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Tras más de dos décadas de hegemonía progresista, la derrota electoral del MAS deja un país fracturado, una economía en crisis y un futuro marcado por la incertidumbre.
EL OCASO DEL CICLO PROGRESISTA
El 20 de agosto de 2025 marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Bolivia. El Movimiento al Socialismo (MAS) sufrió la peor derrota de su trayectoria: de los 75 diputados obtenidos en 2020 pasó a apenas uno, y de los 21 senadores, a cero. Una sangría política sin precedentes para una fuerza que durante casi veinte años fue el motor de los cambios sociales y económicos más importantes del país.
La debacle tiene varias raíces. Evo Morales, inhabilitado para competir, llamó al voto nulo y obtuvo un 19% de papeletas en blanco de protesta. Su delfín, Eduardo del Castillo, apenas alcanzó un 3,2%. Andrónico Rodríguez, con un 8,2%, tampoco consiguió aglutinar al desencantado electorado de izquierda. El resultado: un MAS pulverizado por las luchas internas y la incapacidad de abrir paso a nuevas figuras que renovaran un proyecto en crisis desde 2016, cuando Morales decidió ignorar el referéndum que le prohibía volver a presentarse.
El contraste es brutal: en 2020 Luis Arce había ganado con un 55%. Cinco años después, el mismo espacio político no pasa del 3%. El derrumbe es tan rápido como contundente.
El voto de castigo arrasó con el partido que transformó Bolivia durante dos décadas, pero que acabó devorado por la soberbia de sus líderes, la corrupción y las pugnas internas. El resultado muestra un país que ya no confía en su vieja fuerza de gobierno, pero tampoco en una derecha unificada, sino en outsiders que prometen orden, ajuste y mano dura.
EL ASCENSO DE RODRIGO PAZ Y LA DERECHA FRAGMENTADA
La sorpresa de la noche electoral fue Rodrigo Paz Pereira, del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, exalcalde de Tarija y político formado en la vieja tradición conservadora, supo presentarse como renovación. Su estrategia fue recorrer más de 230.000 kilómetros y visitar 220 municipios, apelando directamente al campesinado y a los pueblos originarios, el histórico núcleo duro del MAS.
Ese electorado, que durante años fue invisibilizado por las encuestas urbanas, dio la espalda al partido de Morales y se volcó con Paz. El MAS dejó de ser el refugio de las cholas y los cholos, que durante los años de bonanza económica se mezclaron con la élite y reclamaron dignidad. Ahora, desencantados, optaron por un candidato que en campaña llegó a cerrar sus discursos con un ambiguo “hasta la victoria siempre, carajo”, una mezcla de guiño a la izquierda y a la ultraderecha de Milei.
El segundo gran vencedor fue Jorge “Tuto” Quiroga, el expresidente que representa la derecha más dura. Se enfrentará a Paz en el primer balotaje presidencial de la historia de Bolivia, previsto para octubre. Samuel Doria Medina, el empresario que partía como favorito, terminó tercero con un 19,9% y ya anunció su apoyo a Paz.
El futuro inmediato es un Congreso profundamente fragmentado, sin mayorías claras, y un país que arde en crisis económica: inflación récord, falta de dólares y combustible, un salario medio de 2.500 bolivianos (300 euros) y alquileres que consumen más de la mitad del sueldo mínimo.
El 80% del trabajo en Bolivia es informal, y mientras la clase media estatal sobrevive con sueldos de 4.000 o 5.000 bolivianos, millones de personas en la economía sumergida ven cómo sus ingresos se diluyen en un mercado cada vez más inestable.
El próximo presidente aplicará ajustes impopulares, tendrá que lidiar con un Congreso dividido y con un pueblo que, acostumbrado a resolver sus disputas en la calle, no va a aceptar fácilmente una receta de austeridad dictada desde arriba.
La imagen es demoledora: el MAS, que en 2006 llegó al poder como el instrumento de los pueblos indígenas y campesinos, hoy se reduce a cenizas mientras dos figuras conservadoras disputan el mando. En los taxis de La Paz ya se escucha que Bolivia necesita “un Milei o un Bukele que ordene las cosas”. Ese es el clima que se respira.
El viraje a la derecha en Bolivia no es solo un cambio electoral. Es un síntoma brutal del desencanto social, de la ruptura de los pactos que sostuvieron al progresismo latinoamericano y de la llegada de un tiempo en el que la palabra ajuste empieza a sonar más fuerte que la palabra justicia.
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