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El líder del PP evita condenar con claridad los gritos de “¡fuera la mona!” y sitúa al mismo nivel a víctimas y agresores
Hay frases que dicen más por lo que esconden que por lo que expresan. Y la de Alberto Núñez Feijóo entra de lleno en esa categoría. En plena polémica por los cánticos racistas contra la dirigente venezolana Delcy Rodríguez en Madrid, el líder del Partido Popular optó por una posición que pretende sonar equilibrada, pero que en realidad diluye responsabilidades. Literalmente. “No estoy de acuerdo con los que insultan ni con los que son insultados”. Y ahí está el problema.
Porque no se trató de un incidente menor. El 18 de abril, en la Puerta del Sol, durante un acto de apoyo a María Corina Machado, miles de personas corearon un insulto con carga racista. Lo hicieron jaleadas desde el escenario por el cantante Carlos Baute, que amplificó los gritos. El episodio generó rechazo inmediato, incluso dentro de la propia comunidad venezolana en España. No era una crítica política. Era otra cosa. Algo más viejo, más oscuro.
El cantante Carlos Baute, durante una concentración con venezolanos en Madrid, gritó: “¡Fuera la mona!”, en referencia a la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, una expresión que ha sido señalada como racista.
— Darvinson Rojas Sánchez (@DarvinsonRojas) April 18, 2026
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas… pic.twitter.com/wgrcxqBhlW
Y aun así, la respuesta política que llega desde uno de los principales partidos del país no es una condena firme. Es un intento de equidistancia. Una frase que coloca en el mismo plano a quien agrede y a quien recibe la agresión. Como si todo fuera una pelea entre iguales. Como si el racismo fuera una cuestión de modales.
EL BLANQUEAMIENTO DEL INSULTO CUANDO RESULTA ÚTIL
Lo que ocurrió en Madrid no surge de la nada. Forma parte de un clima. De una forma de hacer política donde el lenguaje se degrada poco a poco, casi sin que se note. Primero se tolera. Luego se justifica. Después se relativiza. Y finalmente, se normaliza.
El propio Feijóo intentó matizar sus palabras diciendo que no está “a favor de insultar a nadie”. Pero no es lo mismo rechazar los insultos en abstracto que señalar el racismo cuando aparece delante. No es lo mismo. Y la diferencia importa. Porque cuando se evita nombrar el problema, se está contribuyendo a que siga existiendo.
Mientras tanto, las reacciones fuera del ámbito político fueron bastante más claras. La Embajada de Venezuela calificó lo sucedido como una forma de violencia política basada en el racismo y la misoginia. En medios y redes, voces como la del periodista Antonio García Ferreras hablaron sin rodeos de un episodio “absolutamente racista y xenófobo”. Incluso la propia María Corina Machado se vio obligada a desmarcarse de los cánticos.
El contraste es evidente. Donde unos ven racismo, otros ven un problema de “insultos” en general. Donde unos identifican una agresión concreta, otros prefieren diluirla en una supuesta neutralidad. Y esa neutralidad, en política, no existe. Nunca ha existido.
Además, Feijóo no se limitó a comentar el incidente. Aprovechó el mismo acto para reforzar su discurso contra el Gobierno español, acusándolo de “compadrear con el régimen de Maduro” y justificando el rechazo de Machado a reunirse con Pedro Sánchez. Todo en el mismo paquete. Todo en el mismo escenario.
Es difícil no ver ahí una estrategia. El desplazamiento del foco. La polémica racista se convierte en ruido de fondo mientras el mensaje político principal sigue su curso. Funciona. O al menos lo intenta. Pero tiene un coste.
CUANDO LA EQUIDISTANCIA SE CONVIERTE EN COMPLICIDAD
Decir que no se está con quienes insultan ni con quienes son insultados puede sonar razonable a primera vista. Una especie de postura moral superior. Limpia. Ordenada. Pero en realidad es otra cosa. Es una forma de evitar posicionarse cuando toca hacerlo.
No todas las situaciones admiten equidistancia. No cuando hay una agresión basada en el origen, en el color de piel o en la identidad. No cuando el insulto no es individual, sino estructural. Porque en esos casos, no posicionarse es tomar partido. Aunque no se diga.
La política española lleva tiempo coqueteando con ese tipo de ambigüedad. Se ve en el lenguaje sobre migración. Se ve en los discursos sobre seguridad. Se ve en cómo se gestionan los límites del debate público. Y se vuelve a ver aquí. En una frase aparentemente inocua que, en realidad, deja a las víctimas solas.
El problema no es solo lo que se dice. Es lo que se legitima. Porque cada vez que un líder político evita condenar de forma clara un episodio racista, está enviando un mensaje. No a quienes sufren el insulto. A quienes lo pronuncian. Un mensaje de que quizá, después de todo, no es tan grave. De que puede pasar. De que se puede mirar hacia otro lado.
Y así, poco a poco, lo intolerable deja de serlo. Se convierte en parte del paisaje. En ruido. En costumbre. Hasta que ya no sorprende a nadie.
No es equidistancia. Es elegir no molestar a quien grita más fuerte.
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