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La ofensiva contra Irán se alarga, consume miles de millones diarios y obliga a Washington a pedir a la industria armamentística que produzca más armas a toda velocidad.
Durante años, Donald Trump vendió la fantasía de la guerra rápida. Ataques quirúrgicos, operaciones relámpago, victorias fáciles y baratas que se podían anunciar en rueda de prensa o celebrar en redes sociales. Pero la realidad de las guerras modernas es menos cinematográfica y mucho más costosa. Y ahora el propio presidente estadounidense empieza a descubrirlo.
La Administración estadounidense ya reconoce que la ofensiva contra Irán podría prolongarse hasta ocho semanas, una previsión muy distinta de los primeros mensajes que insinuaban una campaña breve destinada a destruir objetivos concretos del programa nuclear iraní. La diferencia entre una guerra de unos días y una guerra de meses es simple: millones de proyectiles, miles de misiles y miles de millones de dólares.
Las cifras empiezan a revelar el tamaño del problema. Según estimaciones preliminares del Departamento de Defensa citadas por The Guardian, Estados Unidos llegó a gastar unos 2.000 millones de dólares diarios durante los primeros días del conflicto. Incluso tras reducir el ritmo de bombardeos, el coste sigue rondando los 1.000 millones de dólares al día.
Mientras tanto, la maquinaria militar estadounidense empieza a mostrar algo que rara vez aparece en la propaganda bélica: límites.
Las guerras se anuncian con discursos. Pero se sostienen con fábricas, reservas y logística.
UNA GUERRA QUE SE COME LAS RESERVAS
El propio Pentágono ha tenido que convocar una reunión urgente con los principales contratistas militares para intentar acelerar la producción de armamento. Este viernes 6 de marzo de 2026, ejecutivos de gigantes como Lockheed Martin y RTX (Raytheon) han sido llamados a la Casa Blanca para discutir cómo aumentar la fabricación de misiles, interceptores y sistemas de defensa.
El motivo es sencillo. Las reservas estadounidenses están empezando a agotarse más rápido de lo previsto.
La intensidad de la ofensiva lo explica. Según el almirante Brad Cooper, comandante del Mando Central de Estados Unidos, en menos de 100 horas de operaciones el ejército estadounidense ya había atacado casi 2.000 objetivos utilizando más de 2.000 municiones.
Cada uno de esos ataques implica misiles de crucero, bombas guiadas o interceptores de defensa aérea que cuestan cientos de miles o millones de dólares por unidad.
Los sistemas defensivos también están bajo presión. Un informe del Proyecto de Defensa Antimisiles del Center for Strategic and International Studies (CSIS) estimaba que en 2025 Estados Unidos llegó a utilizar hasta el 20% de sus interceptores Standard Missile-3 (SM-3) disponibles y entre el 20% y el 50% de sus misiles THAAD.
Estos misiles no se fabrican en semanas. Su producción puede tardar meses o años.
Y sin embargo se están disparando a un ritmo que supera la capacidad industrial para reemplazarlos.
La guerra moderna no solo se libra en el campo de batalla. También en la cadena de suministro.
Mientras Washington bombardea objetivos iraníes y despliega defensas antiaéreas para proteger a aliados del Golfo, los arsenales se vacían. Los interceptores Patriot, los SM-3, los THAAD y los misiles de crucero Tomahawk están siendo utilizados simultáneamente en varios escenarios.
Irán, por su parte, está utilizando drones Shahed, aparatos relativamente baratos que vuelan a baja altura y pueden saturar los sistemas defensivos. Funcionan con una lógica militar brutalmente simple: forzar al enemigo a gastar misiles carísimos para derribar artefactos baratos.
Incluso responsables del Pentágono han reconocido ante el Congreso que estos drones representan un desafío mayor del esperado.
EL NEGOCIO DE LA GUERRA SE ACELERA
Cuando una guerra empieza a consumir arsenales, aparece el verdadero motor del sistema: la industria militar.
La Casa Blanca estudia ahora recurrir a la Ley de Producción de Defensa, una herramienta creada durante la Guerra Fría que permite al Gobierno ordenar a empresas privadas que prioricen contratos militares. En paralelo, el Pentágono prepara una solicitud presupuestaria adicional de unos 50.000 millones de dólares para reponer las armas utilizadas en los conflictos recientes.
Ese dinero serviría para llenar de nuevo los depósitos que se están vaciando en Oriente Próximo.
La maquinaria industrial ya está en marcha. Raytheon, fabricante de los misiles Tomahawk, ha firmado un acuerdo para elevar su producción hasta 1.000 unidades al año. Cada uno de estos misiles cuesta aproximadamente 1,3 millones de dólares, según datos recogidos por Reuters.
La guerra, una vez más, se convierte en un gigantesco programa de estímulo para el complejo militar-industrial.
Las bombas destruyen ciudades. Pero también garantizan contratos.
El contraste resulta grotesco. Mientras Washington habla de “ventajas estratégicas” y “proyección de poder”, los números cuentan otra historia. En apenas unos días de guerra, el gasto militar ha superado los 10.000 millones de dólares.
Dinero que aparece con facilidad cuando se trata de bombardear otro país.
Dinero que desaparece cuando se habla de sanidad, educación o vivienda.
Mientras tanto, aliados de Estados Unidos en el Golfo ya empiezan a reconocer problemas similares. Al menos uno de esos países ha advertido que sus reservas de interceptores para defenderse de misiles y drones iraníes están empezando a escasear, según fuentes citadas por CNN.
La preocupación todavía no es pánico, dicen las fuentes. Pero cuanto antes lleguen nuevos misiles, mejor.
Porque hay algo que la propaganda bélica suele ocultar.
Las guerras se anuncian como operaciones rápidas. Pero casi siempre acaban convirtiéndose en agujeros negros de dinero, armas y vidas humanas.
Y Trump acaba de descubrir que bombardear es fácil.
Mantener una guerra, no tanto.
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