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El ejército toma el control tras semanas de protestas juveniles por el hambre, la pobreza y la corrupción
EL DESBORDAMIENTO POPULAR QUE EL RÉGIMEN NO SUPO LEER
Madagascar ha estallado. El país más pobre del Índico ha dicho basta tras años de saqueo, cortes de agua, apagones y desigualdad. Lo que comenzó como un grito juvenil por servicios básicos se ha convertido en una insurrección popular que ha acabado con la huida del presidente Andry Rajoelina y un golpe militar.
El pasado lunes, mientras Rajoelina preparaba un discurso televisado, la Asamblea Nacional votaba su destitución con 130 votos a favor y solo una abstención, apenas unas horas después de que intentara disolver el Parlamento por decreto. La respuesta fue inmediata: un batallón de élite, el CAPSAT, anunció por radio que asumía el control del ejército y las instituciones.
El coronel Michael Randrianirina declaró que la junta militar gobernará durante un periodo de transición de hasta dos años, junto a un gobierno civil interino. El objetivo declarado: organizar nuevas elecciones. Pero el fondo es otro: Madagascar lleva 15 años atrapada en el autoritarismo de Rajoelina, el mismo militar que en 2009 llegó al poder gracias a un golpe, respaldado entonces por parte de ese mismo cuerpo de élite.
Esta vez la historia se repite, pero el contexto es más desesperado. Desde septiembre, decenas de miles de jóvenes han tomado las calles de Antananarivo, Mahajanga o Toamasina. La chispa: el colapso de los servicios básicos en un país donde más del 75% de la población vive con menos de 2 dólares al día. La represión no logró detener la revuelta: 22 muertos y más de 100 heridos, según la ONU, con disparos a manifestantes desarmados, detenciones arbitrarias y gases lacrimógenos lanzados contra escuelas.
FRANCIA, EL ECO DEL COLONIALISMO Y LA HUÍDA DEL PRESIDENTE
La escena del 14 de octubre recuerda a otras tantas en el continente: un presidente impopular que huye en avión, un ejército que ocupa el vacío y una potencia europea que dice “no intervenir” mientras facilita la fuga. Según Radio France Internationale, Rajoelina fue evacuado a Francia tras un acuerdo con Emmanuel Macron. París niega cualquier papel en la crisis, pero su sombra se alarga. Madagascar fue colonia francesa hasta 1960, y la red económica y política poscolonial sigue intacta, desde los bancos hasta las concesiones mineras y forestales.
El gesto de Macron, aunque presentado como “humanitario”, revela la continuidad de una relación neocolonial que protege a las élites mientras abandona a la población. Los jóvenes que hoy marchan en Antananarivo no solo protestan contra Rajoelina: lo hacen contra un sistema internacional que ha mantenido a su país como un laboratorio del saqueo global.
Rajoelina, reelegido en 2023 entre acusaciones de fraude, prometió modernización y estabilidad. En cambio, dejó un país hundido en la pobreza, una élite enriquecida con las exportaciones de níquel y vainilla, y una juventud sin futuro. Su gobierno fue incapaz de garantizar agua, electricidad ni alimentos básicos, mientras multiplicaba los contratos opacos con empresas extranjeras.
La población ha dicho basta, y esta vez el ejército ha olido el cambio de viento. CAPSAT, la misma unidad que lo encumbró hace 16 años, lo ha destituido.
La rabia de una generación sin luz ni agua ha tumbado a un presidente sostenido por Francia y blindado por el ejército. Hoy Madagascar no solo cambia de gobierno: cambia de historia.
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