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El caos bursátil, el colapso de la deuda y la presión empresarial tumbaron en días la ofensiva arancelaria del presidente estadounidense
Donald Trump no aguantó ni una semana. Su ofensiva arancelaria global, lanzada con fanfarronería durante el llamado “Día de la Liberación”, acabó en una humillante retirada ante el pánico de los mercados. El presidente estadounidense decretó una tregua comercial de 90 días con todos los países salvo China, tras comprobar que su cruzada proteccionista arrastraba a Estados Unidos —y con él, a buena parte de la economía global— hacia la recesión.
La Bolsa se desplomó, los bonos del Tesoro —el activo refugio por excelencia— comenzaron a ser liquidados por los inversores y el dólar cayó con fuerza. La alarma se disparó cuando la rentabilidad de los bonos a 30 años superó el 5%, frente al 4,4% de la semana anterior, como recogió CNBC. El caos sembrado por la Casa Blanca empujó incluso a inversores extranjeros —con China a la cabeza— a deshacer posiciones de forma masiva, ante el temor de una crisis financiera inminente.
El sistema financiero estadounidense, sostenido por una montaña de deuda, no puede permitirse que su activo más sagrado —los bonos del Tesoro— sea percibido como riesgoso. Así lo advirtió el exsecretario del Tesoro Larry Summers, que habló de un riesgo real de colapso, según Reuters.
Trump reconoció la evidencia el miércoles. “Todo parecía bastante sombrío”, admitió. “La gente se estaba pasando un poco de la raya. Se estaban poniendo histéricos, ya sabes”. Era la forma de justificar una claudicación. Porque, hasta el día anterior, presumía de tener al mundo “besándole el culo” y se burlaba en cenas privadas de quienes pedían negociar.
La caída de los mercados fue brutal. Empresas como Nvidia vivieron subidas récord cuando Trump recitó su giro desde el podio: la tecnológica ganó 440.000 millones de dólares en capitalización en una sola sesión, la mayor revalorización diaria jamás vista en una empresa, como informó Bloomberg.
La retirada fue improvisada. Trump confesó que la decisión “probablemente se fraguó esta mañana temprano”. Luego publicó un tuit en el que anunciaba la suspensión de los aranceles recién activados: “He autorizado una PAUSA de 90 días y una reducción sustancial del arancel recíproco durante este período, al 10%”. Los carteles de la semana pasada quedaron en papel mojado.
ARANCELES, CAOS Y EL CAPRICHO COMO POLÍTICA ECONÓMICA
El viraje dejó en evidencia la improvisación crónica de su administración. Ni su equipo económico lo supo maquillar. La portavoz Karoline Leavitt intentó escudarse en El arte del acuerdo para justificar la decisión. Pero fue el miedo, no la estrategia, lo que marcó el paso. Stephen Miller, su director adjunto de Gabinete, aseguró sin rubor que estábamos viendo “la mayor estrategia económica maestra de la historia”. La mentira se derrumba cuando el propio presidente dice que actuó por “instinto”.
Mientras el S&P 500 subía un 9,5% y el Nasdaq un 12%, lo que queda tras el show es una política comercial errática, agresiva y sin rumbo. Trump endureció aún más su postura con China, elevando al 125% los aranceles a sus productos, como castigo por las represalias de Pekín. Es la mayor escalada arancelaria en más de un siglo, según The Guardian.
El resultado: inflación, encarecimiento del crédito, hundimiento del comercio global y un clima tóxico para la inversión. Las advertencias se acumulan. Jamie Dimon, presidente de JPMorgan, declaró en Fox News que, aunque el comercio internacional no era perfecto, hacía falta negociar acuerdos razonables: “La situación podría empeorar si no avanzamos en este sentido”.
Trump dejó la puerta abierta a exenciones arancelarias para las empresas más castigadas, en función de “instintos”. “Casi no puedes tomar un lápiz y un papel. Es más un instinto que cualquier otra cosa”, explicó sin inmutarse. Así se gobierna la primera potencia económica del mundo: a golpe de tripa y cálculo electoral.
Ni reindustrialización, ni acuerdos “fenomenales”. Trump ha retirado la mayoría de sus aranceles sin conseguir nada a cambio, debilitando su ya de por sí deslavazada capacidad negociadora. Ha demostrado que Estados Unidos no puede librar una guerra comercial global sin que el fuego le reviente en las manos.
Y, mientras los mercados celebran su tregua temporal, la economía real sigue sumida en la incertidumbre. Nadie sabe qué acuerdos llegarán ni si se respetarán. Las decisiones económicas están sujetas al humor del presidente. Y ningún inversor serio, ninguna empresa con proyección global, construye su estrategia sobre esa base.
Parte del daño ya es irreversible. Y ningún tuit podrá deshacerlo.
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