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Mientras Mercadona gana 1.729 millones en 2025 y aumenta sus beneficios un 25 %, su dueño pide bajar el IVA. El mismo modelo que exprime a la ciudadanía pretende presentarse como solución.
En Spanish Revolution lo contamos en nuestro último vídeo (puedes verlo aquí: https://youtube.com/shorts/6qZ49HQwDVo). La escena resume con crudeza el funcionamiento real del capitalismo contemporáneo. El empresario Juan Roig, dueño de Mercadona, presenta resultados históricos para su compañía y, al mismo tiempo, reclama al Gobierno eliminar el IVA de los alimentos. A primera vista podría parecer una propuesta para aliviar a la ciudadanía. Pero basta observar las cifras para entender el problema.
Mercadona cerró 2025 con 1.729 millones de euros de beneficio neto, una cifra que supone un incremento del 25 % respecto a 2024. En paralelo, el patrimonio personal de Roig ronda los 8.000 millones de euros, según estimaciones financieras. Es decir, hablamos de una de las mayores fortunas del Estado español obtenida en buena parte gracias a la distribución de alimentos, un sector que se ha convertido en uno de los principales focos de tensión social durante la crisis inflacionaria.
Y sin embargo, el mensaje empresarial sigue siendo el mismo: bajar impuestos.
La pregunta es inevitable: si el sistema funciona tan bien para las grandes cadenas de supermercados, ¿por qué cada vez funciona peor para quienes llenan la cesta de la compra?
El argumento de Roig es el clásico del manual neoliberal. Si el IVA baja, los precios deberían bajar. El problema es que la experiencia reciente demuestra que esa lógica no funciona de manera automática.
Cuando el Gobierno eliminó temporalmente el IVA de algunos alimentos básicos durante la crisis inflacionaria, diversos análisis económicos mostraron que parte de esa rebaja fiscal no se trasladó íntegramente al consumidor final. En algunos casos, los márgenes comerciales absorbieron una fracción de ese descuento.
Es decir, lo que se presentó como un alivio para la ciudadanía terminó reforzando la rentabilidad empresarial en distintos puntos de la cadena de distribución.
EL NEGOCIO PERFECTO: LA CESTA DE LA COMPRA
Durante los últimos años, la inflación alimentaria se ha convertido en uno de los principales motores de precariedad cotidiana. Mientras los salarios avanzan lentamente, los precios de la comida han subido con una persistencia que ha golpeado especialmente a los hogares con menos ingresos.
En ese contexto, las grandes cadenas de supermercados han reforzado su poder estructural.
Mercadona, por ejemplo, concentra aproximadamente un tercio del mercado de distribución alimentaria en España. Esa posición dominante le permite influir de forma decisiva en la fijación de precios, en las condiciones que se imponen a proveedoras y proveedores y en la estructura misma del mercado.
Las agricultoras y agricultores venden al límite de la rentabilidad. Las consumidoras y consumidores pagan cada vez más. Y en medio, los márgenes empresariales siguen creciendo.
No se trata de un accidente. Es la lógica de funcionamiento de un mercado profundamente concentrado. Cuando unas pocas empresas controlan la distribución de bienes esenciales, el equilibrio desaparece.
En teoría, la competencia debería disciplinar los precios. En la práctica, la concentración de mercado permite que los márgenes se mantengan elevados incluso en contextos de crisis social.
Por eso resulta especialmente revelador que, en un momento de beneficios récord, el discurso empresarial siga centrado en la presión fiscal.
El problema nunca es el modelo. Siempre es el impuesto.
CUANDO LA COMIDA SE CONVIERTE EN UN NEGOCIO FINANCIERO
La alimentación es una necesidad básica. Sin embargo, en el sistema económico actual funciona como cualquier otro mercado orientado a maximizar beneficios.
Eso significa que el acceso a algo tan esencial como la comida depende de decisiones corporativas tomadas en consejos de administración. Significa también que el precio final no está determinado únicamente por los costes de producción, sino por estrategias comerciales, márgenes empresariales y dinámicas de concentración de mercado.
En ese contexto, el caso de Mercadona es paradigmático.
La compañía ha construido una de las mayores maquinarias de distribución del país. Un imperio comercial que ha convertido la logística, el control de proveedores y la marca propia en instrumentos de dominación del mercado.
Y mientras ese modelo consolida beneficios multimillonarios, la narrativa pública sigue presentando a los grandes empresarios como si fueran víctimas de un sistema fiscal excesivo.
Pero la realidad es otra: cuando una empresa aumenta sus beneficios un 25 % en un solo año, el problema no es la presión fiscal. El problema es quién captura el valor generado por toda la cadena alimentaria.
Porque detrás de cada cifra de beneficio hay un sistema completo de relaciones económicas. Hay productores presionados para reducir costes, trabajadoras y trabajadores con salarios ajustados y consumidoras y consumidores que pagan cada vez más por bienes básicos.
La gran paradoja es que el mercado alimentario se presenta como un espacio neutral cuando en realidad está profundamente estructurado por relaciones de poder.
Por eso cada vez más voces empiezan a cuestionar una idea que durante décadas se consideró intocable: dejar la comercialización de bienes esenciales completamente en manos de grandes corporaciones.
Porque cuando la comida, la energía o la vivienda se convierten en instrumentos de acumulación privada, el resultado es siempre el mismo.
Un pequeño grupo de multimillonarios acumulando riqueza mientras millones de personas miran el precio de la leche como si fuera un lujo.
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