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Cada escándalo que le salpica es transformado en una afrenta personal, en una guerra contra Madrid, en una conjura de comunistas, feministas y socialistas.
Por Javier F. Ferrero
Isabel Díaz Ayuso ha convertido la mentira en su principal herramienta de gobierno. No es un desliz ocasional, no es una estrategia puntual. Es un método sistemático, una práctica continuada y descarada con la que no solo manipula la realidad, sino que la transforma hasta que una parte de la ciudadanía la asume como verdad. Su capacidad para enunciar falsedades sin que esto le pase factura es, probablemente, su mayor logro político.
El caso de los 7.291 ancianos y ancianas fallecidas en las residencias de Madrid durante la primera ola de la pandemia, abandonadas a su suerte por la administración de Ayuso, es quizá el más cruel de sus engaños. Cuando le preguntaron por los protocolos que impidieron trasladar a estas personas a hospitales, su respuesta fue fría, brutal: “Se iban a morir igual”. No importa que expertos sanitarios, familiares y organismos independientes desmontaran esta afirmación. La realidad es que esas personas fueron condenadas por una orden de su Gobierno, y eludir su responsabilidad con semejante cinismo debería ser imperdonable.
Pero en la política de Ayuso, la impunidad es la norma. En su Madrid, la propaganda se impone a los datos y la histeria mediática desplaza cualquier análisis riguroso. La sanidad pública madrileña sigue desangrándose, con médicos y médicas en huelga, urgencias cerradas y listas de espera colapsadas. Pero ahí está Ayuso, negándolo todo con la sonrisa puesta, asegurando que la sanidad en Madrid es “la mejor del mundo”.
Cuando la fiscalía desveló que su pareja, Alberto González Amador, había defraudado 350.000 euros a Hacienda, Ayuso activó su mecanismo habitual: gritar que todo es un ataque del Gobierno, de la izquierda, de los medios, de quien sea. Nada de asumir responsabilidades. Nada de explicar por qué su Gobierno no cesa de beneficiar a los que evaden impuestos mientras recorta los servicios públicos.

Manipulación, populismo y desinformación
La maquinaria de Ayuso funciona con tres pilares fundamentales: manipulación, populismo y desinformación. Cada escándalo que le salpica es transformado en una afrenta personal, en una guerra contra Madrid, en una conjura de comunistas, feministas y socialistas.
Su capacidad para esquivar la realidad es asombrosa. Cuando se filtró que su hermano cobró 283.000 euros en contratos de mascarillas adjudicados a dedo, Ayuso no respondió con explicaciones, sino con ataques. Se victimizó, insinuó que Pedro Sánchez la espiaba y convirtió la investigación en una cuestión de honor. En un país mínimamente serio, aquello habría sido el final de su carrera. En Madrid, fue su consolidación como icono de la derecha ultra.
Más recientemente, tras el golpe fortuito de su novio con una cámara de laSexta, Ayuso no dudó en lanzar una acusación sin pruebas: “Ha sido agredido”. Las imágenes desmintieron su versión de inmediato, pero ¿qué importa? La mentira ya había cumplido su función: polarizar, crispar, desviar la atención. El problema no es solo que mienta, sino que sus seguidores la aplauden por hacerlo.
? Las imágenes que demuestran que González Amador no ha sido "agredido" por un cámara como afirma Ayuso
— laSexta (@laSextaTV) February 24, 2025
Cuando iba caminando hacia atrás, el cámara se ha chocado contra una farola y esto ha provocado el golpe fortuito pic.twitter.com/KwSAv5YVFB
La estrategia de criminalización de la prensa que no le rinde pleitesía es otro elemento clave. EDA TV, la web del ultra Javier Negre, ha señalado públicamente al cámara de laSexta, acusándolo falsamente de agresión. Lo mismo ha hecho Ayuso desde su puesto institucional, al más puro estilo de un régimen mafioso. Regar con dinero público a pseudomedios que se dedican a difundir bulos y fabricar enemigos es una estrategia de control político.
Aquí es donde cabe la pregunta: ¿Es el Gobierno de la Comunidad de Madrid una mafia organizada? La red de favores, el blindaje de la corrupción, la impunidad mediática y la persecución de adversarios recuerdan más a un cartel que a una administración democrática. Pero lo realmente preocupante es que, de momento, le funciona.
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