Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La presión social y económica empuja a replantear sistemas fiscales donde quienes más tienen empiecen, por fin, a pagar más
La escena se repite. En Madrid, en Nueva York, en cualquier gran ciudad donde el precio de la vivienda y la desigualdad avanzan sin freno. “Tienen que pagar más los que más casas acaparan”. La frase, pronunciada por Manuela Bergerot en la Asamblea madrileña, no es solo una consigna política. Es un síntoma. Algo se está moviendo.
La propuesta de convertir el IBI en un impuesto progresivo, que grave con más intensidad a quienes acumulan patrimonio inmobiliario, conecta con iniciativas similares al otro lado del Atlántico. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, planteó recientemente gravar las segundas viviendas de las personas más ricas para financiar servicios públicos. No es casualidad. Es tendencia.
Ese movimiento encaja con un debate que lleva años gestándose y que ahora gana fuerza: cómo construir sistemas fiscales más justos. O dicho de forma menos diplomática, cómo evitar que los de siempre sigan sosteniendo el sistema mientras otros apenas contribuyen.
El economista Juan Gimeno lo resume sin rodeos: el problema no es solo técnico, es político. Y también moral. Según explica, los ultrarricos no solo pagan menos de lo que deberían, sino que en muchos casos lo hacen en proporción inferior a la de las clases medias y trabajadoras. No es una percepción. Es un patrón que se repite en distintos países.
Y la paradoja es evidente. Mientras crece el consenso social sobre la necesidad de gravar más la riqueza, las reformas avanzan con lentitud. Muy lentas. Demasiado.
Una desigualdad que ya no se puede esconder
Los datos son difíciles de ignorar. Según un informe reciente de Oxfam Intermón, unas 3.000 personas concentran una parte desproporcionada de la riqueza global. Desde la pandemia, su patrimonio ha aumentado un 81%. Sí, un 81%. Mientras tanto, millones de hogares siguen ajustando cuentas para llegar a fin de mes.
El diagnóstico no es nuevo. Pero ahora pesa más. La deuda pública acumulada tras la pandemia, el envejecimiento de la población y el coste creciente del Estado del bienestar obligan a buscar ingresos. No hay muchas opciones. O se recorta, o se redistribuye.
Ahí es donde entra el debate fiscal. Ministros de Hacienda como Arcadi España y Dario Durigan han defendido abiertamente la necesidad de aumentar la tributación de los superricos. Antes lo hizo también Joe Biden. Incluso el Fondo Monetario Internacional reconoce que la política fiscal es clave para reducir desigualdades, aunque luego sus recomendaciones sean mucho más tímidas.
En paralelo, crecen las voces desde la propia élite económica. Movimientos como Tax the Rich o colectivos como Patriotic Millionaires —integrados por millonarios del G-20— llevan años reclamando lo mismo: que se les cobre más. No por altruismo, sino por estabilidad. Porque saben que un sistema desigual acaba rompiéndose.
Y aun así, cuesta. Cuesta mucho.
El sistema fiscal que no corrige, sino que reproduce
España no es una excepción. Según los técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), una gran fortuna que ingresa 1 millón de euros en dividendos puede tributar a un tipo efectivo del 26,78%. Es prácticamente el mismo porcentaje que paga una persona con ingresos de 42.092,64 euros. La comparación no necesita interpretación. Se explica sola.
Los mecanismos son conocidos: sociedades interpuestas, sicav, estructuras empresariales diseñadas para reducir la carga fiscal. No es ilegal en muchos casos. Pero tampoco es neutral. Genera un sistema en el que la progresividad se diluye.
El último Observatorio de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada confirma la tendencia: el 1% más rico soporta un tipo efectivo inferior al de la mayoría de contribuyentes, salvo el 40% más pobre. Es decir, la desigualdad también se reproduce en los impuestos.
Frente a eso, propuestas como la del economista Gabriel Zucman han ganado protagonismo. Su idea es sencilla: aplicar un impuesto anual del 2% a las grandes fortunas. El impacto sería significativo. A nivel global permitiría recaudar 250.000 millones de dólares al año. En España, unos 5.200 millones de euros.
No es una cifra menor. Pero tampoco es solo una cuestión de dinero. Es una cuestión de modelo.
Porque, como advierte Oxfam Intermón, el problema no es únicamente cuánto se recauda, sino cómo. Hoy, los sistemas fiscales dependen en gran medida de impuestos al consumo, que afectan más a quienes menos tienen. Mientras tanto, las rentas del capital siguen disfrutando de un trato más favorable.
El resultado es un equilibrio frágil. Una ciudadanía que soporta el esfuerzo fiscal mientras grandes concentraciones de riqueza quedan, en buena medida, fuera del radar.
Y aun así, las reformas llegan con cuentagotas. El propio FMI apenas ha incluido propuestas sobre tributación de la riqueza en un 3% de sus recomendaciones a gobiernos. Un dato que explica por qué el cambio se percibe tan lejano.
En ese contexto, España ha dado algunos pasos, como el Impuesto Temporal de Solidaridad de las Grandes Fortunas, que afecta a patrimonios superiores a 3 millones de euros. Pero el debate sigue abierto. Y sin coordinación internacional, las soluciones nacionales tienen límites claros.
Porque el problema es global. Y las herramientas, todavía, no lo son.
La discusión ya no gira en torno a si los ultrarricos deben pagar más. Esa fase está superada. La cuestión es otra. Más incómoda. Más directa. Por qué, sabiendo todo esto, siguen sin hacerlo.
Y quién está dispuesto a cambiarlo de verdad.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir