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La República Democrática del Congo afronta su decimoséptimo brote de ébola, con cerca de 750 casos y 177 muertes sospechosas desde el 24 de abril, mientras la ayuda internacional se recorta y la sanidad local se hunde.
UN BROTE FUERA DE CONTROL EN UN PAÍS ABANDONADO
El nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo no es solo una emergencia sanitaria. Es una acusación. Una acusación contra un orden internacional que siempre llega tarde a África, cuando llega. Una acusación contra los gobiernos que recortan ayuda y luego pronuncian discursos solemnes sobre cooperación. Una acusación contra un capitalismo global que decide qué vidas merecen titulares y cuáles pueden quedar sepultadas bajo estadísticas.
El país notificó hace una semana su decimoséptimo brote de ébola. La enfermedad, con una tasa de mortalidad que puede oscilar entre el 25% y el 90%, se transmite por fluidos corporales o materiales contaminados y puede provocar daños orgánicos, deterioro vascular y hemorragias graves. No hablamos de una alarma menor. Hablamos de un virus brutal avanzando sobre un territorio con hospitales desbordados, conflicto armado y una población que ya vive demasiado cerca del abandono.
Desde que la primera víctima conocida murió en Bunia, capital de Ituri, el 24 de abril, se han registrado cerca de 750 casos y 177 muertes sospechosas. El funeral en Mongbwalu, donde asistentes tocaron el cadáver, ayudó a propagar la enfermedad. Y aquí aparece una de las grietas más crueles: no basta con decir “costumbres funerarias” como si el problema fuera cultural y ya está. El problema es que una epidemia exige confianza, información, equipos sanitarios, presencia pública y recursos. Cuando todo eso falta, el miedo manda. Y el miedo desordena.
Trish Newport, de Médicos Sin Fronteras, relató que un equipo detectó casos sospechosos en el hospital Salama de Bunia, pero no encontró ninguna sala de aislamiento disponible. Todos los centros consultados estaban llenos. No había espacio. Esa frase debería pesar como una losa sobre las instituciones internacionales. No había espacio para aislar casos sospechosos. No había margen. No había red.
El 23 de mayo, un trabajador sanitario fue fotografiado desinfectando puestos de un mercado en Bunia. La imagen resume demasiado bien la escena: las y los sanitarios tratando de contener con medios limitados una enfermedad que se mueve más rápido que la respuesta global. Rose Tchwenko, de Mercy Corps, advirtió de que la velocidad de propagación es profundamente preocupante. Hama Amado, de Alima, fue todavía más claro: estamos lejos de poder decir que la situación está bajo control.
Y mientras tanto, el brote avanza en una zona remota, marcada por la violencia y por una cepa, la bundibugyo, para la que no existe vacuna ni tratamiento aprobado. Esa es la realidad. No el titular edulcorado. No la nota diplomática. La realidad.
RECORTES, GUERRA Y SANIDAD ROTA: LA EPIDEMIA PERFECTA
La expansión del ébola no cae del cielo. Tiene condiciones materiales. Tiene responsables políticos. Tiene una arquitectura de abandono.
Uno de los factores que agrava la crisis son los recortes en la ayuda internacional, impulsados en gran medida por la reducción de fondos aprobada por la administración estadounidense de Donald Trump. Y conviene decirlo sin rodeos: cuando se recorta ayuda en territorios devastados, no se recortan “partidas”. Se recortan camas, rastreos, equipos, salarios, ambulancias, aislamiento y vidas. La austeridad, aplicada a una epidemia, también mata.
El Comité Internacional de Cruz Roja publicó este año un estudio demoledor: más de la mitad de los centros sanitarios encuestados en Kivu del Norte y Kivu del Sur estaban dañados o destruidos, y casi la mitad había sufrido una importante salida de personal desde enero de 2025 por el conflicto y la inseguridad. Luego llegará alguien a decir que África necesita “resiliencia”. No. Lo que necesita es que dejen de convertir sus crisis en daños colaterales de la geopolítica, la deuda, la guerra y el negocio.
El 19 de mayo, al menos 17 personas murieron en un ataque de las Allied Democratic Forces contra aldeas cercanas a Mambasa, en Ituri. Zawadi Jeanne lo resumió con una precisión insoportable: se enfrentan a una doble guerra, la de las armas y la del brote. Esa frase debería abrir informativos. Pero ya sabemos cómo funciona el escaparate mediático: unas tragedias son urgentes, otras son paisaje.
El jueves 21 de mayo, una multitud incendió un centro de tratamiento en Rwampara, cerca de Bunia, después de que las autoridades se negaran a entregar el cuerpo de una víctima para un entierro familiar. Las autoridades provinciales prohibieron el viernes 22 de mayo los velatorios, limitaron las reuniones públicas a un máximo de 50 personas, vetaron el traslado de cadáveres en vehículos no médicos y ordenaron que los entierros fueran realizados solo por equipos especializados. Medidas necesarias. Medidas durísimas. Medidas que, sin confianza pública, pueden convertirse en otro frente de tensión.
ActionAid detectó en Bunia, Nizi y Nyankunde que casi un tercio de las escuelas había registrado al menos un caso sospechoso o un contacto estrecho. Cruz Roja, por su parte, señaló el sábado 23 de mayo que tres voluntarios fallecidos este mes pudieron contraer el virus ya el 27 de marzo, mientras trabajaban en la gestión de cadáveres en una misión humanitaria no vinculada al brote. Eso significa una cosa especialmente inquietante: el virus pudo estar moviéndose antes de ser plenamente detectado.
La doctora Núria Carrera Graño, del CICR, lo definió como una crisis humanitaria, política y de seguridad. Richard Kojan, especialista de Alima, habló de patrones conocidos: descubrimiento tardío, recursos insuficientes y falta de vacuna al inicio. La organización está desplegando una unidad portátil llamada Cube, una estructura transparente desarrollada tras el brote de 2014-2016, para permitir atención e interacción sin el mismo nivel de exposición.
La ciencia intenta llegar. Las y los sanitarios intentan sostener lo insostenible. Las familias intentan entender por qué una enfermedad que parecía malaria acaba en sangre, vómitos y muerte. Y el mundo rico, otra vez, calcula cuánto cuesta ayudar antes de preguntarse cuánto cuesta no hacerlo.
Cuando una epidemia avanza sobre hospitales rotos, cadáveres contagiosos, recortes internacionales y guerra armada, ya no estamos ante una desgracia natural: estamos ante una negligencia organizada.
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