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Josefine Table | Divulgadora de Historia
Francis Fukuyama anunciaba hace 32 años el fin de la Historia. El colapso de la Unión Soviética en 1991 fue para muchos teóricos liberales “la caída del comunismo” y quedarse sin contrincante fue interpretado como una victoria sin parangón. El proceso de evolución histórica había culminado y su resultado era la democracia liberal occidental. No existía alternativa capaz de mejorar la situación social. Esta afirmación supone a día de hoy más bien una amenaza.
El neoliberalismo (también la democracia liberal occidental) no ha traído consigo precisamente buenas nuevas. Sus promesas de progreso ilimitado, crecimiento económico constante y mayor libertad individual han sido simplemente falsas. Al contrario, su intensificación durante las últimas décadas ha supuesto la privatización de servicios públicos (y la degradación de los mismos), el encarecimiento de la vivienda, el aumento y el blindaje de las desigualdades, la precarización del trabajo, el desastre ambiental y las crisis periódicas. Sanidad, educación y vivienda se han convertido en nichos de mercado especialmente lucrativos.
Estas condiciones insostenibles a las que nos aboca el neoliberalismo se están manifestando a través de una crisis global del capitalismo y de la democracia liberal. No debería pillarnos por sorpresa, era lo esperable de un sistema que antepone el crecimiento económico a las condiciones en las que se desarrolla la vida social, política y económica de la mayor parte de su población.
La pauperización de las políticas públicas y condiciones sociales ha crecido paralelamente al intento de desarticular cualquier movimiento social a través de la violencia, la alienación y la mentira de las clases medias. Desactivar la respuesta del sector social más poderoso, el de la clase trabajadora, permite mantener el statu quo y, especialmente, convertir las decisiones políticas de los grandes organismos internacionales (FMI, BM, OMC, OCDE) en una “revolución social” dirigida por y para los intereses del poder económico. Puesto que ya no existe la amenaza de un modelo alternativo, las políticas públicas se convierten ahora en un lujo del que es posible prescindir.
La degradación de la situación social, la distorsión de la conciencia de clase de gran parte de los y las trabajadoras (ahora identificados con las “clases medias”) y los intentos de desarticular los movimientos sociales han convertido a muchos ciudadanos en carne de cañón para la extrema derecha. Y no es casualidad. El sistema capitalista ha conjugado esta situación con esfuerzos constantes de crear una sociedad egoísta e individualista, que desprecie las causas comunes y que despoje de la identidad de clase. Una masa de trabajadores que se autoperciben como clases medias se encuentran sin herramientas para analizar las causas de su situación y hacer frente al empeoramiento de sus condiciones.
Este malestar se ha materializado, entre otras cosas, a través de una desafección política que ha llevado, por un lado, a una abstención cada vez mayor y, por otro, a un crecimiento de la extrema derecha a nivel mundial. Una extrema derecha capaz de reactivar un discurso populista que responsabiliza de muchos de estos problemas a un chivo expiatorio, en este caso, al inmigrante pobre procedente del continente africano; o al rojo subversivo que pretende acabar con la estabilidad nacional. Es decir, una extrema derecha que miente y que enmascara las causas de la grave crisis actual.
Pero frente a los discursos populistas de la extrema derecha, hay que plantear la realidad. El problema de la vivienda, de la sanidad, la crisis migratoria, el aumento de las desigualdades, el cambio climático y las crisis económicas no son fenómenos insólitos y aislados entre sí, son consecuencias directas del sistema capitalista. Según el informe de Oxfam Multilateralismo en una era de oligarquía global el 1% posee más riqueza que el 95% de la población mundial. Para que esto siga siendo así, el resto debe seguir siendo pobre y, por tanto, se especulará con la vivienda, se convertirá la sanidad y la educación en un bien de mercado al alcance de unos pocos, se seguirá haciendo imposible la vida en países que sirven de almacén a las potencias hegemónicas, se blindarán desigualdades, se continuará degradando las condiciones habitables del planeta y el sistema económico seguirá colapsando en crisis periódicas que nos asfixian.
Es fundamental ponerle nombre y apellido a la situación actual y entender que no se va a solucionar ninguna de las casuísticas ya mencionadas mientras siga existiendo el sistema capitalista en cualquiera de sus variantes. Lo que vivimos en estos tiempos no es más que una de las tantas crisis sistémicas del capitalismo. No es la primera ni será la última. El sistema capitalista alberga contradicciones fundamentales e ineludibles que explotan cada cierto tiempo. Estas seguirán dándose hasta el colapso total y completo del sistema y, con él, nosotros y nosotras.
Hay que atajar la coyuntura con determinación y radicalidad, las medias tintas no nos permiten ponerle fin al desastre en el que vivimos. Mientras el capitalismo siga existiendo, la clase trabajadora seguirá sobreviviendo a duras penas. Hay que hacer algo. No se trata simplemente de resistir ante el capitalismo, sino de combinarlo con la puesta en marcha de una alternativa a este sistema. Nos han repetido hasta la saciedad que no existe una alternativa mejor, pero esto no es más que un intento falaz de desarticular los movimientos sociales y las luchas colectivas. Sí existen alternativas mejores, y estas no vendrán de la mano de una socialdemocracia insuficiente y colaboradora con el sistema. Para ello, las herramientas socialistas serán elementales si queremos construir una nueva realidad humanamente valiosa y sostenible.
Por tanto, lo que llegó con la imposición del neoliberalismo y la democracia liberal occidental no fue el fin de la Historia como afirmó Fukuyama, sino más bien el fin de la humanidad si este se mantiene en el tiempo. El sistema está colapsando ecológica, social, política y económicamente, pero para algunos es más sencillo imaginar antes el fin del mundo que el fin del capitalismo. Como dijo el gran pensador marxista Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Que no se nos olvide que la posibilidad de cambiar el sistema reside en nosotras.
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