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Cuando la humillación se emite en prime time y se disfraza de cita cultural, el problema no es un lapsus, es un sistema.

El 11 de febrero, en pleno prime time, en uno de los programas con más audiencia del Estado, una tertuliana decidió reducir a otra mujer a “la mitad tonta y la mitad tetas”. Ocurrió en El Hormiguero, ante la mirada cómplice o al menos indulgente de quienes compartían mesa. La autora del comentario fue Rosa Belmonte. La aludida, aunque no se la nombró explícitamente, era Sarah Santaolalla, tertuliana de En boca de todos, quien horas antes había calificado de “traidor” a Felipe González por sus ataques al Gobierno.
No fue un exabrupto en un bar. No fue una discusión privada. Fue televisión en horario de máxima audiencia. Fue cultura de masas. Fue un programa que se autodefine como “familiar”. Y fue, sobre todo, una muestra descarnada de cómo opera el machismo mediático cuando se siente cómodo.
EL MACHISMO COMO ESPECTÁCULO
El contexto importa. En la mesa estaban Juan del Val, María Dabán, Rubén Amón y la propia Belmonte. El conductor, Pablo Motos, introdujo el debate recordando que en otra cadena una tertuliana había llamado “traidor” a Felipe González. Belmonte preguntó quién era. Y lanzó la frase.
Hubo un silencio incómodo. Alguna sonrisa. Una risa contenida. Una advertencia jocosa sobre la viralidad que vendría. Y después, nada. Se pasó página. Como si convertir a una analista política en un cuerpo fragmentado fuera un simple guiño cultural.
Belmonte intentó justificarse atribuyendo la frase a la serie La maravillosa señora Maisel. Como si citar ficción blanqueara el insulto. Como si el machismo fuera menos machismo por tener referencia audiovisual.
No era una crítica política. No era un debate ideológico. Era una descalificación basada en el físico y en la supuesta incapacidad intelectual. La fórmula clásica. La vieja división patriarcal entre cerebro y cuerpo, entre legitimidad y objeto.
No es un caso aislado. Hace semanas, una política del PP atacó a Santaolalla aludiendo a sus “fotos enseñando los cocos”. Santaolalla ha denunciado amenazas de muerte. Ha señalado el acoso sufrido por parte del agitador ultra Vito Quiles. La violencia no es nueva. Lo nuevo es la naturalización en plató.
Cuando el machismo se pronuncia en televisión y se responde con risas, deja de ser un desliz individual y se convierte en pedagogía social.
LA VIOLENCIA SISTEMÁTICA EN PRIME TIME
Santaolalla respondió en redes. Denunció que fue “humillada nuevamente por su aspecto físico” en un programa familiar. Señaló algo clave: “No fue en un callejón, fue en la tele”. Esa frase retrata el núcleo del problema.
La violencia simbólica no necesita golpes. Necesita altavoces. Necesita cámaras. Necesita normalización. Y la televisión comercial, obsesionada con la audiencia y la polémica rentable, sabe que el escándalo vende.
La secretaria de Igualdad del PSOE lo dijo con claridad: convertir un plató en un estercolero no educa a nadie. Pero la cuestión va más allá de un partido. Es estructural. Es la industria del espectáculo funcionando con lógicas de mercado donde la humillación es contenido y el morbo, moneda.
La televisión privada vive de la publicidad. La publicidad vive de la audiencia. Y la audiencia se alimenta de conflicto. En ese engranaje, las mujeres que opinan con firmeza son objetivos fáciles. Se las ridiculiza por su tono. Se las sexualiza por su imagen. Se las desacredita por existir.
No es casual que el ataque se produzca cuando una mujer llama “traidor” a un expresidente histórico. El mensaje implícito es claro: opina, pero no demasiado. Critica, pero con suavidad. Molesta, pero sin molestar.
El machismo mediático no es una anomalía. Es una herramienta disciplinaria. Marca los límites de lo tolerable. Recuerda a las mujeres que el espacio público sigue teniendo dueños simbólicos.
Y cuando quien conduce el programa no corta en seco el comentario, cuando la mesa sonríe, cuando se apela a una serie para minimizar el daño, el mensaje se amplifica: todo vale si genera conversación.
Belmonte pidió disculpas más tarde. Dijo que fue “espontáneo”. La espontaneidad no surge del vacío. Surge de una cultura que permite que lo que se piensa pueda decirse sin prever consecuencias. Surge de un entorno donde las mujeres llevan años siendo convertidas en objeto de mofa sin que el sistema tiemble.
La cuestión no es si una frase fue afortunada o no. La cuestión es por qué sigue siendo rentable el desprecio hacia las mujeres que incomodan.
La televisión no es un espejo neutro. Es una fábrica de sentido común. Y cuando ese sentido común legitima la humillación, no estamos ante una anécdota viral, estamos ante una maquinaria que sigue funcionando con combustible patriarcal.
Porque cuando el insulto se disfraza de cultura y la risa tapa la violencia, el plató deja de ser entretenimiento y se convierte en altavoz de la desigualdad.
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