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Mientras las banderas ondean en los desfiles diplomáticos, es en la cesta de la compra donde se libra la verdadera guerra contra el supremacismo económico.
Pocas decisiones de consumo son tan deliberadamente simbólicas como dejar de beber Coca-Cola en un país donde se embotella desde hace casi un siglo. Pero en Dinamarca, eso ya no importa. Lo que importa es lo que representa: una marca emblema del imperialismo comercial estadounidense, hoy liderado por un presidente que trata a sus antiguos aliados como piezas de un tablero de Risk.
El desprecio con el que Donald Trump ha tratado a Dinamarca —a la que calificó de «mala aliada» por no aceptar su delirante propuesta de comprar Groenlandia— ha encendido una mecha de descontento que ha prendido en las estanterías de los supermercados. Lo que empezó como rechazo diplomático se ha traducido en boicot económico. Y ahí, la Coca-Cola ha sido el primer blanco, pese a que se produce localmente en las plantas de Carlsberg en Fredericia.
La alternativa nacional, Jolly Cola, ha experimentado un crecimiento del 1.300% en algunas cadenas. Bryggeriet Vestfyen, su empresa matriz, ha duplicado las ventas en los primeros tres meses de 2025 respecto al mismo periodo del año anterior. Una declaración de intenciones que se extiende a la restauración: Sunset Boulevard gana terreno frente a McDonald’s o Burger King. El consumo se convierte en campo de batalla. Y la batalla es ideológica.
Dinamarca, uno de los países que envió tropas a las guerras de Irak y Afganistán, recibe ahora desprecio del mismo país al que apoyó. La respuesta social no se ha hecho esperar. En Facebook, el grupo Boykot varer fra USA ha reunido a casi 100.000 personas que comparten trucos, listados y alternativas para evitar cualquier producto norteamericano.
Claro que la ironía está servida: Facebook, Instagram, Netflix, HBO Max, Disney+, iPhone, Android… toda esa arquitectura digital está tejida en EE.UU. Pero esa contradicción no desactiva el gesto político. Solo lo complica. Y obliga a mirar más allá del eslogan para observar las redes invisibles de dependencia.
Los supermercados daneses, como Salling Group, han dado un paso más allá. Ahora etiquetan con una estrella los productos europeos para ayudar a identificar su origen. El mensaje es transparente: no te decimos qué comprar, pero sí te decimos de dónde viene. Lo que hagas con esa información, será tu responsabilidad como ciudadana o ciudadano.
TESLA Y EL SÍNDROME DE LAS MANOS MANCHADAS
El caso más elocuente es el de Tesla. Los coches de Elon Musk, antes símbolo de sostenibilidad y vanguardia, hoy se pudren en los aparcamientos de segunda mano. El rechazo no es solo a los productos, sino a las figuras que los encarnan. Musk, convertido en vocero del trumpismo más autoritario, enalteciendo saludos nazis en mítines, ha dejado de ser una figura neutral. Es un problema moral.
Jacob Venge, empresario de Aarhus, lo resume sin matices: «Era un coche fantástico. Pero no podía seguir conduciendo algo que me avergonzaba políticamente. Lo vendí. Me compré un Mercedes. Europeo». Como él, cientos. Según Annette Abild, directora de Abild Trading, las ventas de Tesla han pasado de 20 coches mensuales en 2024 a cero en 2025. El mercado no miente. Y cuando lo hace, lo hace con cifras.
Este desplome no solo afecta a los importadores. También a la ciudadanía que, tras haberse endeudado para acceder a un Tesla, ve ahora cómo su valor se hunde. Nadie los quiere. Nadie los compra. Y quienes ya lo tienen, quieren deshacerse de él. El capitalismo de plataforma está mostrando su verdadera cara: una economía construida sobre ídolos que no responden ante nadie.
La industria turística también ha recibido el golpe. Las agencias de viajes danesas han visto caer entre un 15% y un 50% las reservas hacia EE.UU. en el primer trimestre de 2025, según confirmó a la cadena pública DR el director de Jysk Rejsebureau, Niels Amstrup. «Nunca habíamos visto algo igual», declaró. Pero cuando la política se vuelve tóxica, la distancia se convierte en respuesta.
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