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«La reconocida abogada Gisèle Halimi abrió en 1976 el camino a un cambio en la ley para las agresiones con una frase que ahora vuelve a ser clave ‘la vergüenza tiene que cambiar de bando‘»
En 1976, la abogada Gisèle Halimi pronunció una frase que resonaría durante décadas: «Lo escandaloso no es denunciar la violación, lo escandaloso es la violación en sí misma.» Estas palabras, expresadas en una entrevista televisiva en horario de máxima audiencia, marcaron un antes y un después en la percepción de la violencia sexual en Francia. Halimi, junto a su organización Choisir la cause des femmes, no solo luchaba por los derechos de las mujeres, sino por cambiar la cultura de la violación que permitía que las víctimas, en lugar de los agresores, cargaran con la vergüenza.
El juicio de 1978, conocido como el caso Tonglet-Castellano, fue clave para transformar la legislación y la conciencia social sobre la violencia sexual en Francia. Anne Tonglet y Araceli Castellano, una pareja belga, habían sido brutalmente violadas por tres hombres en una cala cerca de Marsella en 1974. Cuando Halimi asumió la representación legal de las víctimas, su objetivo no era solo obtener justicia para ellas, sino exponer públicamente la realidad de la violación como un acto de dominación, no de sexo. Quería que el juicio no se celebrara a puerta cerrada, como era habitual en los casos de violencia sexual. Halimi insistió en que la publicidad de los debates era fundamental para romper el estigma que rodeaba a las víctimas.
EL CAMBIO LEGISLATIVO: DE DELITO A CRIMEN
Hasta ese momento, la violación en Francia se consideraba un delito, lo que implicaba penas más leves. Gracias a la presión mediática y social que generó el juicio de Aix-en-Provence, la percepción de la violación cambió drásticamente. La abogada Halimi dejó claro que las mujeres no debían sentirse culpables por haber sido agredidas, y que debían tener la libertad de denunciar sin miedo a ser juzgadas. «La vergüenza tiene que cambiar de bando», afirmaba, y lo hizo.
A raíz del juicio, se impulsó una reforma legislativa que amplió la definición de violación y aumentó las penas. El 19 de noviembre de 1980, la Asamblea Nacional aprobó una ley que redefinía la violación como un crimen, con penas que podían superar los cinco años, y reconocía que las agresiones podían ocurrir incluso dentro del matrimonio, algo que hasta entonces no se contemplaba. Este cambio legislativo fue uno de los logros más importantes de Halimi, quien había luchado no solo por la justicia en un caso concreto, sino por una transformación estructural del sistema judicial.
Los juicios por violación ya no serían a puerta cerrada, a menos que la víctima lo solicitara expresamente. Esto no solo garantizó mayor transparencia en los procesos judiciales, sino que también envió un mensaje poderoso a la sociedad: las mujeres no tenían que ocultarse, no eran ellas las responsables del crimen cometido en su contra. Además, los casos de violación pasaron a ser competencia de la Corte Penal, encargada de los crímenes, dejando de ser juzgados por el Tribunal Correccional, que se ocupaba de delitos menores.
DE LA CALA DE MORGIOU A LA LUCHA GLOBAL
El caso Tonglet-Castellano no fue solo un juicio sobre la violencia sexual, fue un punto de inflexión en la lucha feminista. Halimi, inspirada por su activismo y la obra del poeta René Char, veía en este proceso una oportunidad para desafiar las mentalidades conservadoras que perpetuaban la impunidad de los agresores y la vergüenza de las víctimas. Y, aunque el proceso judicial se desarrolló en Francia, las repercusiones fueron globales. La frase «la vergüenza tiene que cambiar de bando» sigue resonando hoy, más de cuatro décadas después.
En 2017, la violación de Anne Tonglet y Araceli Castellano fue recordada en la película Le Viol, dirigida por Alain Tasma. Este film no solo rememoraba el caso, sino que lo situaba en un contexto actual: la lucha contra la violencia sexual sigue siendo necesaria, y la vergüenza sigue sin cambiar completamente de bando. La película se proyectó en un momento en que el movimiento #MeToo estaba ganando fuerza en todo el mundo, recordándonos que, aunque hemos avanzado, todavía queda mucho por hacer.
En este sentido, el caso reciente de Gisèle Pelicot, quien se enfrentó a 52 violadores, incluyendo a su propio marido, es un recordatorio de que la lucha por la justicia y la dignidad de las mujeres sigue siendo vital. Pelicot, con la cabeza alta y sin ocultarse, simboliza la continuación de la batalla que Halimi comenzó décadas atrás. Como ella misma dijo durante su juicio: «No estamos solas.»
Las palabras de Halimi y su legado persisten en cada mujer que decide romper el silencio, en cada sociedad que comienza a entender que el verdadero escándalo no es la denuncia, sino el acto de violencia en sí. Y aunque la legislación ha avanzado, todavía enfrentamos el reto de transformar las mentalidades que permiten que la violencia sexual siga ocurriendo. Como Halimi escribió en su libro sobre el juicio de Aix-en-Provence: «El juicio es solo una fase en la lucha, pero es una lucha que debemos seguir, porque nuestras palabras y nuestras acciones son las únicas que pueden cambiar este mundo.»
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