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El país registra máximas disparadas en 47 provincias mientras se sigue tratando la crisis climática como si fuera una incomodidad meteorológica y no una factura política.
ESPAÑA ARDE EN MAYO Y NADIE PUEDE LLAMARLO NORMALIDAD
Los datos actualizados el 28 de mayo a las 13.00 horas no hablan de “un día raro”. No hablan de una anécdota. Hablan de un país atravesado por una anomalía térmica que ya no necesita metáforas: en las últimas 24 horas, 47 provincias han registrado temperaturas máximas mucho más altas de lo habitual para mayo. La cifra más alta aparece en Badajoz, con 38,6ºC. La máxima más baja, en Ceuta, con 23,6ºC. Mayo. No agosto. Mayo.
El mapa elaborado a partir de registros de la Agencia Estatal de Meteorología desde 1950, o desde el primer año posterior disponible, y analizado por elDiario.es, compara las máximas actuales con la media histórica del periodo 1981-2010. No es una sensación. No es “calor de toda la vida”. No es la frase de bar que tanto le gusta a quienes confunden memoria personal con ciencia. Es una ruptura medible, provincia por provincia, estación por estación.
Y el dato central es brutal: 2026 está siendo el año más cálido desde que existen registros en 7 provincias y el segundo más cálido en otra. En Girona, Álava y Zamora, las máximas de lo que va de año están +2,5ºC por encima de la media de referencia. Puede parecer poco para quien mira el termómetro como si mirara el precio de una caña. No lo es. En clima, +2,5ºC no es un matiz: es una grieta en la casa común.
La lista de anomalías deja poco margen para el autoengaño. Asturias y Lugo marcan +14,8ºC sobre la media de mayo. Zamora, también con +14,8ºC, bate récord de mayo desde 1950 con 36,0ºC. Ourense alcanza 37,4ºC, +14,5ºC. Álava, 33,6ºC, +14,3ºC, récord de mayo desde 1976. A Coruña, 32,0ºC, +13,9ºC. Salamanca, 34,2ºC, +13,6ºC. Badajoz, con sus 38,6ºC, queda +12,9ºC por encima de la media. Esto no es una ola simpática para llenar terrazas. Es un aviso escrito en grados.
El 27 de mayo se encadenaron récords que deberían abrir informativos, debates parlamentarios y expedientes de responsabilidad política. En Cabo Peñas, Asturias, se alcanzaron 32,8ºC, récord absoluto de temperatura, superando los 29,7ºC de 2003. En A Pobra de Trives, Ourense, 32,5ºC, récord de mayo frente a los 31,8ºC de 2012. En el Puerto de Navacerrada, Madrid, 26,1ºC, récord de mayo frente a los 25,4ºC de 2001. En Zamora, 36,0ºC, por encima de los 35,1ºC de 2025. En Salamanca, 35,0ºC, superando los 34,7ºC de 2001. Y sí, apenas un año después de otro récord. La normalidad ya no se rompe de vez en cuando. La normalidad está siendo sustituida.
LA CRISIS CLIMÁTICA NO CAE DEL CIELO: SALE DE UN MODELO ECONÓMICO
Hay 7 estaciones con la temperatura máxima más alta jamás registrada en mayo, 2 de ellas en capitales de provincia. En lo que va de año ya se han batido 34 récords de temperatura, 8 en capitales. A estas alturas, seguir hablando de “episodios” empieza a sonar a coartada. Episodio es una tormenta. Episodio es una tarde. Treinta y cuatro récords antes de terminar mayo son una estructura.
Y esa estructura tiene responsables. No responsables abstractos, no “la humanidad” como bloque cómodo para que las grandes empresas, los fondos, las petroleras, las constructoras y sus gobiernos de servicio se escondan detrás de las y los ciudadanos que pagan la luz, llenan la nevera como pueden y esperan un autobús bajo un sol que ya no perdona. La crisis climática no es democrática en sus causas ni en sus efectos. La provocan más quienes más ganan y la sufren antes quienes menos tienen.
Mientras las máximas se disparan, se sigue vendiendo crecimiento infinito, turismo masivo, macroproyectos, autopistas, hormigón, consumo energético sin límite y una economía diseñada para quemarlo todo menos los beneficios empresariales. Luego llegan las campañas institucionales: hidratarse, evitar salir en las horas centrales, bajar persianas. Consejos útiles, sí. Pero insultantes cuando sustituyen a la política real. No se puede pedir prudencia individual mientras se protege la imprudencia industrial.
Las y los trabajadores de la construcción, del campo, de la limpieza, del reparto, de la hostelería o de los cuidados no viven el calor como postal. Lo viven en el cuerpo. Lo viven con turnos, salarios bajos, pisos mal aislados, barrios sin sombra y transporte público insuficiente. Las niñas y los niños lo vivirán en patios convertidos en planchas. Las personas mayores, en viviendas que fueron diseñadas para otro clima. Las enfermeras y enfermeros, en urgencias tensionadas. Las y los docentes, en aulas donde enseñar será también resistir al bochorno. La temperatura también es clase social.
La última década confirma una tendencia que atraviesa todas las provincias. Los gráficos inspirados en las “rayas climáticas” popularizadas por el científico Ed Hawkins muestran una deriva sostenida: las máximas suben, el patrón cambia, el país se calienta. No hay provincia al margen. Interior, sur, Mediterráneo, Ebro, Cantábrico, Canarias. Todo aparece atravesado por la misma señal. La crisis climática llega a toda España, pero no llega como una postal apocalíptica de Hollywood. Llega en mapas, en noches insoportables, en cosechas dañadas, en récords que duran cada vez menos.
Lo obsceno no es solo el calor. Lo obsceno es la tranquilidad con la que se administra. Como si bastara con abrir refugios climáticos mientras se mantiene intacto el modelo que fabrica la emergencia. Como si la política pudiera limitarse a repartir botellas de agua después de décadas repartiendo licencias, subvenciones y permisos a quienes han convertido la atmósfera en vertedero.
España no está ante un verano adelantado: está ante una advertencia ignorada demasiadas veces por demasiados gobiernos al servicio de demasiados intereses. El termómetro ya ha hablado; ahora falta saber cuántos poderosos seguirán fingiendo sordera mientras el país se quema.
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