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La policía israelí golpeó a judíos ultraortodoxos que protestaban contra el reclutamiento militar y un agente lanzó a un menor por encima de una valla. La escena resume una verdad incómoda: judaísmo no es sionismo, y decirlo ya no es una opinión, es una urgencia política.
CUANDO EL ESTADO QUE DICE HABLAR EN NOMBRE DE LOS JUDÍOS APALEA A JUDÍOS
El 17 de junio, miles de judíos ultraortodoxos se concentraron frente a la prisión número 10 de la base militar de Beit Lid, cerca de Netanya, para exigir la liberación de hombres detenidos por negarse a incorporarse al ejército israelí. La respuesta fue la marca de la casa. Policía, vehículos de agua, golpes, empujones, violencia. Y una imagen que debería perseguir a quienes todavía confunden deliberadamente judaísmo con sionismo político: un agente israelí lanzando a un niño judío por encima de una valla de separación.
🇮🇱 Clashes are breaking out in Israel between Orthodox Jews and Zionist authorities.
— Voice of Rabbis (@voiceofrabbis) June 18, 2026
In disturbing footage, Israeli police officers are seen lifting and throwing a child over a separation fence with shocking force.
Thousands of Haredi Jews protest military conscription. pic.twitter.com/JjT9itw8wm
No era una escena de “antisemitismo”, esa palabra que el poder israelí utiliza como extintor moral cada vez que alguien señala sus crímenes. Era el propio aparato policial israelí agrediendo a judíos. Judíos ortodoxos. Judíos que no querían alistarse. Judíos que se negaban a ser convertidos en carne administrativa del ejército que sostiene el asedio a Gaza, las operaciones en Líbano, las incursiones en Siria y la escalada regional con Irán.
Ahí está la diferencia. Clara. Brutal. Sin manual académico. Ser judío no obliga a apoyar un Estado militarizado, colonial y supremacista. Ser sionista, en cambio, implica defender un proyecto político concreto, con ejército, frontera, ocupación, cárcel, apartheid y propaganda. No son lo mismo. Nunca lo fueron. Y lo saben perfectamente quienes intentan mezclarlos para blindar a Israel de cualquier crítica.
Las imágenes difundidas en redes lo dejan todo demasiado a la vista. Policías golpeando a manifestantes, agentes arrastrando cuerpos, rabia social contenida a base de porra. El usuario @DaniMayakovski lo resumía con una frase que ha circulado ampliamente: “judíos brutalmente apaleados por policías sionistas” por negarse a ser enviados a masacrar a Gaza y Líbano. La organización antisionista Voice of Rabbis también difundió la escena del menor lanzado por encima de la valla. No hablamos de una pelea menor. Hablamos de un Estado mostrando los dientes incluso contra quienes supuestamente forman parte del pueblo al que dice proteger.
La trampa es vieja. Israel se presenta como refugio de todas las personas judías del mundo mientras reprime a las judías y judíos que no aceptan su lógica de cuartel. No protege una identidad religiosa: protege una maquinaria estatal. Y cuando esa maquinaria necesita soldados, obediencia y silencio, hasta un niño puede acabar convertido en bulto arrojado por encima de una valla.
LA EXENCIÓN, EL RECLUTAMIENTO Y LA HIPOCRESÍA DE UN PAÍS EN GUERRA PERMANENTE
El conflicto no nació ayer. Se arrastra desde 1948, año de fundación del Estado de Israel, cuando se estableció una exención del servicio militar para estudiantes religiosos a tiempo completo. Durante décadas, esa excepción se mantuvo como parte del pacto interno entre el sionismo estatal y los partidos ultraortodoxos. Uno ponía el ejército, los otros ponían estabilidad parlamentaria. Así funciona también el poder cuando se viste de fe: negocia principios como quien reparte ministerios.
Los datos son relevantes. Cada año, alrededor de 13.000 hombres ultraortodoxos alcanzan la edad de reclutamiento. Menos del 10% termina alistándose. En 2017, el Tribunal Supremo declaró ilegales esas exenciones generalizadas. Aun así, los sucesivos gobiernos siguieron estirando el privilegio con maniobras, retrasos y apaños legislativos. En junio de 2024, el alto tribunal volvió a golpear la mesa al considerar ilegal que el Gobierno siguiera evitando el reclutamiento efectivo de estudiantes de yeshivá sin una base legal válida.
Pero ahora el problema se ha vuelto explosivo. Israel no está en una situación normal, si es que alguna vez lo estuvo. Mantiene operaciones militares en Gaza, Líbano y Siria, mientras aumenta la tensión con Irán. Necesita más soldados. Necesita más cuerpos. Necesita más jóvenes obedeciendo órdenes. Y cuando un Estado vive de la guerra, tarde o temprano exige que toda la sociedad sea una extensión del cuartel.
Aquí aparece la grieta que el relato oficial intenta tapar. Los partidos ultraortodoxos han retirado apoyo a Netanyahu por este asunto. La coalición se tambalea. El Gobierno que lleva años usando la seguridad como coartada para arrasar derechos descubre ahora que una parte de su propia base religiosa no quiere pagar la factura humana de su militarismo. No quieren ir. No quieren mandar a sus hijos. No quieren que el estudio religioso sea sustituido por el fusil.
Podemos discutir las razones de fondo de ese rechazo. Podemos analizar sus contradicciones, sus privilegios, sus pactos históricos con gobiernos reaccionarios. Claro que sí. Pero la imagen de la policía apaleando a judíos ultraortodoxos no permite una lectura cómoda. Desnuda algo más profundo: Israel no es “los judíos”. Israel es un Estado. Y como todo Estado militarizado, aplasta a quien desobedece.
Por eso el debate importa. Porque llamar antisemita a toda crítica contra Israel no solo es una manipulación: es una obscenidad contra las propias personas judías que rechazan el sionismo, contra las víctimas palestinas del genocidio en Gaza, contra las y los israelíes que se niegan a servir en un ejército de ocupación, contra las comunidades judías que no aceptan que su identidad religiosa sea secuestrada por un proyecto colonial.
El sionismo necesita esa confusión para sobrevivir políticamente. Necesita que cada denuncia de un bombardeo parezca un ataque a una sinagoga. Necesita que cada mención al apartheid parezca odio religioso. Necesita que cada cadáver palestino sea enterrado dos veces: primero bajo los escombros, luego bajo la propaganda.
Pero el 17 de junio la realidad abrió una rendija. Y por esa rendija se vio lo que muchos llevan años diciendo. Judíos no es igual a Israel. Judaísmo no es igual a sionismo. Crítica al Estado israelí no es odio a las personas judías. La prueba estaba en esa valla, en ese menor lanzado, en esos manifestantes golpeados por negarse a ser reclutados por una maquinaria que solo sabe responder con violencia.
Israel no defiende a todos los judíos: defiende a quienes obedecen su proyecto de guerra.
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