La represión interna y la guerra fría con EEUU e Israel empujan al país al borde del colapso mientras las potencias convierten el dolor de un pueblo en herramienta geopolítica.
Irán entra en 2026 con las calles en llamas y un régimen que solo parece tener una respuesta: más plomo. Las movilizaciones que estallan a finales de 2025 nacen en los bazares, entre comerciantes asfixiados por la inflación y la caída brutal de la moneda. En diciembre, la inflación oficial alcanzó el 42,2%, con subidas del 72% en alimentos y del 50% en productos sanitarios y médicos.
La sequía de 2025 que dejó Teherán al borde del colapso hídrico no fue un episodio aislado. Fue otro capítulo de un modelo económico depredador, sancionado desde fuera y mal gestionado desde dentro. Lo han sufrido durante años las regiones periféricas: Juzestán, Sistán y Baluchistán, el Kurdistán iraní, Azerbaiyán occidental. Allí donde viven muchas de las minorías nacionales que el régimen mira con sospecha permanente.
La mecha social no la encienden solo las consignas políticas, la encienden la nevera vacía, el agua cortada y la sensación de que el futuro está confiscado.
Las protestas actuales beben de esa acumulación de agravios y de la experiencia previa del movimiento Mujer, Vida, Libertad de 2022, cuando la muerte de Mahsa Amini abrió una grieta que la represión no logró cerrar del todo. La alianza entre el movimiento de mujeres, sectores liberales urbanos y parte de las minorías periféricas reaparece hoy, pero en un escenario más explosivo.
Desde el 8 de enero de 2026, el régimen ha recurrido a apagones casi totales de internet. Bajo ese silencio forzado, organizaciones y medios como Iran International hablan de una masacre: al menos 2.000 manifestantes asesinados en solo 48 horas entre el 9 y el 10 de enero y más de 500 muertes confirmadas en el conjunto de la ola de protestas. The Guardian documenta también menores asesinados y decenas de niñas y niños detenidos.
El 3 de enero de 2026, en Malekshahi (provincia de Ilam), las fuerzas de la Guardia Revolucionaria abrieron fuego con armas de uso militar contra una concentración. Entre las personas asesinadas estaba Latif Karimi, general retirado, al que testigos sitúan pidiendo que no se disparara contra la gente. Su propio hijo lo dijo con claridad.
Las calles están llenas de sangre mientras las élites blindan sus privilegios detrás de muros, escoltas y cuentas en el extranjero.
En este contexto, el presidente Masoud Pezeshkian, elegido en 2024 como cara moderada del sistema, aparece como lo que siempre fue: un parche. Se apoyó en sectores liberales y en partes de las minorías nacionales para derrotar a los candidatos preferidos del entorno del ayatolá, pero la arquitectura real del poder nunca cambió.
La élite clerical y la cúpula de la Guardia Revolucionaria conservan las palancas estratégicas. Pezeshkian lo ha admitido en público. Dice que no puede hacer nada frente a la inflación. Apenas logró sustituir al responsable del Banco Central mientras el rial se hundía y el dólar superaba los 145.000 tomans.
Cuando el propio jefe de Gobierno reconoce que no gobierna, la crisis ya no es solo económica, es de régimen.
Las y los manifestantes que hoy salen a las calles no están pidiendo solo reformas técnicas. Están diciendo que el pacto social de la República Islámica ha caducado. Y la respuesta del Estado, una vez más, es el fusil.
TRUMP, NETANYAHU Y EL NEGOCIO DEL CAOS
Mientras las y los iraníes se juegan la vida, otros hacen cálculos. Donald Trump, de nuevo en la Casa Blanca, y Benjamin Netanyahu llevan años soñando con un Irán arrodillado. No por democracia ni por derechos humanos. Por petróleo, por control regional y por mensaje a cualquiera que se atreva a desafiar el orden imperial.
En junio de 2025, Israel lanzó la Operación León Ascendente, el mayor ataque contra territorio iraní desde la guerra Irán-Irak. Bombardeó instalaciones nucleares, bases militares y zonas residenciales. Asesinó a parte de la cúpula de la Guardia Revolucionaria y a varios científicos. Estados Unidos apoyó la ofensiva. Irán respondió con misiles y drones contra objetivos israelíes y se habló abiertamente de guerra Irán-Israel.
Ese conflicto no solo devastó vidas. Reforzó la narrativa del asedio: sanciones renovadas por Francia, Reino Unido y Alemania, presión económica extrema, militarización total del país. El régimen utilizó el ataque externo para cerrar filas y criminalizar aún más cualquier disidencia interna.
Para Trump y sus aliados, Irán no es un país de 88 millones de personas, es un tablero donde se mueven precios del petróleo, sanciones y contratos de armas.
A finales de 2025, Netanyahu acudió a Washington para presentar su menú de intervenciones para el año siguiente. En ese menú estaban Líbano e Irán en primera línea. En paralelo, Trump escalaba su guerra económica con anuncios de aranceles del 25% a cualquier país que mantenga relaciones comerciales con Teherán, usando la misma receta con la que ha tensado el tablero global en otros frentes.
Trump presume de evitar “botas sobre el terreno”. Prefiere sanciones, drones y comandos encubiertos. Netanyahu lleva décadas sobreactuando el riesgo nuclear iraní mientras perfecciona la ocupación sobre Palestina y sueña con una base estable frente a las costas de Yemen y una operación sin oposición en Líbano.
El resultado es claro. Más presión económica. Más militarización. Más excusas para la represión interna. La crisis que hoy estalla en las calles de Irán no se entiende sin esa tenaza: por un lado, un régimen autoritario dispuesto a disparar contra su propia población. Por otro, potencias que han convertido al país en ejemplo disciplinario para cualquiera que cuestione el reparto global de poder.
Incluso en el plano mediático, Irán aparece muchas veces reducido a caricatura. Estudios recientes sobre el tratamiento del conflicto Irán-Israel en redes sociales muestran cómo se invisibiliza a la sociedad iraní mientras se amplifican discursos que solo miran a Washington, Tel Aviv o Gaza. Las y los iraníes quedan atrapados entre la propaganda del régimen y la propaganda de quienes sueñan con un cambio de bandera sobre los mismos oleoductos.
Una caída caótica de la República Islámica, en un país atravesado por profundas fracturas nacionales y de clase, no sería automáticamente una primavera democrática. Podría convertirse en otra guerra civil televisada, rentable para los mercados e infernal para la gente común.
La única salida digna pasa por lo que ni Teherán ni Washington ni Tel Aviv quieren escuchar. Fin de la represión contra las y los manifestantes. Levantamiento gradual de sanciones a cambio de garantías reales sobre el programa nuclear. Procesos constituyentes donde las mujeres, las minorías nacionales y las clases populares tengan algo más que un papel decorativo.
Si el mundo mira a otro lado, el mapa de Oriente Medio no lo dibujarán las y los pueblos, lo volverán a trazar los mismos que hoy hacen negocio con su sangre.
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