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Los aranceles que prometían traer empleo industrial a EE.UU. solo están dejando paro, incertidumbre y un golpe directo a la clase trabajadora.
LOS ARANCELES QUE SE VENDIERON COMO SALVACIÓN SE HAN CONVERTIDO EN LASTRE
Donald Trump juró que sus aranceles devolverían la “grandeza” a la industria estadounidense. La realidad es que hoy, agosto de 2025, las cifras desmienten el relato. John Deere ha despedido ya a más de 2.000 trabajadoras y trabajadores desde abril de 2024. El último golpe llegó esta semana: 71 despidos en Waterloo (Iowa), 115 en East Moline (Illinois) y 52 en Moline (Illinois). Una sangría en las plantas que daban sustento a comunidades enteras en el corazón agrícola del país.
El argumento oficial de la empresa es que el desplome del sector agrícola está hundiendo la demanda de maquinaria. Pero las causas no son abstractas: el presidente de la división agrícola de John Deere lo dijo sin rodeos. “La incertidumbre de los aranceles de Trump ha llevado a los agricultores a aplazar sus inversiones”, admitió Cory Reed. En otras palabras: el granero de Estados Unidos ha quedado paralizado, incapaz de planificar en un escenario donde el Gobierno improvisa la política comercial a golpe de tuit y decreto.
Josh Beal, director de relaciones con inversores de la compañía, fue más preciso: el lastre viene directamente de las tasas al acero y al aluminio y de los aranceles contra Europa e India. Cada dólar extra en la cadena de producción se multiplica hasta hacer inviable comprar un tractor o cosechadora. El resultado no lo pagan ni los directivos ni los grandes accionistas, sino las familias trabajadoras de Iowa e Illinois que hoy se ven en la cola del paro.
La política comercial se ha convertido en un castigo a los mismos a quienes decía defender.
EL COSTE DE LA GUERRA ECONÓMICA: EMPLEOS, SALARIOS Y FUTURO
La crisis no se limita a John Deere. Ford advirtió en julio que sus beneficios podrían desplomarse hasta un 36% en 2025 por los aranceles de Trump, lo que equivale a 2.000 millones de dólares perdidos en un solo ejercicio. General Motors reportó 3.000 millones menos de beneficios el último trimestre y proyecta que el golpe pueda duplicarse a 5.000 millones en el próximo. Stellantis, matriz de Jeep, ya cuantificó pérdidas de 350 millones en la primera mitad del año por el mismo motivo.
La foto es clara: tres gigantes del motor y el fabricante de maquinaria agrícola más importante de EE.UU. coinciden en señalar la misma causa de su debacle. Los aranceles, lejos de repatriar empleos, los están borrando del mapa.
Los testimonios políticos lo confirman. El congresista Jim McGovern lo resumió: “Porque los agricultores no pueden comprar lo que necesitan para vivir, fabricantes como John Deere pierden millones. Y son las y los trabajadores quienes pagan la factura de las políticas desastrosas de Trump.” Nathan Sage, candidato demócrata en Iowa, fue aún más concreto: “Los despidos de John Deere son la prueba de que la incertidumbre económica golpea a la clase obrera, mientras los republicanos en Washington reparten regalos fiscales a los multimillonarios”.
Trump prometió un renacimiento industrial. Lo que ha provocado es un círculo vicioso: campesinos empobrecidos que no invierten, empresas que recortan empleo y un país atrapado en una guerra comercial que destruye más de lo que protege.
El resultado de esta “estrategia patriótica” es un cementerio de puestos de trabajo en el corazón obrero de Estados Unidos.
No hay cifra más elocuente que los 2.000 despidos en John Deere desde abril de 2024. Cada número es una nómina que desaparece, un seguro de salud perdido, una hipoteca en riesgo. El proteccionismo de Trump no ha blindado al trabajador estadounidense. Lo ha convertido en rehén de una propaganda que solo beneficia a la élite que puede especular con el caos.
La promesa de “América primero” se ha traducido en la realidad de “obreros últimos”.
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