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Mientras Washington, Tel Aviv y Teherán venden relatos de victoria, Islamabad cobra prestigio diplomático entre ruinas, petróleo y cadáveres.
LA PAZ COMO NEGOCIO DE QUIEN NO PONE LOS MUERTOS
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ya tiene un ganador inesperado. No es Washington. No es Tel Aviv. Ni siquiera Teherán, aunque haya logrado sobrevivir políticamente y convertir el estrecho de Ormuz en una palanca de presión mundial. El gran beneficiado es Pakistán, ese tercer actor que se colocó en el centro del tablero como mediador mientras el resto hacía lo de siempre: bombardear, amenazar, bloquear, negociar sobre escombros y llamar “diplomacia” a lo que antes fue destrucción planificada.
La paradoja es obscena. Casi cuatro meses después de que Estados Unidos e Israel lanzaran su ofensiva contra Irán, Washington y Teherán preparan el cierre formal del conflicto mediante un acuerdo de paz previsto para el 19 de junio, con Pakistán sentado en la sala y presidiendo la firma en Ginebra. El país que comparte unos 900 kilómetros de frontera con Irán, que depende del crudo que atraviesa el Golfo Pérsico y que conserva una relación militar histórica con Washington aparece ahora como arquitecto de la paz. La paz, claro, llega después de miles de muertos, una crisis energética mundial y una región empujada otra vez al borde de una guerra mayor.
El capitalismo armado primero rompe el tablero y después premia a quien consigue volver a colocarlo sobre la mesa. Esa es la escena. Israel bombardea. Estados Unidos bloquea. Irán resiste. Los mercados tiemblan. El precio del petróleo sube y baja como si la vida de millones de personas fuera una gráfica de inversión. Y, cuando la sangre ya ha hecho su trabajo, aparece la firma, la foto, la ceremonia, el comunicado solemne. La guerra como trámite previo al contrato.
El acuerdo tiene algo de déjà vu grotesco. Irán ya había aceptado un pacto nuclear hace más de 10 años, el acuerdo de 2015 negociado con el formato 5+1. Trump se retiró unilateralmente durante su primer mandato, dinamitó el marco diplomático y dejó sembrado el terreno para una escalada que ahora pretende vender como solución. El pirómano vuelve con una manguera y pide aplausos.
Ahora Irán vuelve a comprometerse con la no proliferación nuclear. El estrecho de Ormuz vuelve a abrirse. Los fondos iraníes bloqueados entran en la negociación. Y los países de la región implicados en esta arquitectura de guerra tendrán que participar en la reconstrucción de lo destruido por los bombardeos. Brillante. Primero se destruye, luego se financia la reconstrucción, después se llama estabilidad regional. La industria de la guerra y la industria de la reconstrucción son dos puertas del mismo edificio.
Hay datos que explican por qué nadie debería tragarse el relato limpio de la victoria occidental. Funcionarios del Pentágono informaron al Congreso de que más del 80% de la base industrial iraní vinculada a misiles, drones y defensa naval fue destruida o dañada. Es una victoria militar, sí. Pero solo si se acepta la lógica enferma de medir el éxito en toneladas de metal reventado. Porque Irán no cayó. Su régimen sobrevivió. Su programa nuclear no fue eliminado. Y su capacidad de condicionar el paso por Ormuz quedó más clara que nunca.
Ormuz no es un detalle en el mapa. Por allí transita aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas del mundo. Una quinta parte. Irán ha salido de esta guerra convertido, de facto, en guardián amenazante de ese cuello de botella energético. Puede que haya perdido infraestructura. Puede que haya perdido mandos. Puede que haya sufrido una devastación brutal. Pero ha ganado una influencia económica que antes no tenía con esa intensidad. Esa es la clase de contradicción que los editoriales atlantistas prefieren esconder bajo una alfombra con olor a queroseno.
PAKISTÁN COBRA LA FOTO MIENTRAS NETANYAHU PIERDE EL RELATO
Pakistán no ha llegado aquí por casualidad. Islamabad era aceptable para Irán por vecindad, útil para Estados Unidos por décadas de relación militar y observado con atención por Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, de las que depende económica y estratégicamente. Era el mensajero perfecto para una guerra que nadie quería reconocer como fracaso.
No fue una negociación clásica, con delegaciones sentadas en una misma mesa y cafés fríos acumulándose junto a carpetas diplomáticas. Fue una diplomacia de traslados, llamadas, mensajes cruzados y equilibrios precarios. Shehbaz Sharif, Ishaq Dar y Asim Munir moviéndose entre Islamabad, Teherán, Pekín, Riad y otros centros de poder para sostener un canal que podía romperse con cada bombardeo, cada amenaza sobre Ormuz y cada exigencia sobre el programa nuclear iraní. Diplomacia de pasillo. Diplomacia de emergencia. Diplomacia sobre cadáveres.
El ministro de Exteriores paquistaní, Ishaq Dar, lo ha vendido como “compromiso diplomático sostenido” y como triunfo del diálogo frente a la confrontación. Muy bonito. Muy pulcro. Muy de comunicado oficial. Pero la realidad es más áspera: Pakistán ha conseguido reforzar su papel internacional en medio de una carnicería ajena. Ha convertido su posición geográfica, sus relaciones militares y sus dependencias económicas en capital diplomático. Y eso, en el mundo real, vale más que muchos discursos sobre la paz.
No es la primera vez. En 1971, Pakistán facilitó el viaje secreto de Henry Kissinger a Pekín, pieza clave en el deshielo entre Estados Unidos y China. Ahora añade otra muesca a su historial de intermediario entre enemigos. Otra foto. Otro gesto. Otra medalla en el pecho del Estado que sabe moverse entre imperios sin fingir demasiada inocencia.
El perdedor más visible es Benjamin Netanyahu. Israel no logró eliminar el programa nuclear iraní y queda más aislado diplomáticamente. Su maquinaria militar hizo daño, mucho daño, pero no consiguió el objetivo político central. Y cuando una potencia bombardea durante meses, mata, destruye y aun así no logra imponer el resultado que prometió, lo que queda no es victoria. Queda propaganda.
Estados Unidos tampoco puede cantar victoria. No logró el cambio de régimen. No eliminó la influencia iraní sobre Ormuz. No cerró el problema nuclear. Solo fabricó otra guerra para regresar, meses después, a una versión deteriorada de aquello que ya existía antes de que Trump lo rompiera. La superpotencia incendió la casa y ahora presume de haber encontrado la puerta de salida.
Y en medio quedan las y los civiles iraníes, libaneses, palestinos, afganos, las familias desplazadas, las trabajadoras y trabajadores golpeados por la inflación energética, las personas que no salen en las ceremonias, ni en las fotos, ni en los análisis de think tanks. Porque la pregunta sobre quién gana una guerra siempre tiene truco. Ganan los Estados que se reposicionan. Ganan las empresas que reconstruyen. Ganan los mercados que especulan. Ganan los ejércitos que justifican más presupuesto. Pierden quienes entierran a sus muertos.
Pakistán puede ser el gran ganador geopolítico. Irán puede haber sobrevivido. Estados Unidos puede maquillar su retirada. Israel puede seguir gritando amenaza existencial mientras ocupa, bombardea y se aísla. Pero la verdad sigue debajo de todo ese lenguaje diplomático: cuando una guerra necesita un vencedor, es porque ya ha derrotado a la humanidad.
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