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Ni tregua ni paz: Israel sigue bombardeando Gaza mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado
UN CEASEFIRE QUE SUENA A BOMBA
El alto el fuego del 10 de octubre de 2025 no ha traído silencio, sino otro tipo de ruido: el de los drones, los aviones y las excavadoras israelíes. En apenas 20 días, 212 palestinos y palestinas han sido asesinadas y 597 heridas, según el Ministerio de Sanidad de Gaza. La mitad de las víctimas del último ataque eran niños y niñas. La imagen que recorre el mundo —un padre cargando los cuerpos destrozados de sus hijos de cinco y ocho años en el campo de refugiados de Al Shati— no parece la de una tregua, sino la de un genocidio en curso.
Los bombardeos sobre tiendas de campaña, hospitales y ruinas de viviendas han convertido el llamado alto el fuego en una farsa trágica. La comunidad internacional repite las mismas frases huecas mientras el ejército israelí repite los mismos crímenes. Desde Washington se habla de “derecho a la defensa”, como si el hambre, los desplazamientos y la muerte fueran una forma legítima de autodefensa. Trump se presenta como pacificador mientras su “plan de paz” es una licencia para seguir matando.
La impunidad israelí no es un accidente. Es política de Estado global. Lo explica Haizam Amirah Fernández, del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos: “Si un Estado ha tenido impunidad para cometer un genocidio, ¿cómo no va a tenerla para romper un alto el fuego?”.
LA TREGUA DE LA HAMBRUNA
Israel no solo bombardea. También mata de hambre. El acuerdo impulsado por Trump incluía la entrada diaria de 600 camiones de ayuda humanitaria. Han entrado apenas 300 en todo un fin de semana, según la ONU. Mientras tanto, el paso de Rafah sigue cerrado. La excusa: Hamás no ha entregado los cuerpos de varios rehenes israelíes. La realidad: Israel utiliza la ayuda humanitaria como un arma más, prolongando deliberadamente una hambruna reconocida por Naciones Unidas desde agosto.
La paz que ofrece Israel es una paz sin comida, sin medicinas, sin justicia y sin derechos.
Los mediadores —Egipto, Qatar y Turquía— callan. La Unión Europea, fiel a su tradición de cobardía diplomática, congeló sus tímidas sanciones al día siguiente de los primeros bombardeos “por el nuevo contexto”. En lenguaje político, eso significa mirar hacia otro lado mientras se asesina a un pueblo entero.
El paralelismo con el Líbano es inquietante. Allí también se firmó una tregua en noviembre de 2024, y desde entonces Israel ha bombardeado el sur “casi a diario”, según denunció el presidente Joseph Aoun. Ninguna consecuencia. Gaza, sin embargo, ni siquiera tiene el mínimo respiro de un Estado. Es una cárcel sin salidas, con dos millones de personas exhaustas y sitiadas. Más de 68.000 muertas en dos años y un territorio reducido al hambre y al polvo.
LA LIMPIEZA ÉTNICA CONTINÚA
Lejos de detener la agresión, el Gobierno de Netanyahu estudia nuevas violaciones del alto el fuego: desplazar la Línea Amarilla hacia el oeste (ocupando más territorio), mantener cerrado Rafah y retomar el corredor de Netzarim, que divide Gaza en dos como un bisturí militar. Es el paso previo para consolidar el control israelí sobre el 58% de la Franja, según Amirah Fernández, y avanzar en su objetivo final: “la limpieza étnica y la anexión completa de Gaza y Cisjordania”.
La relatora de la ONU Francesca Albanese lo resumió con una frase que ya debería figurar en los manuales de historia: “You cease, I fire”. Tú cesas, yo disparo. Así entiende Israel el alto el fuego. Noam Chomsky ya lo había descrito hace una década: un “patrón habitual” en el que Israel viola los acuerdos hasta forzar una respuesta palestina y justificar después una escalada brutal.
Los discursos en hebreo de los portavoces israelíes —no los maquillados en inglés para los telediarios occidentales— son claros: seguirán la guerra incluso sin rehenes. Lo dicen con naturalidad. Lo retransmiten los medios afines como el Canal 14. Lo celebran los socios ultraderechistas de Netanyahu.
No hay alto el fuego, solo una pausa administrativa en el genocidio. Una operación de limpieza con el sello de aprobación de Washington y el silencio cómplice de Bruselas.
El alto el fuego ha permitido a Israel “llevar a la práctica la limpieza étnica del 58% de Gaza”. No es una tregua, es una reconfiguración del exterminio.
La pregunta, la única que importa, sigue flotando sobre los escombros de Al Shati:
¿Cuántos niños muertos hacen falta para que el mundo deje de llamarlo paz?
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