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La cifra es insoportable: 348.000 hectáreas reducidas a ceniza en lo que va de año, el peor registro del siglo XXI, con los incendios más voraces jamás documentados en el Estado español.
INCENDIOS FUERA DE CONTROL Y GOBIERNOS FUERA DE RESPUESTA
Los datos son contundentes. En apenas diez días de agosto la superficie calcinada saltó de 46.000 a más de 348.000 hectáreas, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios (EFFIS). El fuego en Zamora-León y el de Ourense se han convertido ya en los más grandes de la historia, superando incluso al tristemente célebre verano de 1994, cuando ardieron más de 438.000 hectáreas y más de veinte personas perdieron la vida. En 2025, las llamas han dejado de momento cuatro víctimas mortales y un aviso escalofriante: la emergencia climática ya no es un pronóstico, es un hecho que devora vidas y territorios.
52 grandes incendios concentran el 95% de la superficie quemada, cada uno con una media inédita de 6.000 hectáreas arrasadas. El fuego no es ya un accidente natural. Es la consecuencia lógica de décadas de abandono rural, especulación urbanística y una política forestal reducida a propaganda. Se insiste en el “somos muy buenos apagando conatos”, pero cuando llegan llamas de 20, 30 o 40 metros, como describen los técnicos, no hay bombero ni hidroavión que valga.
Lo advirtió Federico Grillo, vocal del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales: “a partir de 2,5 metros de llama el incendio es inextinguible. Ahora tenemos frentes de 40 metros”. El Estado se limita a gestionar cadáveres de monte y aldeas amenazadas, pero no actúa sobre las causas estructurales: despoblación, abandono agrícola, acumulación de biomasa y una urbanización salvaje que coloca a pueblos y ciudades en la frontera directa del infierno.
LA CRISIS CLIMÁTICA Y EL MERCADO QUE TODO LO CONSUME
La explicación científica es clara. El profesor Víctor Resco de Dios, de la Universitat de Lleida, lo recuerda: “esto estaba documentado desde 2016 en Canadá, Chile y Portugal; ya teníamos que haber tomado medidas”. En 2022 se encendió la alarma y ahora vemos el rebote. Lo que en Galiza siempre se resumió con la frase “incendios hubo toda la vida” hoy se transforma en catástrofe: no son los mismos fuegos, son más rápidos, más violentos y más letales.
Los pirocúmulonimbos —esas nubes de tormenta generadas por el propio incendio— han aparecido cinco veces solo en una semana de este agosto. Corrientes virulentas, imprevisibles, capaces de multiplicar el fuego en segundos. Andrea Duane, investigadora de la Universidad de California Davis, lo sentencia: “estamos mejor preparados que nunca, pero los grandes incendios queman más territorio que nunca”.
Y mientras tanto, la política mira a otro lado. Ni el Gobierno central ni las comunidades autónomas han querido elevar la alerta a nivel 3 de emergencia, que permitiría más medios y coordinación. Prefieren proteger la foto electoral antes que salvar aldeas enteras. El fuego devora, pero los despachos siguen discutiendo competencias.
El capitalismo neoliberal, que vació el campo y transformó la tierra en mercancía, es el verdadero pirómano. La reducción de la actividad agrícola, la especulación forestal y la conversión del monte en almacén de biomasa para beneficio de eléctricas y papeleras han creado un paisaje preparado para arder. Donde antes había huertas, ganado y cuidado comunal, hoy solo hay combustible esperando la chispa.
La situación es tan absurda que hasta Joaquín Ramírez, ingeniero de Technosylva que trabaja con el CAL FIRE en California, lo admite sin rodeos: “hemos vivido de la lotería de incendios. Ahora se juntan abandono rural, abandono de la gestión y masas forestales estresadas. Esto va a peor cada año”.
Mientras se redactan planes de “transición ecológica” para Bruselas, las llamas arrasan aldeas en Ourense y Zamora. Mientras se publicitan “fondos de resiliencia” y “Next Generation”, los brigadistas trabajan con condiciones precarias, contratos temporales y medios insuficientes. Se alimenta al mercado con dinero público y se deja morir al monte.
El resultado está aquí: 348.000 hectáreas calcinadas, equivalentes a 35 Barcelonas. Y tres provincias, Zamora, León y Ourense, concentran tres de cada cuatro hectáreas quemadas en 2025.
No es casualidad. Es el mapa de la España vaciada convertida en pólvora.
LA GENTE EN LA LÍNEA DE FUEGO
Los técnicos lo dicen con crudeza: “en cualquier momento puede haber un gran fuego con atrapamiento de personas”. Ya lo vimos en Grecia en 2017, con 102 muertos en Mati, o en Portugal, con 60 víctimas. En Hawái, en 2023, ardió un pueblo entero. Y aquí ya hubo un aviso hace semanas en Tres Cantos, Madrid. La interfaz urbano-rural es hoy la zona cero del desastre.
La ciudadanía asiste con el corazón en un puño, mientras los responsables políticos esquivan responsabilidades. Los mismos que recortan en brigadas, privatizan servicios y bloquean la prevención comunitaria, se hacen fotos con los hidroaviones para aparentar mando. El fuego se convierte en espectáculo mediático y oportunidad electoral, nunca en una llamada a transformar un modelo que nos empuja al abismo.
El incendio no empieza con la chispa, empieza con la dejación del poder.
Este verano no es un accidente. Es el resultado de un sistema que convierte la vida en negocio y el territorio en desecho. Y lo que arde no es solo el bosque, son los restos de un país devorado por la codicia.
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