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La última bala: la izquierda solo tiene una opción
La escena que se produce en Barcelona no es una más. El encuentro entre Gabriel Rufián e Irene Montero en la Universitat Pompeu Fabra no es un gesto simbólico ni un debate académico. Es el reflejo de un momento crítico. Un punto de inflexión. La izquierda real llega a este cruce sin margen de error, sin tiempo y sin excusas.
La pregunta ya no es si conviene unirse. La pregunta es cuánto más puede permitirse no hacerlo. Porque la realidad es contundente: fragmentada, la izquierda pierde. Dividida, desaparece.
Los datos recientes son un aviso que no admite interpretaciones complacientes. En Aragón y Castilla y León, Podemos no alcanzó el 1% de los votos. No es solo un mal resultado. Es una señal de alarma. Es la evidencia de que el electorado se desmoviliza cuando percibe desorden, conflicto interno y falta de horizonte común.
Y aun así, la respuesta sigue siendo insuficiente. Se ensayan acercamientos, se lanzan mensajes de cooperación, pero las resistencias siguen intactas. Podemos habla ahora de “equipo”, incluso de un posible “tándem” entre Montero y Rufián. ERC, por su parte, enfría cualquier expectativa y recuerda que su portavoz pertenece a su organización y no liderará ninguna candidatura estatal.
Ese choque no es anecdótico. Es el síntoma de un problema estructural: la incapacidad de priorizar lo colectivo sobre lo orgánico. Mientras las direcciones discuten límites y competencias, el terreno político se desplaza. Y lo hace hacia posiciones cada vez más reaccionarias.
UNIDAD O IRRELEVANCIA: NO HAY TERCERA VÍA
La advertencia no es nueva, pero ahora es más urgente que nunca. No hay alternativa viable a la unidad. No como consigna, no como foto, no como suma táctica de siglas. Como proyecto político compartido. Como propuesta reconocible. Como herramienta capaz de movilizar a quienes hoy se sienten fuera de juego.
El problema es que durante demasiado tiempo se ha confundido la unidad con la aritmética. Y la aritmética sin relato no moviliza. De ahí que en los últimos meses hayan surgido propuestas para reconstruir el vínculo con la ciudadanía, como las recogidas en las medidas para recuperar el poder popular y reactivar a la base social, donde se insiste en volver a lo material, a las condiciones de vida, a lo que realmente importa.
Porque la gente no espera siglas. Espera soluciones. Y sin una propuesta clara, la unidad se percibe como un pacto de supervivencia entre partidos, no como una herramienta de transformación. Ahí es donde se está perdiendo la batalla política.
En ese contexto, la figura de Rufián ha ganado centralidad, no tanto por una estrategia cerrada como por la capacidad de conectar discursos distintos. Sin embargo, su planteamiento sigue generando dudas, como se analiza en el debate sobre qué propone exactamente Rufián en este nuevo ciclo, donde conviven la ambición de construir mayorías amplias y la falta de concreción sobre cómo hacerlo.
Pero el problema ya no es quién lidera. Ni siquiera cómo se articula la candidatura. El problema es mucho más profundo: si la izquierda es capaz de asumir que el momento exige renuncias, generosidad y una lectura honesta de la realidad.
Oriol Junqueras ha dejado claro su rechazo a diluir las siglas de ERC. Podemos intenta recuperar centralidad tras varios golpes electorales. Sumar y el resto del espacio siguen su propio proceso. Cada actor defiende su posición. Todos tienen razones. Pero ninguna de esas razones cambia el diagnóstico: separados, no hay posibilidad de disputar el poder.
El acto de Barcelona llega, además, en un contexto donde la extrema derecha no solo crece, sino que consolida agenda. No estamos ante una alternancia política convencional. Estamos ante un cambio de ciclo que amenaza derechos, condiciones de vida y marcos democráticos básicos. Y frente a eso, la división no es una opción política: es una irresponsabilidad histórica.
Durante años se ha hablado de la necesidad de construir mayorías. Hoy ya no se trata de construirlas. Se trata de no perderlas definitivamente. Porque cada elección sin unidad no solo resta escaños. Resta credibilidad. Resta confianza. Resta futuro.
La izquierda alternativa está ante su última oportunidad real de recomposición. No habrá infinitas ventanas. No habrá tiempo para reconstrucciones eternas. Esta es la última bala.
Y lo que se decida ahora no va a determinar solo un resultado electoral. Va a determinar si existe un espacio político capaz de plantar cara o si, simplemente, se convierte en un recuerdo de lo que pudo ser y no fue.
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