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Cuando el entretenimiento se disfraza de neutralidad para hacerle el trabajo sucio a la derecha, deja de ser televisión inocente y empieza a ser poder político con risas enlatadas.
UN PLATÓ PARA HACER OPOSICIÓN SIN PARECERLO
El Hormiguero hace tiempo que dejó de ser solo un programa de entretenimiento. O, mejor dicho, hace tiempo que el entretenimiento se convirtió allí en una excusa perfecta para otra cosa. Un decorado amable. Una mesa cómoda. Dos hormigas. Un presentador que se coloca como sentido común nacional. Y, alrededor, una maquinaria capaz de convertir la política en sobremesa emocional, la crítica al Gobierno en chascarrillo y la propaganda conservadora en conversación de bar con presupuesto millonario.
La visita de Alberto Núñez Feijóo el 17 de junio no fue una anécdota. Fue una postal. El líder del PP acudió al programa en una semana diseñada para cargar contra el Gobierno, con el caso Plus Ultra, con Zapatero declarando ante el juez y con la oposición repitiendo su mantra favorito: España arde, Sánchez se esconde, la derecha viene a restaurar la decencia. Todo muy espontáneo. Todo muy natural. Todo cuidadosamente colocado.
Feijóo ya había pasado por El Hormiguero el 28 de junio de 2023, semanas antes de las elecciones generales del 23 de julio. Aquella entrevista no fue precisamente una emboscada. Fue más bien un masaje político con iluminación cálida. Tres años después, el formato vuelve a funcionar como refugio, escaparate y sala de maquillaje ideológico. Feijóo no va allí solo a responder preguntas. Va a parecer presidenciable. Va a parecer humano. Va a parecer divertido. Va a hacer campaña sin que parezca campaña.
Y ahí está la trampa. No hace falta que un programa pida el voto explícitamente para operar como actor político. Basta con elegir los marcos. Basta con decidir a quién se interrumpe y a quién se acompaña. Basta con convertir la sospecha sobre la izquierda en clima permanente y la dureza contra la derecha en cortesía institucional. La televisión no siempre manipula mintiendo. A veces manipula afinando el sofá.
Durante los años de Gobierno progresista, El Hormiguero ha ido consolidando un papel muy concreto: el de altavoz emocional de una parte de la oposición. No porque todos sus invitados sean del PP o de Vox. No hace falta. El sesgo moderno no funciona así. Funciona por acumulación. Por bromas. Por preguntas cargadas. Por silencios. Por el tono. Por esa capacidad de Pablo Motos para presentarse como ciudadano indignado cuando habla de Sánchez y como anfitrión comprensivo cuando la derecha se sienta enfrente.
El caso del IVA de los libros fue bastante revelador. El 15 de abril, Motos y Sonsoles Ónega criticaron que los libros tributasen al 21%, cuando en realidad tributan al 4%. El dato era falso. Pero el mecanismo era muy real: se lanza una indignación en prime time, se enciende al público, se fabrica una causa y después ya veremos. La mentira no necesita durar mucho para hacer daño. Le basta con sonar convincente durante unos minutos.
El problema no es equivocarse. Todas y todos pueden equivocarse. El problema es equivocarse siempre en la misma dirección política, desde una plataforma descomunal y con una seguridad de tertulia de sobremesa convertida en sentencia nacional.
ENTRETENIMIENTO, AUDIENCIA Y PODER POLÍTICO
El Hormiguero no es un programa pequeño. No hablamos de una charla perdida en una esquina de la televisión. Según datos de Atresmedia Publicidad, cerró 2025 como el programa más visto de la televisión por undécimo año consecutivo, con más de 32 millones de personas que lo vieron en algún momento del año, una media de más de 1,9 millones de espectadores y espectadoras, 4,3 millones de espectadores únicos diarios y un 15,2% de cuota media. Eso no es entretenimiento inocente. Eso es una infraestructura de influencia.
