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La reacción italiana deja en mal lugar a una derecha española incapaz de cerrar filas incluso que cuando el ataque viene de fuera.
La guerra en Irán y la deriva errática de Estados Unidos están teniendo un coste evidente. Económico, político y también simbólico. Europa lo está notando. Y España, más aún. Pero si algo está dejando al descubierto esta situación es otra cosa: quién responde cuando toca, y quién se esconde.
Hay silencios que pesan más que cualquier declaración. El de Santiago Abascal, desaparecido en combate. El de Alberto Núñez Feijóo, que parece haber borrado palabras incómodas de su diccionario. Ni rastro de Trump. Ni rastro de Netanyahu. Nada. Un mutismo calculado que contrasta con lo que está ocurriendo en otros países.
Porque no todo el mundo está reaccionando igual. Y ahí es donde empieza el contraste incómodo.
Italia responde. España se repliega
Esta misma semana, Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: atacar. Esta vez, incluso al papa. Y en ese contexto, Giorgia Meloni —referente de la ultraderecha europea— decidió marcar distancia. Criticó el ataque. No fue un gesto menor. Tampoco gratuito.
La respuesta llegó rápido. Trump cargó contra ella. Sin matices. Sin freno. Con ese estilo que mezcla impulsividad y cálculo. Y ahí es donde ocurre algo que en España parece impensable.
La oposición italiana salió en defensa de su primera ministra. Sin rodeos. Sin aprovechar la ocasión para debilitarla. La líder opositora Elly Schlein fue clara: condena firme al ataque de Trump por cuestionar a Meloni tras mostrar solidaridad con el papa. Un cierre de filas que, visto desde aquí, sorprende.
No es un gesto aislado. En redes también se reflejó ese clima. El periodista Federico Quevedo difundía el vídeo de Alessia Morani defendiendo a Meloni frente a las críticas, una escena poco habitual en el ecosistema político español, donde el adversario rara vez es protegido frente a ataques externos.
¡Que envidia, de verdad! La oposición italiana cerrando filas con Meloni frente a los ataques de Trump, no como aquí que cierran filas con Trump en sus ataques a Sánchez. Vaya mierda de país el nuestro, de verdad. https://t.co/kaeiHBeMdn
— Federico Quevedo (@FedericoQuevedo) April 14, 2026
La política italiana, con todas sus tensiones, mostró algo básico: hay líneas que no se cruzan. O que no deberían cruzarse.
El precedente que España parece haber olvidado
En España, la reacción ha sido otra. No solo no ha habido una defensa institucional frente a las amenazas o ataques de Estados Unidos o Israel. Es que, además, se ha utilizado la situación para erosionar al Gobierno. Desde el primer minuto.
No es nuevo. Pero sí llamativo. Sobre todo si se recuerda que hubo un tiempo distinto. Un momento en el que las diferencias políticas no impedían ciertos gestos.
Uno de los ejemplos más citados es el de José Luis Rodríguez Zapatero defendiendo a José María Aznar frente a Hugo Chávez. Ocurrió hace años, en un contexto completamente distinto, pero el mensaje era claro: hay ataques que no son partidistas. Son institucionales.
Hoy, esa lógica parece haberse perdido. O directamente abandonado.
Mientras en Italia la oposición protege a su Gobierno ante una agresión externa, en España parte de la derecha opta por el silencio o por aprovechar la coyuntura. No es una cuestión ideológica. Es otra cosa. Una forma distinta de entender el papel de la política.
De hecho, el contraste ha sido tan evidente que incluso desde el análisis mediático se ha señalado con claridad: la reacción italiana deja en mal lugar a una derecha española incapaz de cerrar filas cuando el ataque viene de fuera.
Y eso tiene consecuencias. En la imagen exterior, sí. Pero también en la percepción interna. Porque hay momentos en los que se espera algo más que cálculo.
No se trata de compartir proyecto político. Ni de diluir las diferencias. Se trata de decidir si hay un mínimo común cuando la presión viene de fuera. Italia, esta vez, ha respondido.
España, no tanto.
Y esa diferencia —pequeña en apariencia— dice mucho más de lo que parece.
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