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La emergente Guerra Fría que hoy enfrenta a Estados Unidos y China podría tomar cinco caminos diferentes.
Primero, la contención a largo plazo del emerger de China por parte de Washington. Ello seguiría las líneas de la que Estados Unidos puso en marcha en relación a la Unión Soviética entre 1947 y 1991. Dado el éxito de dicha política frente a la URSS, esta constituye la opción preferida por Estados Unidos y la que ha venido siguiendo con prioridades variables desde que Obama puso en marcha su llamado“Pivote en Asia”. Aunque se habla de una política de contra balance a China, en realidad se trata de un proceso de contención que busca frenar la expansión de ese país en áreas diversas que van desde lo geopolítico hasta lo tecnológico.
La diferencia fundamental entre la contención aplicada a los soviéticos y a China, es que la primera se desarrollo en áreas periféricas del mundo. Desde etapa temprana Stalin comprendió que no podía expandirse en Europa más allá de los límites de la Cortina de Hierro, mudando el expansionismo de su modelo hacia el Tercer Mundo. En esta ocasión, en cambio, Washington busca contener a China en un área geográfica que durante milenios fue tributaria de su imperio. Más aún, dicha contención incluiría a Taiwán, lo cual va a contracorriente de la “Gran Unificación” de su territorio, prioridad nacional de Pekín.
Segundo, un acuerdo de poder regional compartido. Ello responde a lo propuesto por figuras como Henry Kissinger o Paul Kennedy. De acuerdo al primero, entre la posibilidad de un guerra nuclear de efectos destructivos incalculables y un compromiso que de origen a un nuevo orden regional, lo segundo sería a todas luces preferible. El problema aquí sería doble. ¿Podrían encontrarse bases para un acuerdo? ¿Estaría dispuesto Estados Unidos a reconocer a China como un igual? Las aspiraciones de China serían las de un Océano Pacífico compartido, en los que la parte Este caería bajo control chino y la parte Oeste bajo control estadounidense, planteamiento que resultaría inaceptable para Washington.
Tercero, guerra. Imposibilitados de conciliar sus diferencias y sometidos a roces permanentes la guerra podría estallar entre ambos. ¿Pero que tipo de guerra sería? ¿Tipo Trampa de Tucídides o tipo Teoría de Transición de Poder? La primera tesis plantea que la parte más fuerte es la más proclive a iniciar hostilidades antes de que la más débil la iguale en fortaleza. De ser así, sería Estados Unidos quien iniciaría el conflicto. La segunda tesis plantea que es la parte más débil la que, frustrada ante la contención a su emerger, suele iniciar hostilidades. En tal caso, China sería el agresor. Valga agregar que esto último entra en concordancia con la doctrina militar china, la cual valora las ventajas de un ataque sorpresivo cuando la configuración adecuada de circunstancias se materializa. Por lo demás, varias otras consideraciones deberían ser tomadas en cuenta. ¿Sería una guerra que incluiría aliados o limitada a ambos países? ¿Sería una guerra corta o un conflicto prolongado? ¿Se mantendría dentro del ámbito armado convencional o trascendería al plano nuclear?
Cuarto, retirada unilateral de Estados Unidos. Esto cobraría forma bajo la hipótesis del inicio de un período aislacionista. No hay que olvidar que la política exterior estadounidense posee sus características muy particulares de yin y yang. Es decir, impulsos contrapuestos que en realidad forman parte de una misma unidad. La unidad, en este caso, vendría representada por la auto percibida superioridad moral de su modelo y el yin y el yang representarían los períodos históricos oscilantes entre los impulsos proselitistas de difundirlo y el aislacionismo llamado a protegerlo de la contaminación externa. El período comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial fue aislacionista, mientras que a partir de su victoria en la Segunda Guerra Mundial, se puso en marcha un impulso misionero. Bien pudiese ser, y así lo creyeron muchos en relación a Trump, que en un futuro Estados Unidos se volcase sobre sí con abandono de sus compromisos internacionales. Al hacer evidente su determinación y poder militar emergente, China busca estimular los impulsos aislacionistas estadounidenses. El riesgo es que podría desatar por el contrario una Trampa de Tucídides.
Quinto, el colapso del régimen del Partido Comunista Chino. Varios autores han escrito sobre la frontera de longevidad de los regímenes autoritarios, señalando las siete décadas como su límite máximo de supervivencia. En efecto, los regímenes del Partido Comunista soviético, el Kuomintang de Taiwan o el PRI mexicano, por citar algunos, se vinieron abajo al rondar esta frontera. Sin aceptar la naturaleza determinista de esta propuesta, es cierto que cabalgar el tigre del nacionalismo chino mientras se asume el desgaste de una Guerra Fría con Estados Unidos y se buscan superar los retos mayúsculos del envejecimiento poblacional y de transición y crecimiento domésticos, no es tarea fácil. El riesgo de quiebre es una posibilidad siempre presente.
El tiempo dará su veredicto.
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