Y no acaba en la televisión. El programa presume de 2 millones de seguidores en X, 3,7 millones en TikTok, más de 4 millones en Facebook y más de 2,6 millones en Instagram. Cada corte viaja. Cada frase se trocea. Cada gesto se convierte en munición. Lo que antes era una entrevista de noche ahora es contenido político reciclado durante días. El poder ya no solo está en lo que se emite. Está en lo que se viraliza.
Por eso resulta tan obsceno fingir neutralidad. Cuando un programa con esa audiencia decide instalar determinados marcos, no está simplemente “opinando”. Está participando en la construcción del clima político. Está ayudando a decidir qué enfada, qué se perdona, quién parece culpable antes de ser juzgado y quién recibe siempre una segunda oportunidad con sonrisa.
Marc Giró lo dijo en el propio plató el 6 de marzo, con esa mezcla de humor y bisturí que a veces hace más daño que un editorial: allí se hila muy fino con Pedro Sánchez y muy poco con la ultraderecha. La frase molestó porque tocaba hueso. Porque señalaba lo que muchas y muchos espectadores ya perciben desde hace años: una doble vara convertida en estilo de programa.
las caras de los espectadores habituales de el hormiguero viendo la entrevista a Marc Giró debe ser un cuadro JSJSJ pic.twitter.com/F3jDLrlPt3
— ☂️ (@oleemequivocao) March 5, 2026
A la izquierda se le exige pureza, explicación, contención, autocrítica permanente. A la derecha se le concede contexto, humanidad, margen de error y hasta ternura escénica. Si gobierna la izquierda, todo es sospecha. Si aspira a gobernar la derecha, todo es regeneración, decencia y sentido de Estado. Es el viejo truco de siempre, pero con mejor escenografía.
Y sí, El Hormiguero puede entrevistar a artistas, deportistas, escritoras, científicos, actrices y cantantes. Puede hacer juegos, experimentos, bromas y bailes. Nadie discute eso. Precisamente por eso funciona tan bien como artefacto político. Porque la propaganda más eficaz no llega siempre con uniforme. A veces llega con una taza, un aplauso y una pregunta formulada como quien no quiere la cosa.
El problema no es que Pablo Motos tenga ideología. Todas y todos la tenemos. El problema es vender como sentido común lo que es una agenda. El problema es convertir un programa de máxima audiencia en una cinta transportadora de marcos reaccionarios mientras se acusa a los demás de politizarlo todo. El problema es que, cuando la televisión privada se disfraza de pueblo, demasiadas veces lo que habla no es el pueblo. Habla el accionariado. Habla la comodidad del poder. Habla la España que llama libertad a que manden los de siempre.
El Hormiguero puede seguir llamándose entretenimiento. Puede seguir invitando a famosos, fabricando titulares y vendiendo naturalidad. Pero conviene decirlo claro: cuando un plató se convierte en refugio amable de la oposición y en trituradora cotidiana del Gobierno progresista, ya no estamos ante un simple programa de televisión. Estamos ante una pieza más de la maquinaria política de la derecha.
Y las hormigas, por mucho que hagan chistes, también cargan peso.
FUENTES:
- publico.esFeijóo en ‘El Hormiguero’ el día que declara Zapatero: el líder del PP quiere ser divertido frente a un PSOE en horas bajas | Público
- antena3.comAlberto Núñez Feijóo pretende devolver «la decencia» a la política si llega al Gobierno de España
- atresmediapublicidad.comATRESMEDIA PUBLICIDAD | ‘El Hormiguero’ cierra 2025 como el programa más visto de la TV por undécimo año consecutivo
- publico.esPablo Motos y Sonsoles Ónega critican en ‘El Hormiguero’ que el IVA de los libros sea del 21% (pero es del 4%): «Otra mentira en ‘prime time'» | Público
- sede.agenciatributaria.gob.esTipo impositivo reducido del 4 por ciento29 Sept 2025 — No se aplica el tipo reducido a los artículos y aparatos electrónicos ni al material escolar, excepto a las partituras, mapas y cuadernos de …Read more
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