UN FUNERAL SIN DIGNIDAD
Carlos Mazón acudió al funeral de Estado por las víctimas de la dana rodeado de silencio. No del respetuoso, sino del que hiela. El de los que te miran y apartan la vista. El de los que ya no creen una palabra. Ni siquiera su propio partido quiso cobijarse bajo su sombra. Lo dejó solo. Aislado. Como un residuo político que se niega a disolverse.
A veces el poder no se pierde por una derrota, sino por la náusea que provoca quien lo ejerce. Mazón llegó acompañado solo de su jefa de comunicación y de una funcionaria, mientras Feijóo y Catalá mantenían la distancia prudente de quien huele la caída. En ese acto, los familiares de las 237 víctimas le gritaron “dimisión” y “asesino”. No fue un exceso. Fue justicia emocional. Porque no hay forma más descarnada de pedir rendición que esa palabra, lanzada desde el dolor: dimite.
Mientras el rey estrechaba manos y Sánchez saludaba a las familias, Mazón se quedaba al margen, petrificado, sabiendo que su figura se ha convertido en el recordatorio de la desidia institucional. Las víctimas lloraban a sus muertos y él lloraba, en silencio, su carrera política.
Lo más estremecedor fue escuchar a Victoria Ortiz, sobrina de una de las víctimas de Letur, decir ante todos: “Es quien omite su deber, a sabiendas de que su omisión puede suponer la pérdida de vidas humanas, quien comete el acto primigenio que deriva en esas muertes”. La frase cortó el aire. No hacía falta señalar a nadie. El país entero entendió a quién iba dirigida.
EL PRESIDENT QUE MINTIÓ CUANDO MÁS SE LE NECESITABA
La historia es conocida. Pero conviene repetirla, porque la impunidad se alimenta del olvido. El 29 de octubre de 2024, cuando el 112 colapsaba y los cuerpos de emergencia suplicaban órdenes, Mazón estaba en una comida privada en El Ventorro. Cuatro horas. En plena emergencia. Con la periodista Maribel Vilaplana. No en el centro de coordinación, no en la gestión del desastre. Comiendo.
Desde entonces, mintió. Mintió sobre la hora a la que regresó, sobre dónde estuvo y con quién. Mintió para salvar su pellejo político. Dijo haber llegado al Palau a las 18:30. Los registros demuestran que apareció una hora y media más tarde, ya cambiado de ropa. Aquel día murieron 229 personas en València. Y un año después, ni una sola disculpa.
En lugar de autocrítica, Mazón aprovechó el acto para culpar al Gobierno central. “Hoy no es día para la confrontación”, dijo, antes de confrontar. Su cinismo ya es rutina, su cobardía, método. Mientras tanto, desplegó un ejército de 160 cargos públicos para aplaudirle tras su discurso, intentando tapar el vacío con ruido institucional.
Pero el aplauso pagado no borra la imagen del president huyendo del contacto humano, esquivando los ojos de los familiares que alzaban retratos empapados de lágrimas.
La gente marchó en silencio por Benetússer y La Torre, por Letur y por los barrios anegados. En cada manta térmica tendida en el suelo había un cuerpo ausente, un grito que el poder no quiso oír. Y en cada nombre, una misma pregunta: ¿Dónde estaba Mazón?
EL OCASO DE UN HOMBRE VACÍO
Lo ocurrido en el Museo de las Ciencias no fue un acto institucional, fue un juicio moral. Allí se dictó sentencia sin toga ni estrado. La condena fue el desprecio. Feijóo ya no lo defiende, los suyos callan, y la calle solo pronuncia una palabra: “dimisión”.
Mazón representa algo más que un fracaso individual. Es el retrato del político que cree que puede escapar de la verdad con notas de prensa. Que confunde comunicación con absolución. Que cree que la memoria se borra a golpe de argumentario.
Pero no hay relato que tape la huida. No hay discurso que se imponga sobre los cuerpos. No hay spin doctor que entierre 237 muertos.
La dana fue el espejo que rompió su imagen de gestor. Y en cada trozo, la sociedad valenciana ve lo que queda de él: soberbia, mentira y abandono.
Por eso no se trata solo de pedirle la dimisión. Se trata de exigirle que deje de profanar la palabra “responsabilidad”. Porque Mazón ya no gobierna, solo se defiende. Y gobernar desde el miedo es una forma más de cobardía.
A veces un país necesita cerrar una herida. Y para hacerlo, hay que extirpar la infección.
Carlos Mazón, ¿y si dimites ya?
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