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Cuando la ultraderecha convierte la ignorancia en estrategia y el negacionismo en dogma.
NEGAR LA CIENCIA, REESCRIBIR EL PASADO
El diputado de Vox José María Figaredo volvió a demostrar que la ultraderecha no solo niega el presente, también inventa el pasado. Durante una sesión en el Congreso el 15 de octubre de 2025, Figaredo se enredó en su propio discurso mientras intentaba defender el negacionismo climático. Y lo hizo comparando a Galileo Galilei con los terraplanistas.
“¿Saben cuál era el consenso en 1633? Que la Tierra era plana”, dijo Figaredo, convencido de estar dando una lección de historia. Pero Galileo nunca fue perseguido por decir que la Tierra era redonda, sino por sostener que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Lo que Figaredo confundió fue nada menos que la teoría heliocéntrica, una de las bases de la ciencia moderna, con una superstición milenaria desterrada ya en el siglo VI a.C.
La escena fue un retrato perfecto de lo que Vox representa: un partido que combate el conocimiento, ridiculiza la ciencia y manipula la historia para justificar su ideología. Figaredo, que pretendía atacar las políticas del Ministerio para la Transición Ecológica, terminó demostrando lo que ocurre cuando un negacionista intenta dar una clase de astronomía.
Su intervención buscaba desacreditar las evidencias científicas sobre el cambio climático. “Nos dicen que hay más riadas, más incendios… cuando todo es mentira”, aseguró, citando como prueba que “la primera riada documentada en Valencia fue en 1795”. La lógica de Figaredo se hunde sola: confunde el registro histórico con el inicio del fenómeno, y la documentación con la existencia.
Mientras la comunidad científica alerta del aumento de fenómenos extremos, Vox se aferra a un discurso medieval que desprecia el consenso científico y la responsabilidad humana en la crisis climática. Y en lugar de debatir con datos, prefieren reescribir la historia, negar el presente y temer el futuro.
DEL NEGACIONISMO CLIMÁTICO AL ANALFABETISMO ENERGÉTICO
El discurso de Figaredo no se detuvo en Galileo. También aprovechó para hacer una defensa cerrada de las centrales nucleares, ignorando los planes de desmantelamiento progresivo en favor de energías limpias. Según él, “la solución está encima de la mesa: que continúen las nucleares”. En la misma frase en la que niega el cambio climático, invoca una fuente de energía obsoleta y peligrosa como única salvación.
Después, el diputado intentó reforzar su argumento apelando al bolsillo de las y los españoles: “Cada vez se consume menos pescado fresco, menos verduras y menos aceite de oliva”. Una frase que pretendía sonar a denuncia social, pero que solo delata la pobreza que genera el propio modelo económico que Vox protege: el de los salarios precarios, la especulación alimentaria y la desigualdad energética.
La ministra Sara Aagesen, del Ministerio para la Transición Ecológica, respondió con una claridad que contrastó con el caos conceptual de Figaredo: “La Agenda 2030 es prosperidad y progreso. ¿Cómo se puede estar en contra de algo tan importante?”. Una pregunta que sigue sin respuesta, porque la respuesta es incómoda: Vox necesita enemigos imaginarios para justificar su existencia política.
El negacionismo no es un lapsus. Es estrategia. Negar el cambio climático sirve a los intereses de las petroleras y a los grupos de presión que financian a la extrema derecha en Europa. Negar la historia, en cambio, sirve para construir una identidad basada en la confrontación cultural, el desprecio al conocimiento y la glorificación del error.
Cuando Figaredo confunde a Galileo con un terraplanista, no se equivoca: se retrata. Lo suyo no es un despiste, sino una forma de entender el mundo. En su universo, la Tierra puede ser plana, el clima no cambia y las élites progresistas quieren encerrarnos en casas sin aire acondicionado.
Un discurso tan primitivo que ni siquiera merece rebatirse con ciencia, sino con una constatación:
quienes persiguieron a Galileo son los mismos que hoy persiguen a la verdad.
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