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Mientras muere uno de los mayores genios de la música, Trump se pasea entre tanques. Dos visiones irreconciliables del mismo país.
LA AMÉRICA QUE CANTABA Y LA QUE DISPARA
Acaba de morir Brian Wilson. Y con él se apaga una de las voces más luminosas de la historia de la música popular. No solo de Estados Unidos. Del mundo.
A los 82 años, el fundador de los Beach Boys ha dejado este mundo. El compositor de Pet Sounds, de God Only Knows, de Good Vibrations, de himnos que aspiraban —en plena Guerra Fría— a conectar sensibilidades y a tejer puentes a través de la belleza, el ritmo y la emoción más pura.
Y mientras esto ocurre, Donald Trump celebra su cumpleaños en Washington con un grotesco desfile de tanques y banderas. Un despliegue de fuerza que parece sacado de la peor pesadilla de Eisenhower, no de los ideales que en su día quisieron proyectar los Estados Unidos.
Dos imágenes. Dos visiones del país. La América que cantaba frente a la que dispara.
DE PET SOUNDS A LOS MUROS DE HORMIGÓN
No hay que idealizar la historia. Brian Wilson nunca fue un ingenuo. Vivió sus propios infiernos: abuso familiar, problemas de salud mental, adicciones, aislamiento. Pero su música hablaba de otra cosa. De un horizonte posible. De un país donde la juventud, la creatividad y la belleza podían ser universales.
Wilson componía para todo el mundo. No para un “América primero”. No para un blanco primero. No para un Pentágono primero.
Pet Sounds no era solo un disco. Era una declaración de intenciones. Una América que no necesitaba imponer miedo ni levantar muros. Que prefería seducir al mundo con canciones que mezclaban lo clásico y lo moderno, lo local y lo global.
Mientras Trump alimenta la nostalgia por una América reaccionaria, supremacista y profundamente militarizada, Wilson representaba el reverso: un país que podía ser abierto, sensual, vulnerable, incluso imperfecto, pero jamás opresivo.
El contraste hoy es brutal. A la misma hora que se anuncian homenajes a Wilson en todo el planeta, Trump organiza un grotesco show militar, como si el país necesitara más armas para compensar su profunda decadencia cultural.
La metáfora es demoledora: de la música a la propaganda militar. De los Beach Boys a los Boys Proud. De las armonías vocales a los cánticos de odio en los mítines. Del surf y el sol al asfalto y los tanques.
EL LEGADO DE WILSON Y LA DERROTA CULTURAL DEL TRUMPISMO
Hay algo que ni Trump ni sus seguidores podrán borrar: el legado cultural.
El mundo seguirá escuchando God Only Knows. Nadie recordará en 20 años los discursos de odio de Trump. Porque la cultura que permanece no es la que grita. Es la que emociona. La que construye un imaginario colectivo donde cabemos todas y todos.
Mientras la América trumpista se empeña en fracturar, la América de Wilson recordaba que los sueños compartidos —por imperfectos que sean— son más poderosos que los muros.
Hoy, en las redes sociales, God Only Knows es tendencia mundial. No lo son las proclamas militares de la extrema derecha estadounidense.
Mientras las y los jóvenes versionan Wouldn’t It Be Nice, mientras cineastas, artistas y músicos de todo el mundo rinden tributo a Wilson, la maquinaria del odio trumpista sigue girando en círculos, incapaz de generar nada que no sea resentimiento.
Porque, en el fondo, el trumpismo es eso: un proyecto profundamente anti-cultural. No busca crear. Solo destruir. No entiende el arte ni la belleza. Solo el control y el castigo.
Brian Wilson, con todas sus heridas y contradicciones, representaba lo contrario: la América que crea, que sueña, que comparte.
Esa América existe. Y resiste. En cada canción que se sigue escuchando. En cada estudiante que descubre hoy Pet Sounds. En cada persona que entiende que la música —como la democracia, como los derechos civiles— se defiende, precisamente, porque une en lugar de dividir.
Que no se engañe nadie: la batalla cultural no la va a ganar Trump. Ni los tanques. Ni las armas. Ni el supremacismo disfrazado de bandera. La historia ya ha elegido su banda sonora. Y no es la suya.
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