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El portavoz republicano pone condiciones para repetir como candidato y abre una guerra que no va solo de nombres, sino de quién manda en la izquierda catalana en Madrid.
EL PULSO DE RUFIÁN NO VA DE EGO, VA DE PODER
Gabriel Rufián ha decidido decir en voz alta lo que en ERC llevan demasiado tiempo mascando en voz baja. El miércoles 21 de mayo, en Madrid, soltó la frase que ha puesto nerviosa a media dirección republicana: “Yo no voy a volver a presentarme por ERC a las elecciones generales si no se cumplen unas condiciones”. No habló como quien duda. Habló como quien enseña la puerta. Y eso, en política, nunca es casual.
Las condiciones no fueron detalladas por él, pero el fondo está bastante claro: Rufián quiere más control sobre la lista, más capacidad para decidir quién le acompaña en el Congreso y más margen para fijar la línea política de ERC en Madrid. Traducido del idioma de los partidos: quiere dejar de ser el rostro televisivo de una estrategia decidida a cientos de kilómetros y empezar a mandar sobre el grupo que defiende esa estrategia cada semana en la Cámara Baja.
No es poca cosa. Porque aquí no se discute solo si Gabriel Rufián tiene más o menos tirón electoral. Se discute si ERC quiere seguir funcionando como una maquinaria nacional catalana con delegación en Madrid o si acepta que su portavoz en el Congreso tenga autonomía política real. Y ahí duele. Duele porque toca poder, toca aparato y toca una de las grandes miserias de los partidos: hablan mucho de democracia interna hasta que alguien con votos propios decide usarla contra la dirección.
El conflicto viene de lejos. En el congreso de diciembre de 2024, Oriol Junqueras revalidó el liderazgo con el 52% de los votos de la militancia, frente al 42% de Nova Esquerra Nacional, que agrupó a las y los críticos. Diez puntos. No una paliza. No una unanimidad. Una fractura. Y esa fractura no se quedó en Barcelona ni en los documentos internos. Se trasladó al Congreso, a la estrategia, a las votaciones y a la relación entre quienes entienden ERC como una fuerza nacionalista de izquierda y quienes, como Rufián y Joan Tardà, empujan una línea más obrerista.
Ese es el hueso. La pelea no va de simpatías personales, aunque también. Va de qué ERC habla en Madrid. La que calcula cada gesto desde la lógica de partido nacional catalán o la que intenta construir una izquierda más amplia, con soberanistas, Comuns, CUP y fuerzas estatales. Rufián ha vuelto a abrir esa puerta. Incluso se ha mostrado dispuesto a encabezar una “confluencia, una colaboración o un espacio de unión” para maximizar resultados entre formaciones soberanistas y estatales. Dicho de otra forma: menos capilla, más frente político.
ERC RESPONDE CON APARATO, Y EL APARATO SIEMPRE HABLA IGUAL
La respuesta de la dirección republicana ha sido bastante reveladora. Una fuente de la cúpula lo dejó claro este jueves: “ERC es y quiere ser la izquierda nacional catalana, desde el centro izquierda hasta la extrema izquierda, no un partido a la izquierda del PSOE que nos convierte en minoritarios cuando no lo somos”. La frase parece una definición ideológica, pero también suena a miedo. Miedo a diluir siglas. Miedo a perder control. Miedo a que la izquierda deje de ser un decorado electoral y empiece a exigir coherencia material.
Porque esa es la trampa. Los partidos dicen querer sumar, pero siempre que la suma no altere quién reparte los puestos. Dicen querer unidad, pero solo si la unidad se arrodilla ante sus órganos internos. Dicen querer abrirse, pero con candado. El aparato siempre llama responsabilidad a conservar el mando.
La dirección de ERC recuerda que las listas se aprueban en asambleas territoriales y que la línea política se fija en congresos, ponencias y Consejo Nacional. Es verdad. Pero también es verdad que las direcciones influyen, empujan, ordenan y condicionan. La democracia interna existe, sí. Pero no nos hagamos las y los ingenuos: en los partidos, la democracia suele llegar ya bastante cocinada.
Rufián lo sabe. Por eso su órdago golpea donde más molesta. Si quiere repetir como cabeza de lista, quiere hacerlo con un equipo afín. Si quiere defender una alianza con Comuns y CUP en las generales en Cataluña, sabe que necesitaría controlar mejor la lista y el grupo. Y si ERC rechaza esa alianza “con contundencia”, como sostiene la dirección, el choque está servido.
En febrero, la secretaria general ya marcó la línea oficial: ERC se presentaría a las elecciones con sus siglas y únicamente en circunscripciones catalanas. Hace tres meses, Rufián negaba abrir una candidatura distinta. Ahora ya no lo niega con la misma claridad. Y eso ha desatado el malestar interno. No solo en la dirección, también entre cargos institucionales y representantes territoriales que ven su movimiento como un pulso público al partido.
Junqueras, de momento, no entra al choque. Estrategia pura. Mantiene la mano tendida para que Rufián siga siendo cabeza de lista, mientras otras voces internas consideran que está cruzando una línea política decidida por la militancia. La posición de Rufián, vinculada a la corriente Àgora Republicana de Joan Tardà, es minoritaria en las asambleas, según la lectura interna. Y ahí está el problema: puede ser minoritaria en el aparato, pero no necesariamente irrelevante fuera de él.
Sumar abre la puerta a negociar. Podemos pide respetar los “tiempos” de ERC. Cada cual se mueve con cuidado porque nadie quiere aparecer como quien roba una pieza ajena antes de que la pieza decida moverse sola. Pero la escena ya ha cambiado. Rufián ha puesto a ERC ante una contradicción incómoda: o acepta que su figura en Madrid tiene peso político propio o la reduce a portavoz disciplinado de una línea que ya no controla del todo.
Y mientras tanto, la izquierda vuelve a enseñar sus costuras. Mucha épica, mucha bandera, mucha identidad, pero al final siempre aparece la misma pregunta vulgar y decisiva: quién manda, quién firma las listas y quién decide hasta dónde se puede desobedecer al jefe. La política institucional tiene una habilidad obscena para convertir las grandes causas en una pelea por el bolígrafo.
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