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Un fondo global de 125.000 millones de dólares promete pagar por conservar la selva, pero podría convertir la naturaleza en otro activo financiero.
EL BOSQUE COMO MERCANCÍA GLOBAL
Durante décadas, los bosques tropicales han sido la barrera silenciosa que sostiene el equilibrio climático del planeta. Absorben casi un 30 % de los gases de efecto invernadero y albergan la mitad de la biodiversidad del planeta. Sin embargo, el capitalismo climático ha encontrado una nueva frontera: convertir la conservación en un negocio.
En la próxima COP30, Brasil presentará el Tropical Forest Forever Facility (TFFF), un fondo internacional que promete movilizar 125 000 millones de dólares en bonos y pagos por conservación. El mecanismo, impulsado por el gobierno de Lula da Silva y respaldado por grandes inversores, se venderá como la herramienta que hará “más rentable conservar que destruir”. Cada hectárea preservada generará 4 dólares; cada pérdida forestal restará fondos.
La idea parece impecable sobre el papel, pero esconde una pregunta esencial: ¿qué ocurre cuando la vida empieza a cotizarse?
El TFFF busca premiar a los países que mantengan sus bosques en pie y destinar al menos un 20 % de los recursos a comunidades indígenas y rurales. En apariencia, se trata de justicia climática. En la práctica, podría reproducir las mismas lógicas extractivistas que dicen combatir. La selva se convierte en activo, las comunidades en gestoras subordinadas y la biodiversidad en contabilidad verde.
El proyecto se presenta como un modelo “redistributivo”, pero su arquitectura depende de capitales privados, de bonos y de sistemas de verificación satelital gestionados por consultoras internacionales. Los mismos actores que especulan con el petróleo o los granos controlarán ahora los algoritmos que deciden cuánto vale un bosque.
LA ECONOMÍA QUE LLAMA “VALOR” A LO QUE DEBERÍA SER DERECHO
El éxito de este nuevo fondo dependerá, dicen sus promotores, de la transparencia, la gobernanza y la trazabilidad de los datos. En otras palabras, del control tecnológico y financiero sobre los territorios. Las comunidades indígenas podrán participar “si son capacitadas”, expresión que encubre un paternalismo que lleva siglos repitiéndose.
Los pueblos que habitan la Amazonia, el Congo o Borneo no necesitan ser capacitados para proteger los bosques. Son quienes los sostienen frente a gobiernos cómplices, madereras y mineras, y frente a las políticas neoliberales que reducen la naturaleza a un balance contable. Si no se garantiza su autonomía, el TFFF no será más que un nuevo rostro del colonialismo verde.
El problema no es financiar la conservación, sino convertir la conservación en un producto financiero. Si los bonos climáticos se transforman en otro vehículo especulativo, las selvas terminarán sirviendo a los mismos fondos que destruyen el planeta en nombre del crecimiento.
Un bosque sano no genera rentabilidad inmediata; por eso el capitalismo necesita traducirlo en cifras. Pero la ecuación es falaz. Cada hectárea preservada no es un activo, es un refugio de vida, de agua, de memoria. La financiarización del clima crea la ilusión de que pagar por conservar es suficiente, cuando lo urgente es cambiar el modelo que destruye.
Mientras se anuncian fondos multimillonarios, los incendios récord de 2024 liberaron más CO₂ que todos los automóviles de América Latina juntos, según el Global Fire Emissions Database. Y la deforestación en la Amazonia brasileña repuntó un 43 % en solo un año de recuperación económica.
El dinero puede mitigar daños, pero no reemplaza la voluntad política ni la redistribución de poder.
HACER QUE CONSERVAR NO SEA UN NEGOCIO, SINO UNA FORMA DE VIVIR
El TFFF podría ser una herramienta útil si el dinero llega directamente a las comunidades que defienden los territorios y si se prohíbe su uso especulativo. Pero si se convierte en un “mercado verde”, los mismos que compran petróleo comprarán oxígeno.
Cada árbol derribado se mide en toneladas de carbono, pero no en vidas rotas. Cada dólar invertido se presenta como compromiso climático, pero no repara la deuda histórica con los pueblos que han sostenido esos ecosistemas.
La conservación no puede depender del precio del carbono, sino de la justicia.
En un planeta enfermo de rentabilidad, la única economía posible será la que devuelva valor a lo que no puede venderse.
Los bosques no necesitan inversores. Necesitan aliados.
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