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En lugar de ajustar su funcionamiento interno, Vox prefiere seguir exprimiendo las arcas públicas y privadas para mantener a sus dirigentes en la cima.
EN 3 CLAVES:
- Éxodo masivo: Más de 6.800 militantes han abandonado Vox desde enero, mientras la cúpula directiva sigue aferrada a sus sobresueldos.
- Finanzas en picado: El partido perdió más de dos millones de euros en ingresos en 2023, reflejando su incapacidad para retener a su base de afiliados.
- Divisiones internas: La ruptura de pactos con el PP y la radicalización hacia posiciones más extremas han provocado un aluvión de bajas entre cargos y dirigentes históricos.
Vox está viviendo una debacle interna que ni Santiago Abascal parece capaz de frenar. Lo que comenzó como un proyecto populista y radical que pretendía sacudir el tablero político, se ha convertido en una maquinaria de poder cada vez más opaca y plagada de privilegios para sus dirigentes. Los abandonos de militantes, la pérdida de ingresos y los sobresueldos que se embolsan los líderes del partido dibujan un panorama desolador. Lo que alguna vez fue una «alternativa patriótica», hoy se muestra como una estructura parasitaria al servicio de una élite interna.
El partido de extrema derecha ha visto cómo, mes tras mes, sus bases se desmoronan. Un éxodo de cargos y militantes está haciendo mella en una formación que, según su propia contabilidad, tiene unos 67.000 afiliados, aunque solo 35.900 pagan sus cuotas. Esto no es un simple dato administrativo, es el reflejo de un partido desconectado de su militancia. Mientras tanto, Abascal y su círculo más cercano continúan blindados en sus posiciones de poder, amparados en una estructura que evita cualquier tipo de disidencia interna. Vox ha dejado de ser un partido de masas para convertirse en una oligarquía cerrada que se sirve de los fondos públicos y privados para mantener su aparato.
EL DESGASTE DE UN LIDERAZGO AUTORITARIO
Santiago Abascal ha sido incapaz de gestionar la creciente crisis que sacude a Vox. Desde que en enero de este año adelantara una Asamblea General extraordinaria para asegurarse cuatro años más en el liderazgo, las bajas en el partido no han cesado. Los movimientos de Abascal, más que estratégicos, han sido puramente defensivos. En lugar de abrir el partido a un debate interno que permita regenerar la formación, el líder de Vox optó por rodearse de un grupo fiel de dirigentes, a los que no duda en recompensar con jugosos sobresueldos. Entre ellos, Javier Ortega Smith, Ignacio Garriga y Jorge Buxadé, quienes recibieron más de 54.000 euros anuales del partido, además de sus ingresos como parlamentarios.
Este blindaje del liderazgo no solo ha provocado la marginación de voces críticas, sino que ha generado un profundo malestar entre las bases. La cúpula de Vox vive alejada de la realidad que enfrenta el partido. La militancia está harta de ver cómo las promesas de cambio y regeneración han sido sustituidas por una dirección que se aferra al poder a cualquier costo, utilizando las instituciones públicas como su red de seguridad económica.
Los datos son alarmantes. Según las cuentas anuales de 2023, Vox perdió más de dos millones de euros en ingresos respecto al año anterior. En un partido que se ha presentado como el azote de los «chiringuitos» y de la mala gestión del dinero público, estos números resultan especialmente irónicos. Mientras la formación pierde dinero y afiliados, los sobresueldos de la cúpula no se han recortado. En lugar de ajustar su funcionamiento interno, Vox prefiere seguir exprimiendo las arcas públicas y privadas para mantener a sus dirigentes en la cima.
UN PARTIDO SIN RUMBO Y A LA DERIVA
Los abandonos en Vox no se limitan a los militantes de base. Altos cargos históricos, como Mazaly Aguilar y Pedro Fernández, han decidido dar un portazo al partido. Aguilar, exeurodiputada y una de las figuras más respetadas en Bruselas, se despidió denunciando las malas relaciones con Jorge Buxadé, un dirigente que ha ganado poder en detrimento de aquellos que verdaderamente ayudaron a construir Vox. Fernández, por su parte, abandonó el partido en febrero tras ser relegado por la dirección en el Ayuntamiento de Madrid. Estos abandonos son una muestra del profundo desencanto que reina en las filas de Vox.
A nivel autonómico, la situación es igual de crítica. La decisión de Abascal de romper todos los pactos de gobierno con el Partido Popular, en comunidades como Castilla y León o Extremadura, ha provocado la salida de varios consejeros. El partido ha decidido anteponer sus intereses electorales y su retórica antiinmigración a la estabilidad institucional. Consejeros como Mariano Veganzones o Ignacio Higuero, que hasta hace poco formaban parte de gobiernos autonómicos, han abandonado la formación en señal de protesta.
Estos ejemplos no son casos aislados. La deriva autoritaria de Abascal, y la creciente influencia de figuras ultraconservadoras como Viktor Orbán o Marine Le Pen, están provocando un cisma ideológico dentro del partido. La reciente decisión de Vox de abandonar el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos para unirse al nuevo grupo «Patriotas por Europa» ha sido duramente criticada por algunos de sus propios dirigentes. Vox se está radicalizando aún más, alejándose no solo de la militancia, sino también de los principios que, en su día, atrajeron a miles de votantes descontentos con el sistema.
A nivel local, las renuncias tampoco cesan. En Canarias, Ginés González, único concejal de Vox en el gobierno municipal de Teguise, dejó el partido en julio, denunciando que la dirección nacional «ha abandonado a Canarias». Este goteo constante de bajas es un síntoma claro de que el proyecto de Abascal está roto por dentro. Vox ya no es un partido cohesionado, sino un grupo en descomposición, cuyas divisiones internas son cada vez más difíciles de ocultar.
El auge de la plataforma ultraderechista de Alvise Pérez, que ha conseguido atraer a miles de antiguos simpatizantes de Vox, es otro indicio de que el liderazgo de Abascal está en cuestión. Pérez ha sabido canalizar el descontento que antes alimentaba a Vox, presentándose como una alternativa aún más radical. La formación de Abascal, lejos de representar una oposición real al sistema, se ha convertido en una caricatura de sí misma.
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