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El expresidente recupera su consigna de presión política en plena tormenta por el caso Plus Ultra y convierte un vídeo de 25 segundos en una llamada a mover resortes contra el Gobierno.
EL BALCÓN, LA FRASE Y LA POLÍTICA COMO SEÑAL
José María Aznar apareció el 26 de mayo sonriente, en un balcón, con camisa clara y fondo luminoso. La escena parecía doméstica. Casi inocente. Pero el mensaje no tenía nada de inocente. En apenas 25 segundos, el expresidente del Gobierno volvió a pronunciar su consigna: “el que pueda hacer, que haga”. Y añadió que esa frase “cobra más sentido que nunca” porque España vive, según él, una “situación insostenible”.
No hizo falta mucho más. Ni datos. Ni explicación. Ni un hecho concreto. Solo la frase. La vieja liturgia de la derecha española cuando quiere vestir de civismo lo que en realidad suena a activación de poder. Quien tenga influencia, que la use. Quien tenga cargo, que empuje. Quien pueda apretar, que apriete. Todo envuelto en la fórmula amable de los “ciudadanos responsables” y el “compromiso con nuestro país”.
Aznar no habla nunca desde la intemperie. Habla desde una red de poder. Desde una genealogía política que entiende España como propiedad sentimental de unos pocos. Cuando dice “hacer”, no está convocando una asamblea de barrio ni una huelga de enfermeras y enfermeros, ni una movilización por la vivienda, ni una defensa de los servicios públicos. Está apelando a otra cosa. A los resortes. A los despachos. A las terminales mediáticas. A la judicatura cuando conviene. A los empresarios cuando toca. A esa España que no gana siempre en las urnas, pero que pretende mandar aunque pierda.
La frase no nace ahora. Ya la utilizó en noviembre de 2023, antes de la investidura de Pedro Sánchez, con la amnistía como gran excusa para agitar el miedo y colocar al Gobierno en el terreno de la ilegitimidad permanente. Ahora la recupera en pleno caso Zapatero, con la derecha pidiendo movimiento, con Vox reclamando moción de censura y con Feijóo mirando a los socios parlamentarios del Ejecutivo para que le hagan el trabajo.
Ese es el truco. El PP no necesita decirlo todo cuando Aznar lo sugiere. La derecha política no necesita redactar un manual cuando el expresidente lanza una contraseña. Y la contraseña vuelve a ser la misma: si el poder institucional no basta, que actúe el poder informal.
FELIPE GONZÁLEZ, PLUS ULTRA Y LA PINZA DE LOS EXPRESIDENTES
La aparición de Aznar llega en una semana especialmente cargada. La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero en el denominado caso Plus Ultra ha abierto una crisis política de enorme alcance, con informes policiales, ruido judicial y una presión creciente sobre el Gobierno. El juez José Luis Calama aplazó la declaración de Zapatero, prevista inicialmente para el 2 de junio, y la situó en los días 17 y 18 de junio, después de que la defensa pidiera más tiempo por la densidad del sumario.
Ahí entró también Felipe González. Durante un acto en Valencia el 25 de mayo, el expresidente socialista pidió elecciones anticipadas este año, defendió la presunción de inocencia de Zapatero y aseguró que no lo veía con capacidad para montar una ingeniería financiera compleja, aunque dijo sentirse “abrumado” e “impresionado” por lo conocido. También desaconsejó al PP una moción de censura porque, según su lectura, desviaría el foco del caso.
La imagen política es demoledora. Felipe González y José María Aznar, desde lugares distintos, empujando en la misma dirección: debilitar a Pedro Sánchez. Uno desde el reproche interno. El otro desde la orden externa. Uno con tono de patriarca del PSOE que ya no soporta al PSOE actual. El otro con gesto de jefe de una derecha que nunca aceptó del todo que el país pudiera moverse sin pedirle permiso.
Óscar Puente respondió a González en redes recordándole otras ocasiones en las que pidió elecciones anticipadas. No es un detalle menor. La vieja guardia socialista lleva años funcionando como comentarista de lujo para la derecha mediática. Cada vez que habla, la derecha aplaude. Cada vez que se indigna, los editoriales conservadores respiran. Y cada vez que invoca la responsabilidad, el resultado práctico suele ser el mismo: munición contra el Gobierno.
Mientras tanto, conviene mirar el doble rasero con calma. Se habla de UCO, de UDEF, de informes, de imputaciones y de deterioro institucional. Perfecto. Que se investigue todo. Pero también habría que preguntarse por qué ciertos negocios y ciertas redes de lobby nunca reciben la misma intensidad moral. Ahí está ese mapa incómodo que va de los 100.000 euros de Aznar con Gadafi al lobby de González, asuntos que aparecen una y otra vez como sombra política de una Transición donde algunos aprendieron a confundir Estado, mercado y agenda personal.
Y esa es la parte que más molesta. Aznar se presenta como bombero después de haber sido pirómano de una forma de hacer política basada en la tensión permanente. González se presenta como conciencia crítica mientras su figura es celebrada por quienes llevan años intentando convertir cualquier crisis del PSOE en una operación de derribo del Gobierno. No son voces neutrales. No son jubilados opinando desde el jardín. Son expresidentes con agenda, con historia, con contactos y con capacidad para marcar clima.
La democracia no debería temer que hablen. Pero sí debería desconfiar cuando hablan como si el país fuera suyo. Porque una cosa es pedir responsabilidad y otra muy distinta es lanzar una señal para que “quien pueda” actúe. En una democracia, quien quiera hacer política que se presente, que vote, que dé la cara y que respete las reglas.
Lo demás no es patriotismo: es nostalgia de mando.
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