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Cuando la extrema derecha teme a las preguntas, ataca a quienes las formulan
LA CENSURA COMO PROGRAMA POLÍTICO
El fascismo moderno no necesita prohibir libros: le basta con desacreditar a quienes los leen en voz alta. Lo que Vox ha hecho al presentar una Proposición no de Ley para señalar a Silvia Intxaurrondo, Javier Ruiz, Jesús Cintora, Marta Flich y Gonzalo Miró no es una ocurrencia parlamentaria. Es una estrategia. Convertir al periodismo en enemigo público para vaciar el espacio democrático.
El partido de Santiago Abascal no disimula su nostalgia por el silencio. En su texto, acusa a RTVE de “alinearse con el Gobierno” y de practicar “intoxicación informativa”. Una maniobra que revela más miedo que convicción: el miedo a una televisión pública que, por primera vez en años, ha recuperado credibilidad, pluralidad y audiencia. Que La 1 supere el 10% de cuota y que programas como La Hora de La 1 o Mañaneros 360 hayan devuelto el debate político a la televisión abierta es, para la ultraderecha, una amenaza. Porque el fascismo no soporta las preguntas. Solo el eco.
Detrás del ruido parlamentario hay un mensaje claro: Vox no quiere medios públicos, quiere altavoces privados. Quiere que el dinero público siga alimentando a las empresas que han blanqueado su discurso durante años. Y ahora, cuando un grupo de periodistas se atreve a mirar de frente, responde con el método clásico del totalitarismo: la persecución nominal, el señalamiento individual, la mentira como arma de control.
El diputado Manuel Mariscal, responsable de la iniciativa, actúa como un censor con escaño: nombrar para intimidar, acusar para silenciar.
PERIODISTAS BAJO FUEGO, DEMOCRACIA EN PELIGRO
Lo más revelador no es lo que Vox dice, sino a quién elige como enemigo. Intxaurrondo, Ruiz y Cintora simbolizan una televisión que pregunta, que interrumpe cuando un político miente y que recuerda los datos cuando alguien los manipula. Son rostros incómodos para un partido que vive del bulo, la manipulación y la nostalgia del franquismo. No es casualidad que en sus discursos aparezcan términos como “propaganda”, “instrumento del PSOE” o “ataque a la oposición”. Así funciona el manual del populismo autoritario: acusar de manipular para justificar la censura.
Mientras Vox los tacha de “cuarto poder del Estado”, olvida que eso es precisamente lo que debería ser el periodismo: un contrapoder. Un espacio donde las y los periodistas no sirvan al gobierno ni a la oposición, sino a la verdad pública. Por eso la ultraderecha los odia tanto. Porque cada vez que Intxaurrondo desmonta un argumento falso o que Ruiz pide cifras concretas, se tambalea la construcción de la mentira política.
El ataque también tiene un objetivo simbólico: desacreditar RTVE como bien común. Presentarla como un “instrumento partidista” mientras defienden que las grandes privadas —Atresmedia y Mediaset— representen “la neutralidad”. Una neutralidad rentable, pero no informativa. Lo que Vox llama “pluralidad” significa, en su código, eliminar voces críticas. Y lo que llama “neutralidad” es simplemente obediencia mediática.
La ofensiva no llega en el vacío. Desde hace meses, la extrema derecha ha desplegado su maquinaria de odio contra periodistas concretos. Lo hizo con La hora de La 1, con Malas lenguas, con Mañaneros, y antes con Las cosas claras. Siempre el mismo patrón: primero el descrédito, luego la amenaza y finalmente la exigencia de despido o censura. Una caza de brujas mediática que busca reinstaurar el miedo en las redacciones.
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