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Una idea difusa que sacude a la izquierda confederal, choca con las siglas y deja más preguntas que respuestas ante el avance de la extrema derecha
La escena es conocida y, a la vez, incómoda. Un dirigente con alta valoración pública lanza una propuesta abierta, casi intuitiva, y el ecosistema político reacciona con prevención. Esta vez ha sido Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso, quien ha agitado a la izquierda estatal y confederal al hablar de “inventar algo” para frenar el auge de la extrema derecha tras las últimas elecciones. No un partido, no una coalición al uso, no una suma de siglas. Algo.
La propuesta llega en febrero de 2026, en un momento de reordenación general del espacio progresista y con un telón de fondo que no es menor: la extrema derecha consolida posiciones en Europa y en el Estado español. Rufián lo formula con una advertencia que ha circulado ampliamente: creer que el fascismo se detendrá en la frontera de una nación o en la puerta de una sede es “magia negligente”. La frase resume su diagnóstico, pero no su receta.
QUÉ DICE RUFFIÁN Y QUÉ NO DICE
Rufián no ha presentado un programa, ni una estructura, ni un calendario. Lo que ha puesto sobre la mesa es una inquietud política que dice escuchar “en la calle” y que plantea en forma de preguntas retóricas. ¿De qué sirve mejorar un puñado de escaños si el Ministerio del Interior acaba en manos de la extrema derecha? ¿Tiene sentido competir por pureza identitaria mientras se normaliza un escenario de regresión democrática? “Más cabeza y menos pureza”, escribió en redes.
El gesto más concreto ha sido la convocatoria de un acto en Madrid el 18 de febrero de 2026, bajo el título Doble o nada: disputar el presente para ganar el futuro, junto a un dirigente de Más Madrid que no representa a su dirección. El lenguaje, deliberadamente épico, recuerda a otras etapas del ciclo político progresista. Pero Rufián insiste en que no se postula para nada, que no pretende liderar ninguna candidatura ni erosionar a nadie. Dice representar a su partido y, al mismo tiempo, apelar a algo que lo desborda.
Ahí aparece la primera grieta. Cuando habla de “pueblos” y no de siglas, Rufián parece interpelar a las izquierdas de las naciones sin Estado y también a las izquierdas estatales. Pero no aclara si imagina una alianza electoral, una plataforma de debate, una coordinación parlamentaria o un frente de mínimos. La ambigüedad es su fuerza retórica y su principal debilidad política.
EL RECHAZO DE LAS ORGANIZACIONES Y EL LÍMITE DE LAS SIGLAS
La respuesta de las direcciones ha sido rápida y bastante nítida. Sumar trabaja en su propia reconfiguración y defiende repetir una fórmula similar a la del 23 de julio de 2023, con un programa compartido y una nueva alianza entre sus partidos. Yolanda Díaz ha insistido en esa vía. Bloque Nacionalista Galego ha reiterado que concurrirá con sus siglas. EH Bildu tampoco contempla un proyecto que diluya su obediencia a Euskal Herria, en un momento en que disputa la hegemonía al PNV.
Ni siquiera ERC ha respaldado públicamente la idea. Su secretaria general fue tajante al recordar que el partido se presenta en Catalunya y con sus siglas. No es un matiz menor. La propuesta de Rufián no solo interpela a otras fuerzas, también tensiona el marco estratégico de su propia organización.
Desde Izquierda Unida, su coordinador general habló de hartazgo social ante las “telenovelas de la izquierda” y reivindicó organizaciones estables frente a experimentos personalistas. Más Madrid ha subrayado que el dirigente que acudirá al acto lo hace a título individual. Podemos, único espacio que no ha cerrado la puerta, se ha limitado a rebajar el alcance del encuentro.
El patrón se repite. Todas las fuerzas reconocen el problema, ninguna asume la solución que se insinúa. Porque lo que Rufián plantea choca con una realidad estructural: las izquierdas confederales existen precisamente porque hay sujetos políticos distintos, con prioridades nacionales, sociales y electorales propias. Pedirles que se fundan en “algo” sin nombre es pedirles que renuncien a parte de su razón de ser.
Y, sin embargo, la incomodidad persiste. El avance de la extrema derecha no es una hipótesis, es un dato. La fragmentación del espacio progresista tampoco. Entre ambas, Rufián coloca un espejo que nadie quiere mirar demasiado tiempo.
No hay frente, no hay candidatura, no hay acuerdo, pero queda la pregunta flotando en el aire, incómoda y sin responder, mientras el calendario electoral avanza y la extrema derecha no espera a que la izquierda se ponga de acuerdo.
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